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Tengo treinta y siete años. Los mismos que tenía mi abuelo cuando perdió la vida en una de las batallas más sangrientas de la primera guerra mundial. Perder la vida para que la vida no se pierda. Tendré que reflexionar sobre esta paradoja. Hace ya más de tres años que murió mi amigo. Es de noche. Pienso en unos y otros tiempos. Fuera murmura una fina lluvia de primavera. Las gotas que se adhieren al gran cristal de la ventana y resbalan arrastradas por su propio peso relucen a la luz suave de la lámpara de mi escritorio. Y me pregunto cuándo tendré que dejar que mis hijos decidan por sí mismos. Y me admiro de que me haya sido concedido tanto tiempo. Aquí estoy, en plena noche, en esta tranquila habitación, abarrotada de libros y un poco desordenada. Hace un momento se ha levantado mi mujer, la habrá despertado un malestar o una pesadilla. La he oído salir del dormitorio con paso inseguro e ir a tientas por el pasillo oscuro hasta la cocina, donde ha bebido un vaso de agua, lo sé por el tintineo del cristal. Ahora, con paso silencioso y ya firme, ha vuelto a la cama, no sin antes asomarse al cuarto de los niños. Cuando ha abierto la puerta del cuarto de nuestros hijos, no la he seguido con el oído sino con el olfato. Me ha parecido percibir el olorcito dulce de los niños. Pero no sólo con la nariz sino con toda mi carne y mi sangre. Y esta sensación debe de ser aún más fuerte en ella que en mí. A mi estudio no se ha asomado. A pesar de que, desde que dedico las noches a este manuscrito, sin que nos hayamos dicho ni una palabra, está otra vez tan preocupada como cuando, en este mismo sitio, me dedicaba a beber a solas. Se preocupa por mí a causa de los niños.

Debíamos de tener diez años cuando mi compañero de clase Prém y yo decidimos ser soldados. Mi amigo muerto lo describe con tanta parcialidad como a mí mismo y sugiere que en nuestra amistad había un secreto componente erótico. Por supuesto, él no mira a Prém con simpatía sino con franca prevención. Yo no estoy tan versado como él en psicología, por lo que no puedo juzgar en qué medida puedan ser acertadas sus suposiciones. De todos modos, no deseo dar la impresión de que también yo soy parcial y pretendo descartar de antemano semejante interpretación de nuestra relación. La relación entre dos seres humanos de un mismo sexo siempre estará determinada por el hecho de que son del mismo sexo. Y, si son de distinto sexo, por ser de distinto sexo. Ésta es mi opinión, aunque es posible que también para esta cuestión carezca de sensibilidad.

Con Prém he mantenido y mantengo una magnífica relación. El no se hizo soldado sino mecánico de coches. Y es un honrado padre de familia, lo mismo que yo, aunque, buscándole tres pies al gato, quizá sus declaraciones de impuestos no sean irreprochables. Hace unos años, precisamente por la misma época en que mi amigo regresó de Heiligendamm y yo renuncié a mi lucrativa carrera en el comercio internacional, Prém abrió taller propio. Mientras nosotros dos íbamos a la quiebra espiritual, él prosperaba en lo material. Cuando algo no anda bien en mi coche, lo reparamos juntos el domingo por la tarde. Prém es el terror de las averías. Cuando estamos agachados en el grasiento foso de su taller o tendidos debajo del coche y, a través de las piezas de una máquina inerte, se establece entre nosotros una comunicación, cuando juramos y nos peleamos o cuando aplaudimos las manipulaciones del otro, es decir, cuando en cierto modo disfrutamos de la mutua compañía, existe en nuestra relación un componente ritual en el que se percibe aquel vínculo infantil y también la necesidad elemental de este vínculo.

Prém y yo habíamos sellado una hermandad de sangre, aunque no recuerdo con motivo de qué. Con el cuchillo de monte de mi padre nos hicimos un pequeño corte en la yema de los dedos, frotamos la sangre en la palma de la mano y lamimos cada uno la del otro. La ceremonia no tuvo nada de solemne, desde luego. Quizá porque no había corrido mucha sangre. Nuestra torpeza nos avergonzaba. A pesar de todo, aquella unión, sellada con sangre, fue estrecha y perdurable. Lo que otros hacían con palabras lo encomendamos nosotros al lenguaje de nuestro cuerpo. Y, a mi modo de ver, el cuerpo dispone de palabras que nada tienen que ver con el erotismo. Nosotros utilizamos nuestros cuerpos como instrumentos físicos para un fin determinado, no para su mutua relación. Por otra parte, nunca se nos ocurrió considerarnos amigos. Aún hoy nos llamamos camaradas, término que, en mi boca, a causa de mis ambiciones intelectuales, tiene un acento un tanto irónico, pero que para él, a causa de nuestro distinto medio social y familiar, encierra una importante matización. Él tiene otros amigos. Cuando de solventar sus pequeñas pero jugosas trapisondas tributarias se trata, sabe que siempre puede contar con mi asesoramiento técnico.

Nosotros sabíamos que, para poder ser soldados, teníamos que burlar al sistema. Ninguno de los dos hubiera podido imaginar carrera más inasequible. Yo era hijo de un capitán de Estado Mayor del ejército húngaro de antes de la guerra y su padre había sido un fascista fanático. Mi padre había caído en el frente ruso. Su padre se había apropiado de bienes confiscados a los judíos, había cumplido una condena de cinco años y, a los seis meses de salir de la cárcel, había vuelto a ella. El absurdo régimen imperante reducía a un común denominador a dos vidas diametralmente opuestas, determinadas por antecedentes totalmente diferentes e ideologías dispares. A los dos se nos consideraba descendientes de criminales de guerra. Si no queríamos que nos tomaran por idiotas o por perturbados, debíamos mantener en secreto nuestra decisión. Ni siquiera entre nosotros hablábamos de ella, puesto que, al fin y al cabo, no queríamos ser soldados del Ejército Popular sino, simplemente, soldados.

Ello exige una explicación.

Hasta mediados de los años cincuenta se manifestaba la esperanza, apoyada en argumentos aparentemente pragmáticos, de que muy en breve los ingleses y los norteamericanos liberarían de las tropas soviéticas a nuestro país. Y la circunstancia de que en mil novecientos cincuenta y cinco los rusos abandonaran Austria mantuvo viva esta esperanza hasta el cuatro de noviembre de mil novecientos cincuenta y seis. La situación de nuestra familia me parecía injusta e indignante, pero con el infalible realismo del niño me daba cuenta de que las personas de mi entorno no creían en lo que con tanto énfasis se aseguraban unas a otras. Cuando mis tíos y tías hablaban de ello, el miedo y el deseo de engañarse a sí mismos les hacía bajar la voz a un tono falso y nervioso. A mí me repelían aquellas voces forzadas. Por lo tanto, reconozco que, a falta de otra posibilidad, me había hecho a la idea de ser soldado del Ejército Popular. Por lo tanto, tenía que realizar mi propósito sin traicionar a mi familia. Y en este plan, éticamente dudoso, era de gran ayuda para mí el ejemplo del abuelo.

Él, quinto hijo de los ocho que tuvo el maestro del pueblo de Nagylóc, no hubiera tenido posibilidad de desarrollar sus grandes dotes intelectuales, ya evidentes en su niñez, fuera del ejército o de la Iglesia. Era un niño turbulento y rebelde, lo que obligaba a descartar la carrera eclesiástica. Pero sus ambiciones militares chocaban con la oposición de mi bisabuelo, acérrimo nacionalista antiaustríaco, que incluso trató de impedir que el abuelo se alistara en el Real Ejército Húngaro Honvéd, en el que las voces de mando se daban en lengua húngara y, desde el Compromiso con Hungría del sesenta y siete, no podía actuar fuera de las fronteras húngaras sin autorización del Parlamento. A pesar de todo, era un ejército conjunto, y su hijo no tenía por qué hacer causa común con los imperiales. Durante una de sus discusiones, mi abuelo amenazó con marcharse de casa y hacerse bailarín si su padre no cedía. Esto le valió dos bofetadas, pero también, al día siguiente, el permiso paterno. Se licenció por la Academia Militar de Sopron con honores.