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Uno y otro perfil resultan completamente diferentes. Un perfil expresa el aspecto emocional y el otro el aspecto intelectual del carácter del individuo, y cuanto mayor sea la diferencia entre ellos, menor es la posibilidad de que, vista de frente, la cara ofrezca una imagen armoniosa. Pero, dado que las dos mitades tienen que encajar forzosamente, este imperativo excluye de antemano que puedan ser tanto completamente distintas como completamente idénticas.

Según las leyes de la lógica, de ello se deduce que las caras marcadas por una extrema disparidad entre el aspecto emocional y el intelectual deberían parecemos tan hermosas como las caras que reflejan una relación intelecto-sentimiento perfectamente equilibrada. Y no es así. Puestos a elegir entre dos formas casi perfectas, nunca elegiremos la casi perfectamente desproporcionada, sino la casi perfectamente proporcionada.

Si yo cortara con unas tijeras una fotografía frontal de mi abuelo siguiendo una vertical que pasara por el hoyo de la barbilla y el puente de la nariz, y superpusiera las dos mitades de la cara así obtenidas, ambas coincidirían perfectamente como si de una figura geométrica se tratara. Esta circunstancia excepcional indica que en las personas como él, los dos hemisferios cerebrales son relativamente regulares. De ello cabe deducir que en ellas no predomina el aspecto intelectual ni el emocional, por lo que quien contemple su cara no podrá menos que sentirse atraído por la probabilidad de una armonía perfecta.

Porque si los dos hemisferios cerebrales, en virtud de la perfecta proporción entre razón y sentimiento, pudieran asimilar como impresión neutra de un todo lo que han percibido los sentidos, es decir, si no hubiera diferenciación entre la parte y el todo, si, a causa de las características fisiológicas únicas del cerebro del individuo, no se creara una imagen nueva, única para este individuo, sino que cada individuo pudiera reproducir un todo perfecto, comprensible para todos, no cabría diferenciar entre lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, porque tampoco habría diferencia alguna entre razón y sentimiento. Ello sería esa simetría definitiva que todos perseguimos y que el moralista llama el bien absoluto y el esteta la belleza absoluta.

He considerado necesario decir esto para demostrar la insalvable distancia que separa de mi propia manera de pensar, por un lado, el pensamiento ético que, aun sin estar en posesión de la simetría absoluta, se siente seguro y, por el otro, el pensamiento estético, que por falta de simetría está condenado al fracaso. En mi juventud, a causa de mi físico considerado atractivo, se me tenía por un individuo privilegiado y así se me trataba. Las ventajas que me reportaban la admiración y el sentimentalismo compensaban los inconvenientes de mi procedencia social. Sin embargo, quizá por ello, yo me considero un término medio. No he sido ni un creyente como los hombres de ética ni un descreído como los hombres de estética, ya que nunca ambicioné lo imposible y me conformé con aprovechar mis cualidades. Mis ocultos sufrimientos, no obstante, me permiten sintonizar tanto con la seguridad fervorosa de los apóstoles de la ética como con la inseguridad escéptica de los que se rigen por la estética, con sus penas y sus alegrías, pero mi pensamiento no se orienta ni a colaborar en la realización de posibilidades ocultas, ni a abandonarse a sentimientos metafísicos, mi pensamiento se centra en hechos y en cosas que pueda tocar con mis propias manos.

Mi actividad nada tiene que ver con una sistemática filosofía de la vida. Yo me rijo por la convicción de que cada partida del Debe tiene su contrapartida en el Haber. A pesar de mi marcada inclinación a teorizar, procuro organizar mi vida racionalmente. Me embolso las ganancias y sufrago las pérdidas. Sin olvidar que el equilibrio así conseguido es sólo momentáneo.

Puesto que antes he dicho que, de niño, el estudio de estas fotografías, plasmación de una perfecta simetría que me producía no poca aversión, era uno de mis pasatiempos favoritos, creo que se impone una explicación.

Como se desprende del relato de mi amigo, yo no era un niño quieto y reservado. También de adulto he sido siempre una persona activa. Yo considero esta inclinación mía a la hiperactividad un rasgo negativo de mi carácter, a pesar de que no pocos me envidian esta energía, aparentemente inagotable. Porque no es el deseo de triunfar ni de alcanzar el éxito lo que me impulsa a la acción, sino la miopía con que mi entorno se resigna a las derrotas constantes. Y puesto que en la vida son más frecuentes la derrotas que las victorias, no se me ofrecen muchas posibilidades de retirarme a una plácida contemplación. Aunque detesto la grandilocuencia, diré que no es pequeña nuestra parte de culpa en los fracasos y derrotas de la historia de nuestra nación, porque, frente a una tarea que supera nuestras fuerzas o una situación aparentemente desesperada, ni siquiera nos planteamos qué posibilidades tendríamos de aplicar las fuerzas disponibles, sino que, con la actitud defensiva y cauta del pusilánime, rehuimos el problema, lo aplazamos, hacemos como si no existiera y enumeramos con vehemencia las razones que supuestamente impiden remediar la situación de una manera racional. A mí me subleva tanto el cerrilismo disfrazado de perspicacia como el fatalismo inmovilista. Una táctica de dilación y contemporización sólo me parecería justificada en una situación que tuviera perspectivas de solución, pero la pregunta de por qué no se puede ni debe actuar a falta de tales perspectivas puedo responderla yo lo mismo que todos mis compatriotas. Si en el primer caso me parece superfluo contemporizar, en el segundo creo que parlotear es perder el tiempo. Pero tampoco la irritación y la cólera suelen ser buenas consejeras. En mi febril deseo de actuar, también yo acumulo error sobre error y ando a trompicones Je fracaso en fracaso. Y voy diciéndome con no poca autocomplacencia que hasta un gallo ciego acaba por encontrar el grano de maíz, a fuerza de picotear.

Cuando, después de dos decisiones equivocadas, después de dos fracasos, la situación da un pequeño vuelco, la sorpresa me predispone a la retirada. En tales momentos trato de averiguar si mi éxito se debe a una decisión acertada o a una afortunada casualidad. Pienso, recapacito, ando a vueltas con mis propias dudas y las de mi entorno, me siento triste y abatido, ansío la soledad, busco algo que leer y me dejo atraer por los rincones tranquilos, cómodos y suavemente iluminados.

De niño, en las pausas de esta lucha por la libertad o guerra fría, estudiaba mapas estratégicos, miraba fotografías y hojeaba diccionarios; de adolescente, en aquellos momentos en que el éxito me producía inseguridad, mis aventuras banales adquirían proporciones de historias de amor intensas y durante semanas desaparecía en algún cálido nido con la chica más insospechada; después, ya casado, estas digamos fases de éxito me provocaron una sosegada pero persistente afición a la bebida.

Mi aversión a escurrir el bulto y gastar pólvora en salvas, mi inclinación a actuar irreflexivamente y mi incapacidad para encajar el éxito se deben, sin duda, sobre todo a un carácter en el que el pensamiento y el sentimiento se equilibran hasta neutralizarse mutuamente en la indiferencia; ahora bien, después de correr mundo y vivir largas temporadas en el extranjero, tengo la impresión de que, en otro país, hubiera podido ser distinto, por lo que me parecen muy problemáticos los intentos de descubrir el carácter de una nación fuera de los rasgos personales del individuo. Todos estamos condicionados por nuestro sexo, ascendencia, religión y educación, y el que ya de niño Pretenda determinar su lugar en la comunidad se buscará referentes de carácter bien marcado, pero no existe un carácter tan excepcional que no sea una variante del carácter nacional, por lo que en realidad siempre estará eligiendo un derivado.

Yo elegí la variante hedonista y arribista del hombre activo encardada por mi abuelo y la variante ascética y heroica representada por mi padre. A pesar de que eran tan distintos entre sí como el día y la noche. Lo único que tenían en común es que los dos encontraron la muerte en guerras perdidas y catastróficas para su nación. Mi abuelo, a los treinta y siete años, y mi padre, a los treinta y cuatro. Su muerte prematura los unió, y esta única circunstancia común me hizo pensar que, si bien la muerte es la suprema ley natural, no significa la destrucción de la vida. Mi madre creció huérfana de padre y me educó siendo viuda. Sin duda es buena la victoria, pero también se puede vivir con la desesperación de la derrota. Mi variante se ha desarrollado de acuerdo con esta tradición. Y del mismo modo también mi hija y mi hijo elegirán su propia variante.