Afortunadamente, en aquel momento sonaron tres discretos golpecitos en la puerta, pero mi sobresalto no se debió a los golpes sino a la cordura que me habían hecho recuperar.
La cordura hizo que me percatara de mi alteración, tenía la impresión de que dentro de mí había algo que quería aflorar, manifestarse y algo que debía sepultarse y reprimirse, y esta batalla de impulsos opuestos me produjo un mareo, y cuando, por entre las brumas de mi desfallecimiento, vi venir hacia nosotros la figura del dueño del hotel, ajetreada y oficiosa, el inspector me sujetó del brazo rápidamente y me instó a sentarme, pero yo, haciendo acopio de fuerzas, rehusé y aproveché el movimiento para tomar la carta de la bandeja que me acercaba el recién llegado, y que ya sabía quién me enviaba.
Por extraño que pueda parecer, no era la situación en sí lo que me trastornaba sino más bien los detalles: la oscura sombra que proyectaba sobre mí la figura del inspector, como si esto fuera más importante que las palabras que se pronunciaban o se callaban, o que las olas sonaran con aquel rumor tan cercano, tan claro y sedante, a pesar de estar cerradas las ventanas y cómo la luz fría del invierno que entraba por la ventana contemplaba el delirio febril de mi alma.
Yo no comprendía, por ejemplo, aunque lo supiera, qué había ocurrido, ni comprendía, a pesar de todo, por qué me traía el correo el dueño del hotel y no el criado, sí, Hans, el criado, al que yo acababa de desterrar de mi corazón, más aún, de mis sentidos, no comprendía dónde estaba, ni por qué aquello me dolía tanto; dolía la traición.
Tampoco comprendía por qué el desconocido, que había vuelto a cruzarse de brazos, me decía que leyera la carta, y lo decía como si, además de nosotros, hubiera en la habitación una tercera persona que debía leer una carta, yo no comprendía por qué él decía lo que yo debía hacer, y me avergonzaba de la cobarde prisa con que obedecí su orden disfrazada de cortés invitación, y me avergonzaba tanto que deseaba que el cobarde fuera un extraño, pero el extraño era yo.
Ni siquiera ahora, al cabo de los años, mientras escribo estas líneas, comprendo realmente lo que entonces pasó por mí, la magnitud del peligro por sí sola no lo explica, quizá ahora sí lo comprendo, pero me producen un vivo sonrojo las escenas de mi desmoronamiento, mi delirio, mi disimulo, mi traición y la abyecta sumisión con la que trataba de salvarme; la vergüenza por todo ello es como un coágulo de sangre atascado en una arteria, que no va ni arriba ni abajo, ni la razón más poderosa, ni la explicación más minuciosa podría extinguir mi vergüenza, disolver el doloroso coágulo; la sensación de derrota moral no se ha mitigado.
Era una carta breve, apenas media cuartilla, escrita en un arrebato de felicidad, «Mi vida, mi bien, mi amor», decía la introducción en la que mis ojos quedaron prendidos, dos veces, tres, otra más tuve que leerlo, para comprender lo que había captado la mirada, porque con esta introducción se anunciaba de pronto un fantasma, el fantasea de aquella mujer que ya he mencionado en páginas anteriores de estos recuerdos, la mujer que, siendo un fantasma, estaba en mí más viva que nadie, pero de la que no puedo hablar, porque no me es lícito, y cuya imagen o, más exactamente, cuyo olor, el olor de su boca de su vientre, de sus brazos, brotaba de aquella introducción, un aroma que, ni aun persiguiéndolo, hubiera yo podido encontrar; sólo ella había tenido estas palabras para mí, sólo ella me había amado así sólo ella me había dado estos nombres, a pesar de que yo era plenamente consciente de que la carta que estaba leyendo era de Helene.
En aquel momento, con la nostalgia de aquel aroma perdido, debió de nacer en mí la decisión de que, a pesar de todo, debía escapar de Helene.
Diez largos años de mi vida, una vida de la que yo renegaba y quería olvidar, me contemplaban desde aquella cariñosa introducción, era inútil que Helene se la hubiera apropiado, no era suya, y aquella extraña asociación de ideas no era simple casualidad, puesto que yo sabía que la policía estaba bien informada de aquellos diez largos años que yo había pasado en compañía de anarquistas, y si ahora no me defendía con instinto de fiera salvaje, tendría que responder de aquellos diez años, y sería vana la esperanza de poder escapar de mis actividades subversivas y hasta criminales en el refugio de los brazos de Helene.
La muerte me miraba, la muerte de las múltiples caras y, no obstante, única, que acecha en cada esquina, la muerte anhelada y temida, la muerte de aquella mujer única y fragante, me miraba ahora desde el cadáver ensangrentado del amigo al que había negado públicamente, pero también todas las muertes y los asesinatos, la lenta y dolorosa agonía de mi madre al lado de mi padre, la denigrante muerte de mi padre, entre Görlitz y Löbau, junto al paso a nivel siete, bajo las ruedas del tren, el cadáver mutilado de la adolescente a la que él había violado, la muerte, saco de gusanos que rezuma sudor, orina, mierda, saliva y moco, a pesar de que ahora la carta de Helene parecía brindarme la posibilidad de una vida feliz. «Desde aquella mañana maravillosa, en la que oficiamos nuestro rito de despedida doloroso y sublime, llevo a un hijo tuyo bajo mi corazón», me escribía y, a fin de acelerar la boda, me pedía que regresara cuanto antes, y lo mismo me rogaban sus padres, y al pie, como contraseña de confirmación, la inicial de su nombre.
Si el destino se goza en estas incongruencias y yo tengo que leer esta carta bajo la mirada acuosa de un sabueso de la policía que investiga las circunstancias de un asesinato, entonces, todo, absolutamente todo, puede ser sólo apariencia y mentira, pensaba una parte de mí, mientras la otra no podía menos que perder la cabeza de alegría por la posibilidad de que la vida continuara, al contrario, cuanto más claramente comprendía que esto no era más que engaño e ilusión, una falsa evasión hacia una esperanza color de rosa, más fuerte era la tentación de dejarse arrastrar al júbilo insensato.
Quería ella acaso que a este cuerpo indigno, que esperaba encontrar al fin la libertad en la ansiada y temida muerte le naciera un hijo.
¡Qué espantosos demonios brotan de nuestro pensamiento!
Me eché a reír estrepitosamente y tuve que apoyarme en los brazos del sillón para no caer.
Ya no recuerdo cuándo guardé la carta, pero aún me parece estar viendo los esfuerzos de mis manos temblorosas.
Primero, mi mano tuvo que luchar con el sobre y el papel, y, después de esta pequeña victoria, agarrarse al respaldo del sillón para impedir que yo cayera al suelo; quizá de aquel incontrolable temblor brotaba mi risa.
Reía como un loco, diría, si mi voz no hubiera delatado que precisamente con la risa trataba de refugiarme en la locura.
A partir de aquel momento, me llevaba el demonio de la voz.
Unos diez años después, en la extensa obra del barón Jakob Johann von Uexküll encontré esta frase esclarecedora y grata a mi corazón: «Cuando un perro corre, el animal mueve las patas; cuando camina un erizo, las patas mueven al animal.»
Esta sutil diferencia me ayudó a comprender que en mi risa se percibía el instinto de huida, carente de todo sentido moral, de un animal inferior, no era yo el que se refugiaba en la risa sino la risa la que me salvaba de mi crítica situación.
Era sin duda un hecho revelador que delataba mi mortal desesperación, pero al momento la risa dio un vuelco, cambió de dirección, de plan y, sobre todo, de significado, dejó de ser una ruda carcajada para convertirse en una hilaridad que se ahoga en su propio regocijo, mejor dicho, más que risa, era erupción de un júbilo turbulento; sin duda no era ya una risa verdadera, sino forzada e improcedente, y, aunque parezca extraño, mi oído registraba hasta el menor de sus quiebros y distorsiones, como si estuviera oyéndola con los oídos del inspector; a partir de aquel momento rió por mi boca la pura e incontenible alegría de vivir, hasta que las lágrimas inundaron mis ojos, y entonces la risa se ahogó en un gorgoteo y me invadió la emoción, pero al fin recobré el control y, aunque tartamudeando, pude hablar.