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Durante el fin de semana o las mañanas de verano íbamos en tranvía a su casa de Káposztásmegyar.

Al terminar mis estudios me dediqué al comercio exterior y durante diez años viajé por todo el mundo. No obstante, cuando pienso en medios de transporte, lo primero que me viene a la imaginación es aquel tranvía amarillo que traqueteaba alegremente. Con la plataforma abierta. Incluso durante mis largos viajes en avión, enfrascado en lecturas técnicas, lo siento muy próximo, como si, en lugar de volar, estuviera viajando en el tranvía amarillo. Con su matraqueo interminable, por la calle Váci.

El viejo, un mutilado de la primera guerra mundial, con robusta musculatura pese a su limitada capacidad de movimientos, sin apenas canas a sus casi setenta años, con la nariz picada y teñida de rojo por la bebida y una voz potente, era guarda nocturno de la central hidráulica y habitaba en un semisótano del complejo con su esposa, una mujercita rechoncha. Esta abuela tenía la costumbre de mandar telegramas a su nieto. Hoy hago buñuelos; mañana, pastel de hojaldre. No creo exagerar si digo que este entorno era el más sólido baluarte de nuestra amistad. Si pasaban muchos días sin que hubiera novedades, yo preguntaba cuándo habría tartaletas de mermelada. A lo que él respondía únicamente: tarta de manzana. O era él quien empezaba diciendo: buñuelos de albaricoque, y yo entonces me limitaba a preguntar: ¿cuándo? Entre los dos habíamos creado un lenguaje en clave. Pero no se refería sólo a la deliciosa repostería de la abuela.

A mí me chiflaban las máquinas, su funcionamiento y construcción, qué hacían y cómo se movían, y ningún sitio mejor que la central eléctrica para cultivar mi afición. A él, por el contrario, le impresionaba más mi insaciable curiosidad que la mecánica. También debía de comprender que con la posibilidad de estas visitas me tenía en sus manos, y hasta podía chantajearme. No tenía que decir más que: almendrados, para que yo me olvidara de todos mis planes y obligaciones y corriera tras él. Recuerdo que los mecánicos llevaban corbata y los aprendices, camiseta, y que la paciencia de unos y otros era casi tan vasta como mi curiosidad. Nos lo enseñaban y explicaban todo. Y debía de producirles no poca satisfacción poder dar respuesta a la mayoría de nuestras preguntas.

El momento de las grandes operaciones de mantenimiento era el más interesante. Se traía a mujeres de los pueblos vecinos que, con delantal y botas de goma, fregaban las baldosas de los tanques de agua, mientras los mecánicos, con grasa hasta las cejas, desmontaban, limpiaban y volvían a montar la maquinaria, ayudados por aprendices con la cara llena de granos. Había gritos, pullas, obscenidades, parcheos y chillidos, como si ello constituyera un rito ancestral. Se embromaban y desafiaban unos a otros, las mujeres a las mujeres, los hombres a los hombres, las mujeres a los nombres y los hombres a las mujeres, y ello parecía formar parte del trabajo pero también de algo más, en lo que nosotros, unos niños, no estábamos iniciados. Nos parecía una extraña canción de trabajo, un canto nocturno que tenían que entonar para realizar debidamente la labor diaria. Mientras tanto, nosotros dos podíamos pasear sin vigilancia por las bellas naves construidas a finales de siglo, el solitario parque que se extendía en torno a los saltos de agua y los corredores llenos de ecos que daban la vuelta a los tanques de almacenamiento, donde los objetos tenían una limpieza fría y cristalina y no te cansabas de contemplar la tersa superficie del agua que subía o bajaba de nivel.

Pero en su manuscrito él no menciona esta época primera y absolutamente idílica de nuestra amistad. Reconozco que esta omisión claramente deliberada me ha irritado y hasta indignado. Más de una vez, nos habíamos quedado a pasar la noche en casa de sus abuelos y dormíamos juntos en el catre de la cocina perfumada de cebolla. Leí en un estudio etnográfico que los gitanos, durante los rigores del invierno, cuando los pequeños duermen apelotonados sobre la paja, procuran que los niños estén con los niños y las niñas, con las niñas. No puedo creer no fuera intencionado su olvido de aquel calor infantil, de una fraternidad natural que tan desesperadamente buscaría después durante toda su vida.

También recuerdo que, cuando hacía calor, su abuelo se quitaba la pierna de madera y, mientras se rascaba el horrible muñón que asomaba de su pantalón de algodón, nos enumeraba las ventajas de una pierna ortopédica. Primera, que ese pie no huele ni tiene callos y, si se entumece, se engrasa, lo que no puede hacerse con una pierna de verdad. Segunda, no tiene reuma, garantizado. Todo lo más, carcoma. Sólo un inconveniente tenía la pierna, y era que que no participaba de aquel grato hormigueo que el vino le hacía sentir en todo el cuerpo, hasta en el ojete.

Por lo que a mí respecta, de mi multitud de antepasados -artesanos, pequeños agricultores de la gran llanura, puritanos maestros de escuela protestantes, jornaleros y prósperos fabricantes-, elegí a dos soldados muertos. Mi padre y mi abuelo materno. De este modo, nos convertimos en una familia de militares. A pesar de que ellos constituían la excepción. En nuestra familia no hubo más soldados profesionales que ellos. Y por si fuera poco, yo no podía recordar a ninguno de los dos.

De mi padre había en casa muy pocas fotografías, pero de mi abuelo, por el contrario, teníamos muchas. De niño, uno de mis pasatiempos preferidos era mirar aquellas fotografías.

Hoy sería muy difícil distinguir, en las historias familiares tejida en torno a la figura de mi abuelo, lo que era realidad y lo que eran exageraciones de esa realidad. Creo que la radiación que despedía su persona y que, amplificada, volvía a incidir en él se debía no sólo a sus extraordinarias dotes y a su prometedora y truncada carrera, sino tambien -y principalmente- a su atractivo personal. Cuando los más viejos de mis parientes me pellizcaban los muslos o me estampaban sonoros besos en las mejillas, solían comentar jocosamente que nunca sería tan guapo como mi abuelo. Mi madre, sin embargo, en tono aparentemente burlón pero con no disimulado orgullo, decía que, si bien físicamente podía parecerme al abuelo, nunca lo igualaría en inteligencia. Ambas aseveraciones, aunque dictadas por la parcialidad, eran lo bastante seductoras como para que arraigara en mí el deseo de emulación, la convicción de que el parecido era importante. Tenía que imitar a alguien que, en cierto modo, era yo mismo, aunque no tenía medios para saber si esto sería bueno o malo para mí.

Había en casa una lupa de las utilizadas en cartografía, que había pertenecido al abuelo. Con ella estudiaba yo fotos hechas en distintas épocas. Es posible que yo no posea un sentido de la belleza innato, pero nunca he podido considerar bello lo que a los demás se lo parece. Por lo tanto, tampoco es de extrañar que, a diferencia de mi amigo muerto, un paisaje, un objeto o una persona calificados de bellos puedan moverme a la reflexión, pero nunca al entusiasmo. Si miraba con tanta atención las fotografías del abuelo era porque lo que tan impresionante consideraban otros provocaba en mí pensamientos francamente desagradables. Dos líneas que discurren en sentido paralelo deben encontrarse en el infinito. Si no discurren en sentido paralelo, se encontrarán aquí mismo, a un palmo de mis narices. Con la persona a la que más me parezco sólo puedo coincidir en un punto determinado teóricamente, mientras que con el que es distinto a mí puedo encontrarme en cualquier momento. Como si la contemplación de mi cara me obligara a buscar, en lugar de dos principios complementarios, un tercer principio. Y aunque su cara y su figura me resultaban francamente antipáticas, yo reconocía el parecido. Sobre todo, los ojos. Y tenían una mirada que me daba escalofríos.

Hacía por lo menos veinticinco años que no tenía en las manos las fotografías de mi abuelo.

¿Desataría en mí esta introspección, tan elemental angustia, tanto horror y repugnancia que mi voluntad no pudiera actuar según conviniera a mis propios intereses? ¿O era realmente tan parecido a él que precisamente por ello lo encontraba repulsivo? ¿Había reflexionado yo sobre la distancia que separa a los vivos de los muertos y un hipotético encuentro entre unos y otros? ¿Será, pues, este desánimo provocado por la introspección lo que me atormenta y me impide ser sensible a la belleza? No me siento capaz de responder a estas preguntas. O dicho de otro modo, tendría que reflexionar y hablar acerca de detalles de mi vida, lo que no me apetece.