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frau Kühnert tenía una fealdad que asustaba y agobiaba: alta, angulosa, de hombros anchos, vista de espaldas, cuando llevaba pantalones, parecía un hombre, porque no sólo tenía unos brazos muy largos y unos pies muy grandes, sino, además, un trasero liso de oficinista viejo; el pelo, que ella misma se teñía de rubio, lo llevaba corto y peinado hacia atrás, que era, quizá, lo más indicado, pero en nada contribuía a hacerla más femenina; tan fea era que no podía disimularlo ni con toda la habilidad con que distribuía y filtraba la luz en su casa espaciosa y burguesa; durante el día, las pesadas cortinas de terciopelo, siempre echadas sobre los estores de encaje, impedían el paso del sol y creaban penumbra; por la noche, las lámparas de pie con oscuras pantallas de seda y los apliques de la pared con sombreretes de papel encerado despedían una luz mate, las arañas no se encendían nunca, por lo que el profesor Kühnert se veía obligado a hacer extrañas maniobras; el profesor era bajo, llegaba a su mujer poco más arriba del hombro, tenía la complexión delicada y la piel blanca que transparentaba las palpitantes arterias azuladas de las sienes, el cuello y las manos, también sus ojos eran pequeños, hundidos y tan inexpresivos como los movimientos con que, discreta y calladamente, a aquella media luz, realizaba su trabajo de investigación, calificado de sumamente importante; ni siquiera en su robusto escritorio negro había lámpara, y cuando frau Kühnert me avisaba de que me llamaban por teléfono, yo podía observar cómo él, con sus dedos largos y delgados, tanteaba como un ciego en el montón de periódicos, notas, libros y revistas hasta encontrar lo que buscaba, lo sacaba, cruzaba la habitación pasando por delante de la pantalla azulada y temblona del televisor, se acercaba a un aplique de la pared y allí, en el círculo de luz opalescente y amarilla de la lamparita, situada a gran altura, se ponía a leer, apoyado a veces en la pared; por la oscura mancha que su hombro y su cabeza habían dejado en el papel amarillo pálido se adivinaba que éste era un proceso habitual, y cuando una súbita inspiración o una larga reflexión interrumpían la tranquila lectura y el profesor tenía que ir al escritorio a hacer una anotación, volvía a pasar por delante del televisor, lo que al parecer no molestaba a frau Kühnert, entronizada en su butacón, más de lo que incomodaban al profesor los sonidos incoherentes que salían del aparato o la oscuridad; nunca les oí intercambiar ni una palabra, aunque su silencio no parecía deberse a fútiles rencillas ni era esa demostración de resentimiento con la que suelen castigarse las parejas mal avenidas pero que mantienen una relación apasionada, a fin de conseguir algo del otro; no, aquel silencio no tenía finalidad alguna; seguramente, un odio que había ido enfriándose poco a poco los había sumido en aquella pasividad, odio cuya causa ya no podía adivinarse; parecían contentos y tranquilos y se comportaban como dos animales salvajes de distinta especie que, si bien siempre acusan la presencia del otro, reconocen que la ley de la especie es más fuerte que la del sexo; y ellos, como no podían ser ni pareja ni presa uno del otro, nada tenían en común.

Yo, a pesar de mi indignación, contemplaba la cara de frau Kühnert con resignación, porque sabía por experiencia que no podría librarme de ella fácilmente, al contrario, cuanto más me esforzara por rehuirla, más vehemente e inquisitiva se mostraría, la miré a los ojos y pensé: aguanta el chaparrón, ya que será el último; sobre su frente estrecha y abultada asomaban las raíces negras de su pelo teñido, hirsutas como las cerdas de un cepillo -mientras, mis dedos palpaban que el sobre estaba abierto-, su larga nariz parecía más afilada que nunca, la pintura de sus labios estaba agrietada, y yo, naturalmente, no pude evitar que mi mirada se extraviara hacia su busto, porque esta era quizá la única parte de su cuerpo que compensaba un poco de tanta fealdad: tenía un pecho grande, desproporcionadamente generoso, que sin el sujetador decepcionaba, seguramente, pero los pezones que se destacaban claramente a través del ceñido jersey no tenían artificio, desde luego, y mientras estábamos en la puerta del oscuro recibidor, en el momento en que ella empezaba a gritar de nuevo, apareció Kühnert en la puerta de la sala, con la camisa blanca desabrochada hasta la cintura -siempre llevaba camisa blanca y, cuando leía o hacía sus anotaciones, primero, se arrancaba la corbata y, luego, se desabrochaba la camisa, para acariciarse el pecho liso y sin pelo como el de un niño-, que se iba a la cama.

Aquel cambio no me pareció muy importante, a pesar de que trajo consecuencias francamente desagradables, si más no, porque hasta aquel momento había podido caminar en la oscuridad con total seguridad, puesto que siempre sentía bajo los pies el mismo suelo un poco resbaladizo; a pesar de no ver nada, oía el rugido y el chapoteo de las olas a la misma distancia y sentía la misma cantidad de salpicaduras salobres, por lo que podía entregarme a gozar a ciegas de la galerna, de mis fantasías y mis recuerdos: no tenía más que seguir andando en la misma dirección y no dejar el dique, y para ello me bastaba con palpar el suelo a través de las suelas de los zapatos y, naturalmente, calibrar las salpicaduras del mar, y así lo hice hasta que, al detenerme un momento para tantear el terreno, una ola me golpeó en la cara, lo cual tampoco hubiese sido tan grave, ya que no me entró mucha agua por el cuello, aunque no podía decirse que estuviera caliente, ni me mojó el abrigo, de modo que hasta me pareció divertido y, de no haberme impedido el viento abrir la boca, me hubiera reído, pero al momento me golpeó la ola siguiente, más grande, y ello me minó la moral.

Yo creía haber caminado hasta entonces por el centro del dique, y ahora, después de esperar en vano a que se calmara el viento, traté de seguir por el interior, más resguardado del mar, pero no pude, porque el viento no amainaba y, si me descuidaba, podía barrerme y, además, a los pocos pasos, me di cuenta de que me encontraba en el borde del dique, entre unas piedras enormes y afiladas; así pues, de allí no podía pasar, y el dique, mucho más estrecho de lo que yo creía, no me protegería de las olas; a pesar de todo, no hice lo que, en aquellas circunstancias, parecía lo más sensato, ni se me ocurrió la idea de dar media vuelta; yo sabía por la guía que allí la marea no subía más de doce centímetros, por lo que no podía tener consecuencias catastróficas, y pensé que se trataba, simplemente, de un tramo peligroso, seguramente, el dique describía un arco y por eso era más estrecho o, por alguna razón, se había hundido parcialmente y, cuando dejara atrás este trecho peligroso, volvería a ver las luces de Nienhagen y estaría seguro.

El viento cesó bruscamente.

A pesar de todo, no puedo decir que estuviera furioso con frad Kühnert, ni mucho menos, ni que ella me gritara de aquel modo tan insoportable porque estuviera furiosa conmigo: si en las últimas semanas habíamos estrechado relaciones, relativamente hablando, yo seguía dando importancia a mantener las debidas distancias, lo cual, en mi opinión, debía hacer imposible exteriorizar claramente un sentimiento o una emoción, en el caso de que los experimentara; no, lo cierto era que ella, sencillamente, no sabía hablar bajo.

Era como si no conociera un término medio entre el mutismo absoluto y la verborrea desenfrenada y estridente; y esta curiosa disposición -no sabría llamarla de otro modo- estaba condicionada sin duda tanto por las penosas relaciones con su marido, en las que no utilizaba la voz en absoluto, como por la circunstancia de trabajar de apuntadora en uno de los teatros más prestigiosos de la ciudad, el «Volkstheater», es decir, para ganarse la vida tenía que apagar el timbre grave y sonoro de su voz, la cual aun así conservaba la fuerza suficiente como para que se la oyera desde el más alejado rincón del escenario; por ello, no cabe duda de que su voz era el eje de su vida, y su fealdad no era sino un divertido aditamento, aunque yo creo que ella no era plenamente consciente de aquella fealdad, lo esencial era la voz, una voz, empero, que ella raramente podía utilizar con normalidad.