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– Disculpe -murmuré enjugándome los ojos, y el demonio que seguía siendo el dueño de mi voz, en su arrogancia, incluso se permitió el lujo de imprimirle un tono de sinceridad, como si quisiera demostrar que la mentira y la traición pueden ir de la mano con la verdad y la lealtad, ¡no hay de qué avergonzarse!, mejor que actitudes supuestamente inocentes, modestas y puras, no hay una clara demarcación moral en los fenómenos mundanos, y de nada sirven los remilgos y convulsiones del alma, ¡adelante, sin miramientos!, y parecía que en la tierna carta de mi prometida, que llegaba como llovida del cielo, tenía el medio más convincente y eficaz para desviar cualquier sospecha de mi persona-. Disculpe, comprendo que no es el momento de reír, estoy avergonzado, pero debo decir que no es mía la culpa, ya que, de no haberme instado usted a ello, nunca se me hubiera ocurrido leer una carta personal en presencia de un extraño, y también debo pedir perdón al difunto que se encuentra en la habitación contigua -dije entonces con la voz serena, fría y objetiva de mi demonio y el gesto altivo del hombre de mundo-, pero tampoco era mi intención ofenderle a usted, y por ello debo asegurarle que la carta es de carácter estrictamente privado y, para disipar cualquier suposición de que pueda estar relacionada con el triste suceso de hoy venciendo mi natural pudor, le diré que se trata de una muy feliz noticia, que no tengo inconveniente en compartir.

Respiré, y aún recuerdo que había bajado la cabeza y que mi voz se había oscurecido definitivamente, me resultaba desagradable y hasta penoso lo que acababa de decir.

Él callaba, por lo que, al cabo de unos momentos, tuve que levantar la cabeza.

Fue como si estallara en el aire el irisado cristal de una pompa de jabón.

A través del falso lente de una lágrima, sus ojos me observaban, y mientras nos mirábamos a los ojos tuve la impresión de que éste era el primer momento en el que su cara mostró auténtico asombro y estupefacción.

– Al contrario -respondió en voz baja, y yo observé con profunda satisfacción el tinte granate que cubría su cara apopléjica, ya que era evidente que no se trataba del color de la vergüenza sino de la ira-, al contrario -repitió con acento ya francamente patético-, soy yo quien debe disculparse, si más no, y su observación al respecto está justificada, por haberme excedido en mis atribuciones, llevado de un exceso de celo, y deseo hacer hincapié en que su desconfianza es comprensible, por más que aquí no pudiera hablarse de suposiciones ni sospechas, tanto menos por cuanto que ya tenemos al culpable, lo cual, por otra parte, no significa que el caso esté cerrado; por consiguiente, no sólo deseo pedirle disculpas por haber dado lugar a esta impresión, sino rogarle que considere mi insistencia como una medida de seguridad, imprescindible en casos semejantes, o acaso una deformación profesional de la curiosidad humana, pero sea lo que fuere, no me lo tome a mal. Ahora bien, así las cosas, permita que sea el primero en expresarle la más cordial enhorabuena y le ruego no olvide que quien así habla, y habla así de corazón, es un hombre que constantemente está en contacto con el lado más lamentable de la existencia, un hombre que tiene contadas ocasiones para alegrarse con las naturales y halagüeñas incidencias de la vida.

El rojo de sus mejillas fue palideciendo poco a poco, sonrió amistosamente, no sin melancolía y, en lugar de hacer una reverencia de despedida, inclinó ligeramente la cabeza, movimiento que yo imité, pero no se movió de su sitio, sino que se quedó con los brazos cruzados al oblicuo sol invernal que entraba por la puerta de la terraza, proyectando en mí su sombra.

– ¿Me haría usted un favor? -preguntó al fin, titubeando.

– Encantado.

– Verá, soy un gran fumador y he olvidado los cigarros en el coche. ¿Puedo pedirle uno de los suyos?

Este curioso gesto de disculparse por una impertinencia para, a renglón seguido, incurrir deliberadamente en otra, tensar sin necesidad las cuerdas de una situación ya tirante para hacer sentir el dominio sobre el otro, me recordó a alguien o algo, en aquel momento no recordaba a quién ni qué, sólo que ya había pasado por aquello, y mi repulsión casi física me confirmó que aquel hombre tenía que ser de una muy baja extracción.

– Por supuesto, sírvase -respondí, complaciente, pero no me moví como hubiera sido lo natural, porque no quería destaparle la caja de los cigarros con mis propias manos, ni me hice a un lado para dejarle pasar.

Ya me había encontrado tan indefenso ante otra persona y con el mismo desdén la había tratado.

Pero él no se inmutó, pausadamente pasó por mi lado y se dirigió hacia la mesa que estaba a mi espalda, para sacar un cigarro de la caja que días atrás me había regalado Gyllenborg; este recuerdo me hizo el efecto de un rayo, y ni ánimo tuve para volverme; sabía perfectamente cuál era su propósito, porque en la habitación del muerto había una caja igual, y ahora ya tenía un indicio.

Era tan profundo el silencio entre nosotros que hasta le oí romper la anilla del puro, luego, con la misma parsimonia, volvió a situarse frente a mí.

– ¿No tendría un cuchillo? -preguntó con una sonrisa afable, y yo me limité a señalar mi escritorio.

Él encendió el cigarro ceremoniosamente, y tuve la impresión de que era el primero que fumaba en su vida; hizo chasquear la lengua en mudo elogio del aroma, exhaló el humo en silencio y yo me sentí obligado a mirarle a los ojos.

Pero comprendía que, por mucho que me esforzara, no podría resistir hasta que él acabara de fumar.

– ¿Desea algo más de mí?

– Pues no, señor -dijo con un amistoso movimiento de cabeza-. bastante tiempo le he robado ya, y sin duda mañana podré tener de Huevo el placer de hablar con usted.

– Por si considera imprescindible la entrevista, aquí tiene mi tarjeta -dije-, ya que mañana por la noche pienso estar de regreso en Berlín.

Él se quitó el puro de la boca, asintió satisfecho y expulsó el humo con las palabras.

– Muy agradecido.

Guardó cuidadosamente mi tarjeta en la cartera, ya no quedaba sino despedirse; con el cigarro en la mano, salió de la habitación sin decir palabra.

Yo estaba exhausto y, cual dos mitades de un témpano de hielo arrastradas por las aguas de un río impetuoso, cual dos puntos luminosos en la noche, las dos mitades de mi yo se alejaban más y más una de otra; mientras una tarareaba marchas triunfales, la otra entonaba un canto fúnebre por la sangrienta derrota sufrida, mientras una, hurgando en el recuerdo, se preguntaba de qué conocía a aquel antipático personaje, a quién le recordaba y se irritaba al buscar en vano la solución del misterio en el mundo de los recuerdos, la otra sopesaba las posibilidades de una fuga e imaginaba ya con todo detalle cómo, al llegar a la capital, se escabulliría entre la multitud de la estación Anhalter y subiría al tren para Italia; aunque debo agregar que existía en mí un tercer Yo que, extrañamente, abarcaba estas dos mitades alejadas entre sí, y la mirada de este Tercero me mostraba un cuadro, surgido sin duda del almacén de los recuerdos y que, al parecer, no tenía relación con nada, un cuadro del jardín de mi niñez, una calurosa tarde de finales de verano, en la que, paseando entre los árboles, observé que en la pila de piedra del pequeño surtidor estaba ahogándose un lagarto verde, apenas asomaba media cabeza, con la boca abierta, las orejas y los ojos abiertos ya estaban debajo del nivel del agua, no podía ir hacia adelante ni hacia atrás, ni hacia arriba ni hacia abajo, a pesar de que agitaba frenéticamente sus patitas esparrancadas, esta imagen era mi primera impresión del mundo, quizá la más antigua; era un verano seco, probablemente el lagarto se había acercado a la pila a beber y había resbalado; yo lo miraba, rígido de repugnancia, con la sensación de ser, más que un testigo, el mismo Dios, porque podía decidir sobre su vida y su muerte, y la decisión me horrorizaba de tal modo que me parecía preferible dejar que se ahogara, pero hundí las manos en el agua hasta sitiuarlas debajo de su cuerpo y, por el solo contacto o por el impulso que le di, movido por la repugnancia, saltó a la hierba, donde se quedó quieto, respirando, mientras su corazón hacía temblar todo su precioso cuerpo, y esta imagen, el intenso verde esmeralda de la hierba y el lagarto inmóvil, tenía un colorido tan vivo y unas formas tan nítidas que, más que recuerdo, parecía realidad presente; yo volvía a estar en el viejo jardín y no aquí, en esta habitación.