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Era como si, con aquel gesto, ella quisiera decirme que todas las características de nuestro cuerpo, sus propiedades, virtudes, defectos y pasiones, están grabadas en los rasgos de nuestra cara y que el pudor no tiene otro objeto que el de extender un piadoso velo sobre lo evidente, aunque aquella cara poseía la armonía de la perfección; todos sus finos trazos, arcos y protuberancias se complementaban entre sí y, no obstante, antes de ver aquella mano horrible, me parecía que, de un momento a otro, aquella perfección podía precipitarse en la sima de la inseguridad, como si pudiera bastar un instante para desfigurar aquellas facciones; era increíble, pero yo tenía la sensación de estar presenciando la demostración de una ley natural, según la cual la belleza sólo podía alcanzar la plenitud a través de la deformidad, como si la perfección no fuera sino una degeneración de lo imperfecto y como si toda belleza estuviera siempre jugando al escondite con la fealdad y la degeneración, porque sus labios, carnosos y sensuales, se estremecían con un leve temblor, como si tuvieran que reprimir una fuerte emoción o un dolor, pero sus ojos estaban bien abiertos, y su mirada, penetrante y desdeñosa, daba la impresión de estar desafiando continuamente y, al mismo tiempo, previniendo una inminente destrucción; en aquella cara veía yo tanto el miedo como el deseo de aniquilamiento, su locura envuelta en belleza me fascinaba, y por eso aquel lento movimiento, aquella imperturbable dignidad con que al fin me descubrió no sólo el secreto de su mano sino de todo su cuerpo, atormentado y estremecido por el deseo, me impulsó a hacer un gesto extravagante e impremeditado: tomé aquella extraña mano y, reconociendo en su repulsivo aspecto la causa de mi fascinación, la besé.

Ella no sólo toleró mi respetuoso beso, sino que me abandonó la mano sin reservas -así lo percibí claramente- para retirarla después poco a poco, gozando del cálido contacto de mis labios, pero entonces advertí que no la retiraba realmente sino que pretendía otra cosa, más terrible y extrema; a causa de nuestra torpeza, sus guantes cayeron al suelo y entonces ella, con aquel dedo monstruoso, me dio un zarpazo y, mientras nos mirábamos en silencio, mudos como ladrones -su madre dormitaba a su lado, mecida por el traqueteo del tren-, su ancha uña me arañó los labios y la lengua, correspondiendo a mi homenaje con la humillación.

Aquella sonrisa era inolvidable, la misma sonrisa que Gyllenborg captaría después en una no menos inolvidable fotografía.

Pero la imagen que predominaba en aquella fotografía no era la de jos dos cuerpos que yo conocía íntimamente, sino la de un pesado cortinaje recogido hacia un lado formando pliegues diagonales que iban desde el ángulo superior hasta el centro, donde la tela se retorcía para cubrir un banco o taburete del estudio y formaba un drapeado que desaparecía por los ángulos inferiores de la fotografía, con lo que se creaba la impresión de que la imagen no estaba completa, que aquello era sólo un fragmento de una fotografía, de manera que los modelos que aparecían sobre el suntuoso cortinaje tampoco tenían poses bien definidas; una corona de laurel recogía el ensortijado cabello del criado que, sentado sobre las piernas cruzadas y abombando el pecho, ocupaba el centro de la imagen, sus manos grandes y nudosas descansaban sobre las rodillas, pero su mirada, a diferencia de su cuerpo, no estaba vuelta hacia el observador, sino que, siguiendo los pliegues del cortinaje, contemplaba algo que quedaba fuera de la fotografía, por encima de la cabeza de fräulein Stolberg, que se hallaba situada delante de él, con una rodilla en tierra, tapando con su hermoso cuello y su cabeza inclinada el vientre del criado, cuyos musculosos muslos y pantorrillas enmarcaban su cara, que tenía aquella sonrisa sensual y exquisitamente cruel.

Pero con esto no he dicho todavía nada sobre la fotografía que, evidentemente, decía más acerca de su creador que de las personas que le habían servido de modelos; porque Gyllenborg, ateniéndose a una ley estética de los antiguos griegos, sólo había desnudado el cuerpo del hombre, pero procurando que su sexo quedara escondido, mientras que el cuerpo de la mujer lo había cubierto con una tela que, fruncida sobre un hombro, formaba pliegues en diagonal y dejaba un pecho al descubierto, tela que había sido sumergida en agua o aceite porque relucía y se amoldaba al cuerpo subrayando con provocativa impudicia lo que en rigor debía cubrir.

La fotografía hubiera podido ser detestable, cursi y del peor gusto, muestra espeluznante de una ambición artística pedante y rancia que, buscando con afán la armonía de las proporciones, escamoteaba todas las partes del cuerpo antiestéticas, deformes o consideradas vergonzosas que, en realidad, son atributos naturales irrenunciables de la perfección humana; pero en la fotografía, y así hay que consignarlo en honor del fotógrafo, la condesa tenía los dedos sanos doblados sobre la palma de la mano y levantaba ante sí sus dedos de pezuña, y como si su cabeza no percibiera el calor que brotaba de entre los abiertos muslos del criado, ¡y, oh, dioses, qué fragante calor podía exhalar aquel vientre!, parecía dedicar por entero su sonrisa ¡precisamente, su sonrisa cruel!, a aquel horrible remate de sus extremidades, con lo que aquella composición relamida y preciosista se convertía en una parodia satánica; pero el objeto de la burla no eran las dos figuras retratadas, sino el observador que atisbaba por el ojo de la cerradura; se burlaba de mí, de ti, de todo el que contemplaba la fotografía, ¡quizá incluso de su mismo autor!, porque lo que decía era que uno debe aceptar su deformidad con una sonrisa, con una sonrisa deben asumirse las crueldades objetivas de la realidad, esto es auténtica inocencia, todo lo demás es simple simulación, ornamento, convencionalismo, pose y pretensión; por esta sonrisa dedicada a la deformidad, también la corona de laurel del criado se convertía en una parodia demoníaca, la forzada indiferencia con que desviaba la mirada siguiendo los estúpidos pliegues de la cortina resultaba paródica, como paródica era aquella cruda y ostentosa sensualidad, que unía a ambos personajes, a pesar de la deliberada indiferencia con que desviaban la mirada, con lo que, a la postre, también la hermosura de su cuerpo, crudamente revelada, aparecía lastimosa.

Mi confusión hubiera podido ser mayor si el inspector no hubiera mostrado tanto tacto, o habilidad profesional, frotándose largamente los ojos; lo hacía con movimientos leves y cuidadosos, envolviendo el meñique en el pañuelo de hilo, para eliminar el humor amarillento que suele dejar el lagrimeo constante; pero la premiosa operación era un pretexto, como si, lejos de aprovecharse de mi azoramiento, quisiera darme tiempo para que me tranquilizara, como diciendo: no hay prisa, nada nos apremia, si no ahora, ya me lo contará otro día, y, si otro día no, en cualquier momento le diría lo que tuviera que decirle, a él le era igual, por lo que su actitud, más que considerada, era insidiosamente implacable.

Y no dejaba de surtir efecto su táctica, porque la infinita alegría que me producía el haber podido reprimir toda señal de excitación me había puesto fuera de mí y me había hecho perder el sentido de la orientación que necesitaba para dominar la situación, dejándome en el punto exacto en el que él quería tenerme; pues muy bien, pensé, se lo contaré todo y así acabaremos de una vez.

Parecía fácil contarlo todo, porque en realidad ese Todo no era Nada: de un juego amoroso entre cuatro personas una había querido salirse y otra había pretendido coaccionarla con unas fotografías comprometedoras; y si yo, para contar esta minucia, hubiera encontrado la primera palabra justa, si hubiera podido reunir el valor para pronunciar la primera frase clave, ¿por qué no había de contárselo todo?