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– ¡Mi buen amigo!

De su garganta salió el gemido de un llanto ahogado y una exclamación susurrada, y aunque me duela confesarlo, el contacto de sus manos me produjo una voluptuosidad dolorosa.

El placer me traspasó como un rayo levantándome de mi asiento, mi cara rozó el encaje de su vestido hasta quedar a la altura de la suya, sus labios firmes y frescos rozaron mi piel húmeda de llanto, ella buscaba algo, vacilante y ansiosa, algo que debía encontrar rápidamente, y también yo, torpe y ávido, buscaba algo en su rostro liso e inabordable, y cuando sus labios encontraron los míos, en aquel instante fugaz en que sentí el fresco contorno de su boca, aquella delicada protuberancia, aquel arco hechicero, en mis labios -algo similar parecía ocurrirle a ella, porque sus labios no querían abrirse-, su cabeza cayó hacia atrás y se apoyó en mi hombro, mientras ella se abrazaba a mí casi violentamente, para que no lo sintiéramos a él, pero en los labios percibimos el sabor de su boca y comprendimos que no podríamos volver a tocarnos sin la presencia del muerto.

Así, fuertemente abrazados, unidos pechos y vientres, estuvimos largo rato o, por lo menos, un rato que se hizo largo; y si antes el dolor había encontrado alivio en el contacto y las caricias, en las energías sensuales que se inflaman bruscamente para extinguirse enseguida, ahora este abrazo frenético pero desapasionado era la forma de compartir un dolor que se abría paso hasta nuestra pena y nuestra culpa, una pena que no nos permitía expulsar al muerto sino que nos impulsaba a dejar que se interpusiera entre nosotros.

Quizá ella necesitó tanto rato para que su cuerpo helado se calentara al contacto con el mío, encendido por la fiebre del llanto, porque ahora empezó a susurrar con la cara contra mi hombro, en un tono cómplice, malicioso, misterioso y, en cualquier caso, improcedente.

– He sido una niña buena -dijo casi riendo-. Les he mentido.

Yo sabía de qué hablaba, precisamente de algo que yo quería saber, un hecho implícito pero importante, que no podía preguntar sin delatarme y cuyo conocimiento me daba tiempo, la ocasión de escapar.

Pero como también ella se disponía a huir, traicionándome se hubiera traicionado a sí misma, y aún pretendía que le estuviera agradecido.

Pero yo quería desaparecer de aquella vida mía sin dejar rastro, ni siquiera el de una pregunta delatora, precipitada y curiosa que permitiera a los que quedaban deducir mi propósito, yo no quería dejar tras de mí más huella que el vacío.

Ella así lo comprendió, aunque no podía saber qué era lo que comprendía; y aunque yo no tenía intención de rehusarle mi agradecimiento, tuve que apartarla un poco, para que su cara me confirmara mis suposiciones.

Y escrito estaba en su cara, pero en una cosa me había equivocado: no reía sino que lloraba.

Enjugué con la lengua sus copiosas lágrimas, contento de poder mostrar mi agradecimiento de forma tan simple, y cuando volví a atraerla hacia mí, en ambos se desvaneció perceptiblemente la extraña sensación de antes, de que no estábamos solos.

Pero ahora me di cuenta de pronto del mortal silencio de mi habitación, del sordo silencio de toda la casa y del infinito silencio del que llegaba la luz que calladamente entraba por la ventana. Entonces pensé que ya se habrían llevado al criado. Después ella dijo en voz baja que en realidad sólo venía a despedirse, que se marchaban.

También yo pensaba regresar a casa, mentí, pero no me parecía aconsejable unirme a ellas.

No debía temer nada, susurró cálidamente junto a mi cuello, como si murmurara palabras de amor, ella y su madre irían en el coche a Kühlungsbronn, donde seguramente pasarían unos días antes de regresar a su finca de Sajonia.

Al cabo de los años, después de muchos años de vida respetable exenta de pasiones y excesos, aún me pregunto qué pudor me impide hablar de aquella despedida.

Fue como si no quisiéramos despedirnos, cuando en realidad nos disponíamos a huir el uno del otro, lo antes y más lejos posible, pero de él, del que se quedaba aquí, tuviéramos que despedirnos amorosamente.

Ella no me había delatado, había mentido por mí, y no es seguro ni mucho menos, que yo hubiera hecho lo mismo en su lugar, por que, incluso en esta situación, en esta despedida imposible, ella era la más fuerte de los dos.

Me apartó de sí, incluso dio unos pasos atrás y, más que mirarnos, mirábamos al muerto en nosotros.

Le habíamos dejado demasiado espacio al separarnos y por eso era ahora tan fuerte.

Confuso, desconcertado, sin saber cómo zafarme de él, que no hacía más que crecer y crecer entre nosotros -aparte de que su cadáver yacía en la habitación contigua-, murmuré que quizá lo correcto fuera ahora despedirme de su madre, pensando que, si salíamos juntos de la habitación, podríamos liberarnos de aquel sentimiento por nuestro amigo muerto; pero entonces brilló en sus ojos una luz hostil, una expresión dolorida que uno podría sentir la tentación de definir como reproche y odio: reproche, porque yo, con un pretexto tan socorrido, tratara de sustraerme al muerto y odio porque así la rechazaba también a ella, la viva; así pues, tuve que quedarme.

Y en esta decisión de quedarme influyeron fatalmente la viva y el muerto.

Pero entonces ella sonrió como sonríe una mujer madura por la torpeza de un niño.

Al cabo de un momento se quitó el sombrero y, lentamente, se despojó de los guantes; arrojó el sombrero y los guantes encima de la mesa, se acercó a mí y me tocó la cara con aquellos dedos.

– ¡Qué tonto, qué terriblemente tonto!

Yo callé.

– Es natural -dijo, mientras yo, copiando involuntariamente el movimiento de su mano, sentí que no tocaba la cara de aquella mujer a la que he amado y siempre amaré, sino que mis dedos reseguían lentamente la cara de la mujer a la que había amado él, el muerto, más aún, que era él quien la amaba con mi cuerpo y mis manos, como tampoco a mí me abrazaba ella.

No hubo más palabras entre nosotros, tampoco nos quedaban movimientos que no fueran de él.

Con solemne lentitud consumamos el uno con el otro el tiempo del muerto, y durante aquella hora larga, clara y serena hasta el último momento, también Hans, el asesino, había desaparecido.

Como respondiendo a una agitación interior, se dilataban y contraían nuestras pupilas y, a través del velo sensorial de nuestros ojos, yeíamos la muerte.

Mientras se vestía, se calzaba los guantes, se arreglaba el pelo y se Ponía el sombrero delante del espejo, no me miró ni una sola vez, corno si sus ojos me dijeran que, si insistía, ahora ya podía despedirle de su madre.

Después de lo que habíamos hecho durante aquella larga hora, hubiera desentonado una despedida convencional, mejor dejar las cosas como estaban.

Quizá yo insinué una negativa o quizá también ella lo comprendió así.

Se echó el velo sobre la cara y se fue.

A la noche siguiente, yo estaba de pie junto a la ventanilla del tren que se alejaba veloz, quería contemplar la tierra que ahora abandonaba para siempre y que otros, más felices o más desgraciados que yo, llaman patria.

Estaba oscuro, era una brumosa noche de invierno y, naturalmente, no se veía nada.

No continúa

Yo soy un hombre racional, quizá demasiado racional. Y no propenso a la modestia. No obstante, deseo escribir en este papel, de mi puño y letra, la última frase de mi amigo. Ojalá ello me ayude a terminar esta tarea que nadie me ha encomendado y que se ha convertido en la más íntima y personal de mi vida.

Estaba oscuro, era una brumosa noche de invierno y, naturalmente, no se veía nada.

Aunque no creo que él intuyera que iba a ser su última frase. Todo hace suponer que al día siguiente, como de costumbre, hubiera continuado su narración con una nueva frase, que no puede preverse ni deducirse de las notas que ha dejado. Porque la novela de una vida siempre encierra una invitación: perdeos en mi relato y quizá yo pueda sacaros de mi selva.