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Mientras, tenía que aguantar interminables sermones edificantes, cuajados de elocuentes ejemplos y gráficas metáforas -sobre la vida ascética, motor espiritual de la estética, los peligros del hedonismo, el mecanismo de freno, el eje y los pistones del alma humana, y de esas válvulas de seguridad, económicas y prácticas, por medio de las cuales se puede aliviar a la turbina del cuerpo de toda sobrepresión innecesaria-, amén de las fórmulas, directrices y recomendaciones correspondientes; pero, cuando se vio que aquellas insinuaciones y alusiones no surtían el efecto deseado, Melchior tuvo que trasladarse con su atril al fondo de la habitación mientras el maestro se sentaba junto a la ventana.

Aquí hubiera podido acabar la historia, ya que él no se había rebelado, al contrario, en el fondo comprendía y aprobaba la decisión de su maestro, es decir, creía comprenderla y consideraba aquella simple medida la reacción más natural, el medio de evitar que se distrajera; porque era ingenuo hasta la imbecilidad, ni el más idiota podía ser tan inocente: aún no sabía cómo venían al mundo los niños ni siquiera en qué consistía la diferencia entre un niño y una niña, mejor dicho, todo lo que a él le interesaba pertenecía a una dimensión distinta, y ni las cosas que sabía las comprendía realmente.

Pero la muchacha no se desanimó tan fácilmente, un día la encontró esperándolo en el portal y, a partir de aquel momento, se acabaron las muecas y la diversión y entre los tres se inició una lucha terrible, en la que él sólo participaba con sus sentidos, o ni eso: con sus instintos animales, sin sospechar que en aquella lucha le iba la vida.

Además, él no sospechaba los tormentos que tenía que soportar aquel hombre, ni la lucha terrible que libraba consigo mismo, aunque hubiera debido adivinarlo, puesto que lo provocaba.

Y, en el fondo, lo sabía, porque más de una vez había oído comentar vagamente en voz baja que su maestro había estado en un campo de concentración, quizá en Sachsenhausen, esto ya no lo sabía seguro, pero se decía que no tenía que llevar una señal amarilla ni roja, sino un triángulo rosa y que, por lo tanto, debía de ser maricón; pero, como suele ocurrir, circulaba también otra historia, según la cual se le había colgado esta etiqueta a causa de sus opiniones liberales, que él no ocultaba, una calumnia criminal por la que después alguien había tenido que ir a la cárcel; todo lo cual parecía desmentir la afirmación de que había sido un nazi convencido y desempeñado un activo papel en la desjudeización de la música alemana, pero cualquiera que fuera la realidad, para Melchior todo aquello eran palabras vacías que, si bien se habían fijado en su cerebro, él no había asimilado o, a lo sumo, había sacado la conclusión de que, por lo visto, a las personas mayores no les había bastado la guerra, ya que serían peleándose, o de que un artista es considerado por el entorno como portador de una enfermedad contagiosa indefinible, y que a las personas sensatas no debían preocuparles estas cosas.

Pero su madre debía de saberlo.

Melchior estuvo hablando en voz baja, sin parar, hasta que se hizo de día, y entonces la corriente fría de su narración quedó cortada por el muro de la emoción.

Su pecho se hinchó, su mirada, sin apartarse de la mía, se volvió hacia adentro, y dijo que no, que no quería, que no podía contarlo

Se le llenaron de lágrimas los ojos y le tembló la voz, como si fuera a echarse a llorar o a lanzar una acusación.

Pero entonces convirtió el sollozo en risa para pedirme que no le hiciera caso, que no lo tomara en serio.

Bajando la voz al tono distante y frío de antes, comentó que, al fin y al cabo, cada puta y cada marica tenía una madre y una historia conmovedora.

Todo, puro sentimentalismo, dijo.

Y pocos días después, cuando volvíamos a la ciudad por la oscura carretera, conté la historia a Thea.

Naturalmente, yo introduje ciertas modificaciones imprescindibles, los pasajes sobre la psicología del niño prodigio me sirvieron de introducción, de marco para mi relato, y hablaba con una voz tan impersonal como si estuviera refiriéndome a un desconocido.

Ahora bien, el tono impersonal y el planteamiento objetivo que trataba de dar a mi narración le infundían esa ligera abstracción que permite inscribir las relaciones causales personales en esa cronología más amplia y general que solemos llamar, a causa de su carácter inmutable e impersonal, desarrollo histórico, destino o, simplemente, divina providencia; y, escudándome en este punto de vista impersonal e inalterable, más de carácter intelectual que sentimental -distanciamiento con el que yo trataba de disimular mi vergonzosa traición a Melchior-, hablaba como estuviera refiriéndome a un episodio banal del proceso histórico que se extingue y renace en constante repetición.

Como si estuviera contemplando una ciudad a vista de pájaro y, en la ciudad, viera a una bonita muchacha, un violín, las grietas y los huecos abiertos por la historia y que la historia se encargaría de remendar y tapar con su propia materia, un bonito teatro y, en el teatro, el foso de la orquesta y, en el foso, los músicos, pero viera también, al mismo tiempo, otro foso, una trinchera cerca de Stalingrado, y en un foso hubiera una silla vacía, la del primer violín y, en el otro, un soldado envuelto en harapos, a punto de congelarse.

Y como si así, a vista de pájaro, con una perspectiva histórica imperturbable, me pareciera un hecho de escaso interés que los músicos desaparecieran de sus orquestas, y los maridos del lecho conyugal, que a unos los llevaran al campo de concentración y a otros los hicieran soldados: son cosas que pasan, los detalles carecen de importancia, porque el destino, la historia, da una orden terminante, hay que llenar los huecos, en el foso de la orquesta debe sonar la música, en las trincheras deben sonar disparos, en otros hoyos hay que enterrar a los muertos, por lo tanto, alguien tiene que sentarse en la silla vacía del primer violín, a tocar la misma música, vestido con el mismo frac, para que no se note el cambio, y la circunstancia de que ahora sean prisioneros de guerra franceses del campo cercano a la ciudad los que se sientan en las sillas de los desaparecidos carece de importancia, no hay ni que mencionarlo, y que, en recompensa por asegurar esta continuidad, sus guardianes los acompañen a la posada El cuerno de oro, también es algo que ha dispuesto el destino, la providencia, la historia, no sólo casualmente, y no por una consideración humanitaria, sino para que el primer violín, que puede pasar un par de horitas arriba, en la vivienda del posadero que se está congelando en la estepa de Stalingrado, pueda creer que el pulso de la historia se ha interrumpido por él.

Pero ni la historia, ni el destino, ni la divina providencia hacen excepciones; el vacío que el posadero ha dejado en el lecho conyugal se llena, y así considerado, carece de importancia el que una mujer joven y bella y un hombre joven y atractivo sientan lo que justificadamente llaman un amor fatal, porque preferirían morir a vivir el uno sin el otro y así se lo juran, y si utilizan términos tan grandilocuentes es porque creen estar describiendo nada menos que los designios del destino.

Por ello, también es indiferente si los guardianes que han entrado a tomar un trago se dan cuenta de esta grave infracción, ya que para la historia no es tarea difícil embriagar a una pareja de brutos armados para hacerles cerrar los ojos ante semejante éxtasis amoroso y, una vez pasada la borrachera, inducirlos a matar a golpes al francés culpable de delito contra la raza, con lo cual se crea otra vacante en la orquesta, que la historia se encargará de llenar haciendo que regrese a la ciudad un individuo deportado por perversión sexual.

Por consiguiente, dije a Thea, no creo que, desde este amplio punto de vista, deba condenarse la ceguera de la madre, ya que, a fin de cuentas, lo que parecía haber perdido con el marido lo recibía del amante, y lo que perdió con el amante le fue compensado, a Dios gracias, con el fruto de su vientre, aunque lo que de este modo recibía debería devolverlo un día.