Suavemente, me puso una mano en la rodilla, sus dedos envolvieron la rótula, pero sin oprimir; busqué sus ojos en la oscuridad.
Quizá no era la rodilla lo que ella envolvía con este movimiento, luizá envolvía nuestros cuerpos y el silencio que había en nosotros, y en sus ojos vi que quería decir algo, pero no podía decirlo, porque intuía lo que debía comprender.
Evidentemente, no era preciso expresar en voz alta que ciertas cosas no podían decirse ni indirectamente, ni aun a costa de la vida, y, no obstante, de no haber estado tan oscuro dentro del coche, de habernos visto la cara a la luz de las farolas que se filtraba por entre las ramas de los árboles, de no haber quedado todo en el umbral de la intuición y el sentimiento, de haberse concretado en palabras lo que sentíamos, sin duda las cosas hubieran sido muy distintas entre los tres.
Ella habló después, sí, pero entonces ya habíamos dejado atrás ese momento.
Sí, dijo, cada cual tiene su historia, y si no me había dado cuenta de que todas las historias personales eran tristes, ¿por qué?, y que tenía la impresión de que yo le había contado mi propia historia, a pesar de que ella nada sabía de mi vida, o quizá sólo la historia de mi propia amargura.
Mi amargura, pregunté, me sorprendió la palabra.
Sin responder a mi pregunta, dejó que su sonrisa se convirtiera en risa y desde la risa me preguntó bruscamente si no sabía que era judía.
Entonces soltó una carcajada, provocada, probablemente, por la estupefacción que debió de ver en mi cara.
¡Qué fabuloso!, exclamó riendo, me oprimió la rodilla y retiró la mano, ahora tenía que marcharme, otro día me lo contaría.
Yo le dije que no la comprendía.
No importa, dijo que meditara sobre ello, yo era un chico listo, además, no hay que entenderlo siempre todo, a veces basta sentir.
¿Y qué debía yo sentir?
Sentir, sencillamente.
No se libraría tan fácilmente, eso era una evasiva indigna.
De acuerdo, gritó riendo e, inclinándose por delante de mí, abrió la puerta del coche; tenía que bajarme.
Yo no tenía ni la más remota idea, ¿podía explicarme de qué me hablaba?
Ya no le interesaba lo que yo dijera o preguntara, lo que entendiera o dejara de entender, quería echarme del coche y me empujaba por el pecho y el hombro; yo, vacilando, la así por la muñeca, vacilando porque me parecía que no debía responder a la violencia con violencia porque era judía, ella acababa de decir que era judía, y trataba de apartarle la mano imprimiéndole un leve giro, y los dos nos reíamos de nuestra simpleza, y queríamos acabar.
No, no, gritaba con voz ahogada y un poco dolorida, mezcla de la agónica protesta de la mujer madura y la queja de la niña mimada, debía soltarla ahora mismo, basta ya.
Pero, al parecer, aún no era suficiente, porque ahora empujaba también con la cabeza contra mi pecho, y yo le retorcía la muñeca un poco más, ella gimió y, durante un momento, su cabeza descansó en mi pecho como si, por fin, hubiera encontrado el ansiado refugio, gesto que indicaba que yo era un hombre fuerte y ella, una débil mujer, aún no se había rendido, aún se defendía, pero no tardaría en caer.
No pensaba soltarla, dije con energía, asumiendo complacido mi papel de hombre, era agradable atenerse al reparto convencional, y con mi alegría daba a entender que no pensaba desaprovechar la ocasión.
Quizá fui demasiado lejos, porque entonces, ofendida, levantó la cabeza y chocó con mi barbilla, lo que nos hizo daño a los dos.
Su negativa indicaba que, a pesar de todo, no estaba dispuesta a reconocer la clara diferencia que había entre nosotros, ni siquiera a resignarse a ella, aunque nos doliera a ambos.
Le pregunté qué sucedía.
Qué iba a suceder, dijo secamente, nada.
Pero me miraba a los ojos con tierna súplica, muy cerca y, con falsa docilidad de niña, volvió a refugiarse en el papel de la mujer frágil; lo hizo con tan convincente maestría que sentí ganas de reír, y era tan de mi gusto aquella ridicula situación que, lentamente, vacilando todavía, fui aflojando la presión, pero sin soltarle la mano.
Qué quería decir con eso, pregunté, y observé cuan a pesar mío trocaba el forcejeo físico, mudo y prometedor, por las simples palabras.
En realidad, yo hablaba sólo para que la razón no se disociara del instinto, sino que, cuando menos, lo acompañara, para comprender qué quería el instinto y por qué, para que ni instinto ni sentimientos actuaran en contra de la razón ni en lugar de ella; si algo tenía que haber entre nosotros, si tal cosa era posible, no debía ser un sucedáneo ni un complemento de otras emociones, ni tampoco una vulgar gimnasia amorosa; y algo parecido debía de pensar ella.
Todo lo que entre nosotros había habido hasta aquel momento podía considerarse como una especie de broma entre amigos, por más que nadie podía saber dónde había que situar la frontera entre el amistoso forcejeo y la caricia amorosa, la fría razón cuidaría de vigilar esta frontera, aun cuando, a causa de la voluptuosidad de los movimientos y la promesa de las posibilidades, la situación pareciera irreversible, como si ya hubiéramos cruzado esa vaga frontera o no supiéramos a ciencia cierta dónde estábamos.
Otro día me lo contaría, dijo ásperamente, ahora tenía que soltarla.
No, insistí, no la soltaría hasta que me lo hubiera explicado, a mí no me gustaban esas tonterías.
Sólo que la razón ya no podía acompañar a los sentimientos, como tampoco las palabras podían conducir a una decisión, puesto que ninguno de los dos tenía ya ni la más leve idea de qué estábamos hablando en realidad, situación característica por cierto de toda pelea de enamorados.
Ella ladeó la cabeza bruscamente, con impaciencia, como si cambando de postura pudiera cambiar la situación.
Tenía que soltarla de una vez, dijo con voz impregnada de odio, Arno la esperaba, ya era tarde, no sabía adonde había ido y estaría preocupado.
Aquel vivo movimiento hizo que le diera en la cara la luz cruda de una farola, y quizá fue esa luz lo que me venció.
¿No le parecía cómico, le pregunté, pensar en Arno precisamente ahora?
Porque a la luz descarnada de la farola -no sé decirlo de otro modo- había visto en su cara la cara de él.
Fue como si, durante un instante, su cara recordara la fisonomía larga, aburrida y triste de Arno, pero no como si la cara del otro apa reciera en la suya, fue más bien una impresión, la sombra de una impresión, la tristeza indefinible de aquel hombre extraño al que ella se sentía pertenecer y al que deliberadamente ponía ahora entre nosotros dos pronunciando su nombre; no era simplemente el marido viejo en el que no podía dejar de pensar ni mientras lo engañaba y al que trataba como a un padre o como a un hijo, era a la tristeza de aquel hombre a lo que ella creía deber fidelidad, era la tristeza lo que marcaba y envolvía su convivencia; ¿había hablado de su condición de judía porque también ella contribuía a aquella tristeza?, ¿había entre ellos algo indestructible?, ¿era este algo la circunstancia de que ella fuera judía y Arno, alemán?
Yo hubiera tenido que vencer, barrer o, cuando menos, disipar temporalmente aquella tristeza nunca vista en su cara, sólo que yo no sabía qué hacer con la tristeza de Arno, porque era la tristeza de un hombre al que nada me unía, que me era indiferente, pero yo no podía fingir que no veía que esta tristeza era común a ambos, que los unía, de ahí que él triunfara, que ambos triunfaran sobre mí.
Y ahora yo sabía menos que nunca cuál era mi lugar en esta delicada situación, o cuál debía ser, pero en aquella tristeza, que realzaba la luz fría de la farola y que se transparentaba a través de sus múltiples caras y máscaras, descubrí de pronto el choque de fuerzas antagónicas.
Bien, la soltaría, dije, pero antes le daría un beso.