Thea dijo fríamente que también me entendería si blasfemara de un modo menos complicado.
Y siguió haciendo como si me escuchara con indiferencia.
El mismo día en el que el maestro lo apartó de la ventana, prosiguió Melchior, la niña le esperaba en la puerta, se miraron durante un rato, él no sabía qué hacer, por un lado se alegraba de haber burlado al maestro, pero por otro lado sentía mucha vergüenza, ni él mismo sabía por qué, quizá por el pantalón corto y por no saber qué decir, así que echó a andar con el estuche del violín en la mano, pero ella le que era un idiota y entonces él se volvió.
Ya estaban otra vez frente a frente, y la niña le dijo que subiera a su casa, porque quería que tocara para ella sola.
A él aquello le pareció una estupidez, porque estas cosas no pueden mezclarse así, sin más, y dijo a su vez: «idiota, tú».
La niña se encogió de hombros y dijo que, si no quería subir, que no subiera, que también aquí podía besarla.
Y a partir de entonces lo esperaba todos los días, a pesar de que cada día decidían que no debía esperarlo más, él le decía con énfasis y con los mismos argumentos que utilizaba su maestro que ahora tenía que forjar su futuro y que debían dejar de verse.
En realidad, ocurrió todo lo contrario.
Melchior recordaba que aquel primer día, cuando la emoción les impedía decidir qué hacían y, para disimular su turbación, no hacían más que hablar, estaban en el foso del castillo, entre matorrales y montones de desperdicios; olía muy mal y la niña dijo que estaba tan enamorada de él que no le importaría esperarlo toda la vida y que ahora lo más importante era el concurso y que, por lo tanto, tenían que dejar de verse, que ella lo esperaría, y a los dos les pareció maravilloso; a pesar de todo, ella siguió esperándolo todos los días.
Pero él aún tenía algo más que decir.
Aunque no sabía si se podía hablar de estas cosas de modo inteligible.
Estábamos quietos, su mirada ciega e inmóvil me traspasaba, mientras yo trataba de esquivar sus palabras con un nervioso parpadeo, era como si los dos, con los ojos vendados, diéramos vueltas alrededor de un objeto escurridizo, que se nos escapaba cada vez que creíamos asirlo.
Porque ahora era cuestión de pudor y, dado que las leyes del pudor del alma son mucho más severas que las que rigen el pudor del cuerpo, lo que es perfectamente natural -ya que el cuerpo consiste en materia perecedera y, si dejamos de considerarlo materia, su naturaleza limitada y finita se hace terriblemente infinita-, yo quería escapar, porque sentía pánico de aquella cosa sin límites y no quería ver lo que yo mismo había conjurado.
Su tono seguía siendo firme, sus palabras, enérgicas, con fases de ataque y de defensa, pero todas las alusiones, explicaciones y exclamaciones, vehementes pero incompletas, no formaban frases, sólo yo podía entenderlas, y aun en la medida en que se puede entender fragmentos de palabras mutiladas por el pudor y agitadas por la energía reprimida.
Estas palabras ahogadas, escuetas, escupidas o tragadas pero coherentes aludían a la asociación de esta experiencia, casi por completo sepultada en el olvido y, aparentemente, recordada por casualidad, con otra experiencia deliberadamente silenciada, es decir, la relacior con Thea, cuyo nombre no podía pronunciar en aquel momento, a pesar de que entre una y otra experiencia había una distancia de diez años.
Yo había tenido la buena fortuna de enterarme de las circunstancias de su encuentro en dos versiones.
Nunca más, dijo él.
Ni siquiera contigo, dijo.
Naturalmente, todas las comparaciones eran odiosas, dijo.
Y a pesar de todo, dijo.
Con ella… y ahora el silencio pudoroso se refería a Thea; todo este desdichado embrollo tenía que ver precisamente con ella.
Él no quería ser grosero ni ridículo, pero tenía que serlo.
Tampoco quería ofenderla, y precisamente por eso la había ofendido.
Porque daba la impresión de que él nunca volvería a sentir eso.
Una semana, poco más o menos, duró aquel estado de cosas, dijo, pensativo, y yo le vi en la cara que, en el fondo, esta frase se refería a dos épocas, a la de hacía diez años y a la de hacía unos meses, mejor dicho, la de hacía diez años había reaparecido a la luz de la de hacía unos meses.
Sin repetición de sentimientos no hay recuerdo, o viceversa, cada experiencia es eco de una experiencia anterior, y a esto llamamos recuerdo.
Ahora confluían las dos en su cara, confundiéndose y potenciándose mutuamente, y al observarlo me sentí más tranquilo, como si por fin hubiéramos podido aprehender el verdadero tema de nuestra conversación, que hasta ahora habíamos buscado a tientas.
Naturalmente, a Thea, en el coche, no le hablé de aquellas pudorosas evasivas.
Él dijo entonces que quería contarme el finaclass="underline" un día su maestro le abrió la puerta con la cara muy seria y hasta desesperada, y él comprendió que había llegado el final con el que siempre había contado.
Con una seña, le indicó que dejara el violín, no iban a necesitarlo, y lo llevó a otra habitación.
El maestro se sentó y lo dejó de pie.
Le preguntó qué hacía por las tardes.
Melchior no contestó, y el maestro empezó a enumerar los días de la semana, la hora y el minuto en que había vuelto a casa.
A la niña no la mencionó; el lunes, dijo, eran las nueve y cuarenta y dos, el martes, las diez y veintiocho, etc., sin añadir palabra.
Melchior estaba de pie en la alfombra, con su pantalón corto, y all, sobre la alfombra, cayó desmayado.
Al pensar que aquel hombre importante, terrible, adulado, atractivo, mayor, canoso y desgraciado, le había seguido de puntillas, como una sombra, a él, un niño, un ser insignificante y sin talento, todos los días de la semana y lo había visto todo, absolutamente todo, se desvaneció.
Probablemente, sólo fue un vahído, si llegó a ser un desmayo, duró únicamente unos instantes.
Al volver en sí percibió muy cerca el olor familiar de su maestro que estaba arrodillado a su lado y entonces vio sobre sí aquella cara que nunca olvidaría: la de la araña que por fin ve prendida en su red a la ansiada mosca verde.
El maestro lo besaba y abrazaba, casi llorando de angustia, y le suplicaba en un susurro que tuviera confianza en él, que si no confiaba en él se hundiría, que estaba muerto, que lo habían matado y, entre aquel torrente de palabras, Melchior distinguió una frase: como nadie sabía quién era su verdadero padre, podía considerarlo a él su padre y confiar en él como en un padre.
Él se resistió, lloró y tembló y, cuando se hubo tranquilizado un poco en un rincón y su maestro se atrevió a dejarlo salir a la calle, y vio a la niña que lo esperaba en el portal, escapó corriendo sin decir palabra.
Afortunadamente, aquella noche su madre no volvió a casa hasta muy tarde.
Entonces él ya se había tranquilizado, y le pidió que se mudaran inmediatamente, no importaba adonde, y que le buscara otro maestro, cualquiera, porque éste era malo; no dijo nada más, ni pensaba nada más, sólo que era una mala persona, pero no se atrevía a decirlo, y a las preguntas de su madre sólo repetía que era un mal maestro, como si no se tratara de su moral sino sólo de su arte.
La ingenuidad de su madre lo sentenció, era la prueba definitiva de que nadie ni nada podría ayudarle, ni su madre, y que, por lo tanto, debería mantener en secreto todo lo que se refería a su maestro.
Se dejó tranquilizar, arropar y acariciar, permitiendo que los gestos elementales que una madre ingenua y cariñosa hace en estos casos disiparan los malos presentimientos.
Y después de escuchar tantos detalles insignificantes, dijo Melchior, sin duda podría imaginarme lo que ocurrió después.
De vez en cuando, la niña aparecía en la ventana, con precaución, temerosa, para indicarle que lo entendía todo y que esperaba, pero a él le dolía verla y trataba de olvidarla.