Выбрать главу

Fue como si contándole mi pasado le hubiera animado a contarme el suyo.

Hoy creo que necesitábamos aquellos paseos nocturnos no sólo para hacer ejercicio, sino para establecer una relación con un mundo que, si bien por distintas causas, a ambos nos parecía hostil y extraño, al tiempo que ocultábamos a ese mundo nuestra propia relación.

También me gustaba verle fumar.

Había algo señorial en su manera de golpear el paquete con sus largos dedos, sacar el cigarrillo y encenderlo; después de una aspiración larga y voluptuosa expulsaba el humo lentamente, frunciendo los labios y contemplando el humo con satisfacción, a veces, ayudándose con la lengua, formaba anillos que ensartaba con el dedo; entre calada y calada, sostenía el cigarrillo con dos dedos como diciendo: ¡ved la prueba de que se nos ha concedido la gracia extraordinaria de fumar un cigarrillo en paz y sosiego! Lo que significaba que para él aquello no era el simple acto de quemar tabaco, sino la quintaesencia del placer de fumar.

No había en su actitud ni la austeridad del frugal ni la fruición del sibarita, sino el deseo, nacido de su educación puritana, de medir cada acto y elegir cuidadosamente los objetivos y los medios con precaución: el suyo era el talante del que nunca admitirá que algo pueda ocurrir porque sí, y quiere asimilar los hechos conscientemente, para sentir con más intensidad cada momento de su existencia, apoyarse en conceptos para situarse en un plano más elevado y dominar las sensaciones.

Cuando estaba con Thea, daba lo mismo lo que pasara, lo que equivale a decir que en realidad no pasaba nada, aunque pasara; cuando estaba con Melchior, por el contrario, me parecía que todo tenía que suceder tal como sucedía, y que cada acto era justo y perfecto, más aún, que lo que sucedía había sido decidido de antemano.

No sé qué frase o qué palabra de mi historia pudo impresionarle, pero su cuerpo se tensó más aún, como si de repente mi cabeza le pesara en el regazo; nada cambió, él no relajó los músculos ni alargó la mano para tocarme, mantuvo su deliberada calma con aire de superioridad, sólo que detrás de esta disciplinada tranquilidad se percibía cierta agitación.

Al fin y al cabo, lo que de nuestra vida podemos contar -y también lo que callamos- no es tan insólito como para que no pueda haber en la vida del otro algo parecido y, si lo contamos, es porque sabemos a ciencia cierta que en nuestro oponente está latente la misma historia.

Por madura y equilibrada que sea una persona, por mucho que se haya desconectado de su pasado, al oír ciertos sucesos curiosos no podrá evitar que revivan en su recuerdo incidentes parecidos de su propio pasado que querrán plasmarse en palabras, y reaccionará con infantil vehemencia: ¡Algo así me ocurrió también a mí!, y la satisfacción que produce la identificación con el prójimo hace que dos personas se quiten mutuamente las palabras de la boca.

Por otra parte, si contemplamos estos episodios ocultos en nuestras propias historias desde una perspectiva más amplia y consideramos su exposición como un proceso necesario para nuestra salud mental, también reconocemos que tanto en el intercambio como en la simple narración podemos calibrar el peso y la validez de nuestras experiencias por la mera comparación, pero la similitud de nuestras experiencias nos hace sospechar que existe una pauta, quizá incluso una ley, y la narración, la comunicación y el intercambio de experiencias, cualquier forma de comunicación, ya sea una charla banal, el comentario sobre un caso criminal, una historia de borrachos o cotilleo de vecinas no es sino el sistema más corriente de reglamentar la floral de la conducta humana; para afianzar mi identificación con los demás, tengo que exponer lo que me diferencia de ellos, y a la inversa, en la afinidad e identificación he de buscar las diferencias que me distinguen de ellos.

Hubo una muchacha, dijo al fin con vehemencia, tratando de hacerse perdonar la descortesía de la interrupción con la decisión de abundar en el tema; me preguntó si me acordaba de la casa -aquí hizo un amplio ademán- de su profesor de música, porque ella vivía en la de enfrente, ya no recordaba cómo había empezado aquello, lo cierto es que se dio cuenta de que la muchacha debía de saber con exactitud cuándo él tenía clase, porque enseguida se asomaba a la ventana y allí se quedaba durante todo el rato.

Ella le miraba manteniéndose en una postura muy curiosa o que por lo menos, a él se lo parecía, con las dos manos apoyadas en el alféizar de la ventana y también el vientre, y con los hombros encogidos, balanceándose suavemente, y él procuraba situarse de manera que el profesor no se diera cuenta de nada.

Noté cómo se relajaba su cuerpo y cuando, un momento después, dio una chupada al cigarrillo, al resplandor de la brasa, en lugar de su aire de reserva y superioridad, descubrí aquel gesto abstraído con el que se entregaba a la evocación.

Mientras él hablaba, yo recordaba su extraña poesía, en la que no faltaban ni los vuelos audaces ni los buceos profundos, pero, intimidado sin duda por la fuerza de su pasión y la agudeza de su percepción, se servía de un lenguaje abstracto que no expresaba claramente su pasado ni su presente, porque ahogaba con su peso toda emotividad espontánea en la descripción de la experiencia sensual propia y singular.

Era muy bonita, dijo, saliendo de su ensimismamiento, por lo menos, entonces me lo parecía, ahora está gruesa y tiene dos niños horribles, tan alta como él, lo que para una chica era mucho y, al verla de cerca, descubrió que su pelo, que llevaba recogido en una cola de caballo, formaba en su frente una fina aureola de un rubio muy pálido, y cuando ahora la recordaba, lo que ocurría muy de tarde en tarde, siempre la veía con aquel fino velo de pelo albino, tenía una frente ancha y enérgica y se llamaba Marion.

Había terminado el cigarrillo, y, al ir a aplastar la colilla con el pie, me levantó la cabeza, pero la levantó como si fuera un objeto extraño y molesto; yo me senté.

Me dijo que le perdonara por haberme interrumpido, en realidad, no tenía nada más que decir, hacía frío, más valía marcharse, que siguiera contando, aquella historia suya no tenía mayor importancia, no se explicaba por qué la había recordado, no merecía la pena.

Durante el camino de regreso a casa no dijimos ni una palabra, sólo escuchábamos el ruido de nuestros pasos, que no parecían nuestros.

Arriba, en el piso, las luces estaban encendidas, tal como las habíamos dejado.

Era tarde y hacíamos las pequeñas tareas cotidianas, como si esperásemos que nos ayudaran a poner fin a un día inútil.

Él se desnudó en el dormitorio, mientras yo quitaba la mesa, y cuando entré en la cocina con los platos él ya estaba limpiándose los dientes en la pila, desnudo.

A la luz amarillenta, su cuerpo estaba pálido, descolorido, en las ingles, un vello espeso y rizado, las paletillas afiladas, el vientre hundido sobre los huesos de la pelvis, los muslos largos, desproporcionadamente delgados para lo que exigía el ideal de la belleza masculina; parecía frágil y enfermizo al lado de mi cuerpo vestido, aunque no menos frágil y enfermizo hubiera parecido de haber estado desnudo también yo; estaba tan abstraído que daba la impresión de que no habitaba su cuerpo, y me parecía estar observando, desde la perspectiva neutral del sentimiento fraterno que inspira la fragilidad y la debilidad humanas, un cuerpo que normalmente me hechizaba.

Como de costumbre, la ventana estaba abierta, y desde cualquier punto del rectilíneo paisaje que componían los muros de incendios y los tejados podía vérsele fácilmente, pero esto nunca le importó.