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Este sentimiento de aislamiento en nosotros mismos y la posibilidad de alcanzar el placer tocando nuestro propio cuerpo mientras imaginamos escenas de contacto corporal con otra persona es algo que todos conocemos por experiencia.

Las personas neuróticas, inhibidas o tímidas no necesitan tocar sus órganos sexuales, basta un roce casual con la palma de la mano en la piel de los muslos, el vientre o la pelvis para que el contacto con el propio cuerpo produzca la reacción necesaria para la excitación sexual; en las mujeres esas zonas se extienden a los pechos, quizá a los pezones y las aureolas, y la manipulación puede ser seguida o quizá acompañada de una fricción del monte de Venus que, insensiblemente, se hará rítmica, aumentará la presión sanguínea y acelerará la respiración, y que equivale a la leve palpación de la ingle con que empiezan los hombres, para pasar después a los testículos y a la punta del glande; en la mujer, lo más sensible es el diminuto clítoris, que los dedos no llegan a tocar, porque puede ser doloroso, mientras que el hombre, con ademanes más recios, toma el miembro entre los dedos e imprime en el prepucio un movimiento de sube y baja que libera y esconde el glande y, con el roce, se abren las pequeñas válvulas por las que la sangre de las arterias entra en los cuerpos cavernosos y los tensa.

Y puesto que se trata de manipulaciones hechas por personas y di rigidas a satisfacer necesidades y exigencias personales, sus formas y métodos pueden ser muy variados.

Ahora bien, la diversidad de los métodos para satisfacer el placer sexual no debe hacernos olvidar que, contemplado desde un punto de vista rigurosamente somático, en cada individuo se produce siempre el mismo proceso, sólo varían la intensidad, el efecto y las consecuencias, porque en cada individuo y en cada caso el proceso depende de las características físicas y constituye una unidad predeterminada, en la que, al parecer, no influye si se desarrolla entre personas del mismo sexo o de sexo distinto, ni si intervienen estímulos externos, fantasías o autoestímulos inducidos por fantasías.

No obstante, aunque los elementos somáticos relacionados con el estímulo y la duración del placer constituyan una unidad cerrada, aun cuando el proceso parezca totalmente autogenerado -en el caso de la masturbación o de emisión seminal nocturna-, pueden aparecer ciertos efectos que perturban este sistema aparentemente cerrado y que, desde el punto de vista fisiológico, es autosuficiente.

Es como si la naturaleza no permitiera que se cerrase el círculo: durante la masturbación es la fantasía la que interviene, y, en la emisión seminal nocturna, el sueño, pero la fantasía y el sueño siempre ponen al individuo y al proceso individual en contacto con otro individuo o, por lo menos, presuponen la presencia de otro individuo.

Esto es lo más y también lo menos que puede decirse de las relaciones de dependencia del individuo. Hay que añadir que en cada persona actúa un impulso que genera sentimientos de aislamiento e introversión a la par que de apertura y dependencia de los demás; el aislamiento impide las relaciones, mientras que la apertura las favorece, ya que uno y otro sentimiento son accionados por una misma relación de tensión mínima tensión máxima en el ámbito general de los instintos.

Cuando dos individuos de la especie humana se unen por medio de órganos que también pueden funcionar aisladamente, aunque estén concebidos para hacerlo en pareja, es decir, cuando dos individuos de la especie humana, en su aislamiento, no quieren depender de la fantasía ni del sueño involuntario, sino que desean aliviar o disipar su aislamiento en la posible apertura de otro individuo, entonces se encuentran dos unidades cerradas, cada una de las cuales est¡ alimentada por idéntica tensión que, en su oscilación, determina w apertura y el aislamiento.

En este caso, la tensión adapta la apertura propia al aislamiento del otro, pero para ello es necesario que haya apertura en el primero.

Y del encuentro de dos entidades encerradas en sí mismas nace una apertura común que supera su individualidad y que, al mismo tiempo, crea un aislamiento común, dentro del cual pueden salir de su aislamiento individual, y viceversa, su apertura individual estará envuelta por el aislamiento compartido de su unión.

Si esto es así realmente, ello quiere decir que el encuentro de dos cuerpos es mucho más que la mera suma de dos cuerpos, ya que cada uno está presente en el otro, con lo que aumenta su entidad. Siendo, pues, esclavos de nuestro cuerpo y del cuerpo del otro, somos más que por nosotros mismos; todos somos más, del mismo modo en que libertad es más que esclavitud, y una comunidad de esclavos es menos que una comunidad de seres libres que optan por la esclavitud.

Y nada lo demuestra mejor que el beso en sí.

Porque el beso es la puerta del cuerpo, como la imaginación es la puerta del alma, y ambas comunican al individuo con el universo.

Dentro del sistema cerrado del cuerpo, la boca es un órgano sexual neutro, que no posee una funcionalidad específica, su extraordinaria sensibilidad y excitabilidad sólo pueden influir en los restantes órganos sexuales y el sistema nervioso cuando entra en contacto directo con el cuerpo de otro individuo, de lo que se deduce que la boca es el único órgano que interviene en la vida sexual que, dentro del sistema cerrado del cuerpo, está abierto de antemano, y abierto también anatómicamente, abierto en sentido general, ya que tiene una natural predisposición a la apertura, y en este sentido la boca es la contrapartida física de la imaginación.

La boca se diferencia de los restantes órganos corporales necesarios para satisfacer el instinto de procreación, mientras que la imaginación es una facultad espiritual del individuo que permite el funcionamiento de los órganos sexuales incluso sin pareja.

Por estas características, la boca se diferencia tanto de los demás órganos sexuales que no debería figurar entre ellos, si más no, porque el contacto de las bocas no es condición o requisito para la unión de dos individuos y se puede prescindir de él perfectamente; sin embargo, no es casualidad que dos individuos muestren mutuamente su buena disposición para unir el sistema cerrado del propio cuerpo al sistema cerrado del otro cuerpo uniendo en primer lugar aquellos órganos que, sin ser indispensables para la unión, están siempre abiertos: las bocas.

Naturalmente -y por fortuna-, yo no pensaba en estas cosas cuando ella me rodeó el cuello con los brazos para impedir que me apeara del coche, las pienso ahora, aquí, delante del papel; a los treinta años, ya no necesitas reflexionar sobre estas cosas, para tener una idea aproximada del funcionamiento de tus órganos, ya que la experiencia te ha enseñado que puedes hacerlos funcionar a voluntad y, por otra parte, ya has pasado la edad en la que actúas de modo ciego y descontrolado, aunque sigues dejándote llevar por el instinto y la experiencia; en realidad, fluctúas entre asociaciones y comparaciones, deambulando en el recuerdo, lo que no deja de ser una forma de pensar, por lo que no puedo declarar que en aquel momento no pensara en nada.

Oscilando entre el abandono y el control, cedí a aquel peso, a aquella extraña presión que me empujaba la cabeza, desde la frente hasta la nuca, en dirección a la otra cabeza, como si renunciara voluntariamente a todo soporte natural y todo apoyo para ver, respirar y discernir, dejándome caer, entregándome, rindiéndome, sin preguntarme por qué, a pesar de que en la mayoría de casos ésta sería la única pregunta justificada.

Delante de él, una boca entreabierta, como un interrogante del cuerpo, también su boca está abierta, en ella está la respuesta al otro cuerpo, y cuando las dos bocas se unen, la boca propia encuentra en la otra su propio aliento, y en este aliento descubre sus propias posibilidades en aquel otro cuerpo, y entonces se extiende ante él el paisaje interior de aquel cuerpo, y también allí hay un vacío, un hueco que llenar, y entonces cesa el vértigo porque los labios, en el umbral de aquella cavidad, palpan una sustancia viva, fragante, lisa, cálida, áspera y blanda, lo más diverso con las formas más diversas, lo que para nuestra mente, condicionada como está para la acción, no es poco estímulo.