No podía decir que él quisiera a su maestro, se sentía atraído, sí pero también desconfiaba, y se reprochaba esta desconfianza; a pesar de todo, le parecía que aquel hombre veía y sabía algo que nadie más veía, era como si se diera cuenta de que aquel hombre estaba corrompido, que era un farsante, un cínico y un amargado y, no obstante, tuviera la impresión de que a él quería favorecerlo, y él no se atrevía a rechazar este favor sino que, por el contrario, se empeñaba con todas sus fuerzas en hacerse merecedor de él, mientras sus oídos detectaban constantemente la falsedad de lo que aquel hombre le decía del templo del arte y de su antesala, y era falso porque tampoco a él se le había permitido entrar, él lo ansiaba, sí, y en sus ridiculas ansias había una amargura inquietante, una desesperanza y un pesar muy elocuentes, por lo que no parecía disparatado lo que decía, si bien Melchior advertía que sus ansias no se referían a la música como objeto ni siquiera como carrera, que ya había abandonado, él no sabía a qué se refería, tal vez al deseo de mostrarse demoníaco y misterioso, infernal y perturbador y, al mismo tiempo, sabio, bondadoso, correcto y comprensivo, y por ello él mismo, Melchior, acabó por ser el objeto de este deseo, de esta lucha dolorosa y lastimosa.
Después de cada clase salía de la casa tan abatido que cualquiera hubiera creído que en los cuatro años que tomó lecciones de él estaba poseído por las furias del arte, adelgazaba, pero ello a nadie sorprendía porque en aquellos años quien más o quien menos estaba famélico.
Él estudiaba con ahínco y aplicación, descubrió por sí mismo muchas cosas por las que se sentía agradecido a su maestro, todo lo bueno se lo atribuía a él, sus progresos artísticos eran satisfactorios, algo que el maestro reconocía unas veces con reserva y otras con entusiasmo, pero Melchior temía su entusiasmo más que su crítica demoledora; muy de tarde en tarde le permitía actuar en público o le proporcionaba él mismo una actuación, le presentaba a celebridades y le hacía tocar en los conciertos que daba en su casa ante un auditorio selecto, y el éxito era siempre arrollador, la gente lo felicitaba, lo besaba, lo abrazaba y lo tocaba, y hasta brillaban lágrimas en muchos ojos, a pesar de que en aquellos años de posguerra era muy difícil conmover a alguien.
Pero en el mismo momento del triunfo, casi en plena ovación, su maestro le daba a entender que todo aquello estaba muy bien pero que había que superarlo y olvidarlo, nada de dormirse en los laureles, ni embriagarse del triunfo; tan pronto como se quedaban a solas analizaba rigurosamente la actuación, y Melchior comprendía que no había de qué sentirse orgulloso, no estaba muy claro adonde tenía que llegar, sólo que él no había llegado, su maestro tenía razón casi en todo, probablemente, si él era tan desconfiado, desagradecido e incapaz de mostrarse digno de tanta bondad era porque carecía de talento.
Este sentimiento desencadenaba en él crisis de una angustia asfixiante, pasaba días enteros sentado en un rincón, sin ir a la escuela, temiendo que en el momento más inesperado se manifestara su falta de aptitud, que no pudiera seguir ocultándola, le parecía que tenía que llevarla escrita en la cara y que al fin su maestro lo despediría sin contemplaciones.
A veces, sorprendiéndose a sí mismo, deseaba que llegara ese día, pero ello hubiera sido un mortal desengaño para su madre.
Quizá aún no estaba todo perdido, quizá esperaba que su maestro pudiera estar equivocado, porque el ser humano no es capaz de la autodestrucción total, moral o física, ni siquiera después de tomarse el cianuro, porque incluso entonces es el veneno lo que lo mata, o la cuerda, o el agua, o la bala, pero con qué gusto se hubiera arrojado al río, ¡cómo lo atraían los turbulentos remolinos que formaban sus aguas junto al pilar del puente destruido! Pero para la autodestrucción física basta una decisión banal, sólo hay que elegir el instrumento que la ejecute por mí, mientras que el alma, aun en su desesperación, siempre se deja abierta una pequeña vía de escape, el cielo sigue siendo azul, ¿por qué no ha de poder continuar la vida?, y esta continuidad promete esperanza.
Si había mencionado el cianuro era porque, varios años después, estando él en la universidad, aquel infeliz se procuró una dosis que hubiera matado hasta a un caballo, era verano, el teatro estaba cebado, nadie lo echó de menos, y no lo encontraron hasta que los vecinos notaron el olor que salía de su casa.
En resumen, ésta era la situación cuando él se fijó en la muchacha que se asomaba a la ventana de la casa de enfrente; estaba preparándose para un importante concurso, era primavera, las ventanas de la casa del maestro estaban abiertas, la oportunidad era muy ventajosa, los tres finalistas serían admitidos automáticamente en el conservatorio, y su maestro estaba convencido de que la competencia sería muy reñida, hablaba de sus colegas y de lo buenos que, al parecer, eran sus discípulos, pero repetía que los que tenían verdadero talento se distinguían de los demás en que la competencia los hace superarse a sí mismos, y, como Melchior tenía que enfrentarse a una competencia fuerte, sus posibilidades eran bastante buenas.
Melchior situó el atril delante de la ventana para poder ver a la muchacha cada vez que levantara los ojos aparentemente por casualidad.
El maestro estaba sentado en una butaca, en el fondo de la habitación, y de vez en cuando le decía algo desde la oscuridad.
Pero lo más curioso era que la tensión no le impidiera trabajar, a pesar de que sin duda suponía una carga adicional, pero la extraña sensación de que él estaba con su violín entre dos pares de ojos independientes, opuestos y hasta hostiles entre sí, de que oscilaba entre la traición y el secreto, un dulce secreto y una oscura traición, aumentaba su concentración de un modo extraordinario.
Él no trataba de impresionar a la muchacha, ni a su maestro, ni a sí mismo, actuaba para los tres a la vez y para todo el mundo, en una palabra, tocaba el violín.
Cuando llovía o hacía frío y había que cerrar la ventana, la muchacha se inventaba extraños juegos, o sacaba el cuerpo por la ventana con los brazos extendidos, y te hacía temer que pudiera caerse, o cerraba su propia ventana con aire enfurruñado, apretaba la nariz, la boca, la lengua y los dientes contra el cristal, hacía muecas, o empañaba el cristal con el aliento y escribía con el dedo que lo amaba, le hacía orejas de burro, fingía desgarrarse la blusa dando a entender que si no pudiera oír su dulce música se volvería loca, le sacaba la lengua o le lanzaba besos; pero cuando se encontraban por casualidad en los pasillos de la escuela, los dos hacían como si no se conocieran o como si aquello no fuera verdad.
Su maestro reconocía con benevolencia y satisfacción que progresaba, no le hacía grandes elogios, pero le miraba afectuosamente desde la oscuridad de la habitación y le rectificaba o aprobaba con exclamaciones de impaciencia o de agrado; pero a Melchior le producía una alegría elemental el que, al cabo de aquellos cuatro años de tormento aparentemente infructuoso, consiguiera ahora engañar a este buen señor que lo sabía todo.
Los dos jóvenes llevaban más de dos semanas jugando a este juego cuando el maestro los descubrió, pero, cruel como era, fingió no darse cuenta y astutamente los dejó continuar para, en el momento más propicio, saltar sobre ellos y darles su merecido; Melchior advirtió aquel gesto frío y expectante y comprendió que presagiaba catástrofe, pero la muchacha no podía sospechar el peligro que se cernía sobre ellos, y seguía con sus payasadas; Melchior no podía sino mirar y reírse de vez en cuando, a pesar de que se mantenía alerta y trataba de protegerse, pero también quería provocar al maestro, con lo que, así lo comprendía ahora, no había hecho sino seducirlo aún más.