Nosotros dos nos preparábamos con ahínco para ser buenos soldados en un ejército húngaro, cualquiera que fuese. Para ello nos sometíamos a las más duras pruebas. Con mochilas cargadas de piedras hacíamos largas marchas en lo más tórrido del verano, o nos arrastrábamos por zanjas entre un agua helada, o trepábamos a los árboles para saltar desde las alturas. Reptábamos desnudos entre el espino. No íbamos a casa a cambiarnos de ropa, aunque estuviera empapada o congelada. No teníamos hambre ni sed, ni calor ni frío, no podíamos sentir miedo ni cansancio, repugnancia ni dolor. Éstas eran las reglas. A veces, salíamos de casa en plena noche y teníamos que encontrarnos sin haber fijado previamente el lugar. En estas ocasiones, nuestro instinto funcionaba de un modo asombroso. Dormíamos en graneros o pasábamos las noches en vela. Preferentemente, si nevaba, porque queríamos descubrir cómo burlar a la traidora muerte por congelación. Y al día siguiente, como si nada, volvíamos a la escuela. Competíamos a ver cuál de los dos podía estar más tiempo sin respirar. Hacíamos el mismo experimento debajo del agua. Cuidábamos el uno del otro, pero no con con la atención afectuosa de los enamorados sino movidos únicamente por el interés de la mutua utilidad. Aprendimos a arrastrarnos sin ruido sobre la hojarasca, a imitar las voces de los pájaros y a construir refugios en la nieve, tan sólidos que se podía hacer fuego en su interior. Nos ejercitábamos en levantamiento de peso, escalábamos, corríamos por terreno difícil y cavábamos trincheras. Teníamos días de no comer y días de no beber. Y comíamos y bebíamos las cosas más inverosímiles. Beber agua de los charcos, comer hierba y sorber huevos de pájaro recién robados del nido eran cosa habitual. Una vez le obligué a tragarse una babosa, y él, a mí, una lombriz de tierra ensartada en un pincho y asada, pero también esto eran pruebas de valor, no crueldades. Siempre teníamos heridas y magulladuras y la ropa destrozada, lo que a Prém le valía no pocas palizas. Yo tenía que inventar las más complicadas mentiras, para tranquilizar a mi preocupada madre.
Recuerdo un solo caso en el que no me fue posible encontrar una excusa. Pero ni aquella experiencia, que tan dramática resultaría, consiguió quebrantar mi espíritu. La sitiuación me delataba, pero yo no estaba dispuesto a confesar. Desde entonces, soy un embustero empedernido, un hombre que siempre busca pretextos y disimula, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes. Y, sin proponérmelo, descubro con indulgencia los engaños que practican mis semejantes en su búsqueda de verdades inequívocas. Pero ahora prefiero relatar mi experiencia.
Por mis lecturas sobre estrategia militar, yo sabía que las unidades de un ejército encargadas del transporte y suministro de material son tan importantes para el buen resultado de una operación bélica como el armamento, el equipo y la moral de los combatientes de vanguardia. Es indispensable que cada soldado disponga del arma adecuada, como lo es que esté íntimamente convencido de la necesidad de la guerra, pero no lo es menos que los servicios encargados del aprovisionamiento sigan puntualmente el desarrollo de las operaciones. En este campo debíamos ejercitarnos nosotros.
Pasamos días de verano inolvidables en la estación de Ferencváros y en la estación de maniobras de Rákos. Si los empleados nos echaban de un sitio, nos íbamos a otro. Las vías, tendidas en todas las direcciones, las plataformas giratorias, las agujas y las señales, forman todavía en mi cabeza un esquema claro y ordenado de un sistema vivo. Debo mis conocimientos en buena medida a la circunstancia de que entre los empleados del ferrocarril y el personal encargado del mantenimiento de la vía existían tensiones de carácter social. El día en que conseguíamos colarnos en una brigada de mantenimiento, ya no teníamos que preocuparnos. Bebíamos su vino con agua, comíamos su pan y su tocino y gozábamos de la benevolencia y callada simpatía de aquellos hombres, generalmente maduros y taciturnos, que tenían que vivir lejos de sus familias. Cuando aparecían los encargados o los técnicos, lo más que hacían era rezongar: «Hombre, eso de traer a los chicos al tajo no se hace.» Tal vez sólo los delincuentes profesionales sepan tan bien como nosotros lo fácil que es moverse por una estación de mercancías. Desde la torre, los vigilantes sólo ven hormigas atareadas y presurosas. No pueden controlar el número, el color ni el tamaño de las hormigas, por lo que es fácil escabullirse. Sólo hay que mantenerse alejado de las casetas de los guardagujas, estar atento a las maniobras y procurar no tropezarse con los guardavías.
También viajábamos. De todas las actividades posibles, la más agradable, y también la más arriesgada, era colarse en uno de los vagones preparados para enganche. Entonces había que vigilar tanto a los enganchadores con sus banderitas como a la torre de control. Para no llamar la atención, tienes que acercarte al vagón por el lado opuesto a la torre. Una vez arriba, las órdenes de la torre te indican lo que va a pasar. Cuando cantan el número del vagón y el número de destino, se oye ajetreo en los topes y los cables de enganche, aderezado de palabrotas. Después, silencio. Ahora hay que agarrarse. No se sabe cuándo llegará pero la sacudida es obligada. No muy fuerte. El verdadero placer siempre se hace esperar.
La colisión de dos cuerpos duros da al vagón su primer impulso sobre la vía. Empieza a rodar pesadamente y va tomando velocidad, pero a veces se atasca en una aguja que se ha movido a destiempo. Si se para del todo, hay cabreo. Gritos en la torre y juramentos a ras de suelo, porque ahora habrá que mover todo el tren para sacar el vagón. Es un trabajo pesado, irritante y lento. Pero cuando, por fin, aquello empieza a moverse, no sabes lo que te pasa, de pura felicidad. La aceleración regular, resultante del peso e impulso del cuerpo inerte, frenada sólo por la resistencia de las superficies, te transporta a velocidad de vértigo hacia el instante siguiente.
Nos entusiasmaba el impacto, potente y ensordecedor, seguido de sacudidas que se debilitaban gradualmente. Cuando no podíamos bajarnos del tren ya formado sin ser descubiertos, nos íbamos en él. Generalmente, la partida se demora pero a veces el tren sale inmediatamente. Aquella mañana arrancó enseguida en dirección a Cegléd con nosotros dentro. No hubo ocasión de saltar. A veces, aminoraba la velocidad, pero nunca paraba en campo abierto. No estábamos nerviosos, no era la primera vez que nos encontrábamos en una situación parecida, aunque algo más impacientes de lo debido sí fuimos aquel día. El tren reducía velocidad y Prém dio la señal de alerta. Saltamos, yo primero y él después de mí. Al caer, se me quedó una pierna clavada hasta la rodilla en un montón de grava, mientras él rodaba suavemente por el talud. El salto me llevó a mí más lejos. Aún tengo presente aquel momento. Su cuerpo que rodaba al sol y el crujido de mi pierna aprisionada. Que no hubiera tenido que oír, con el ruido del tren, pero lo oí. La visión de las piedras que se acercaban. Y mi cara que se hundía en ellas. Ahora nos atraparían. Nuestro secreto sería descubierto. Atontado por el dolor, yo no pensaba sino en que mi torpeza era imperdonable. Prém me desenterró y quería cargarme a su espalda. Gimiendo, le supliqué que no me tocara. Después resultó que en el brazo izquierdo y en dos costillas sólo había fisuras, a pesar de que me dolían más que la pierna derecha, en la que tenía una fractura abierta. La cabeza y la cara estaban cubiertas de sangre. Y, en todo lo que alcanzaba la mirada, nada. Ni un ser viviente, ni un vehículo, ni una casa. Nada más que llanura reseca. Y un cielo sin nubes. Prém fue en busca de ayuda. Mi único consuelo era saber que podía confiar en él.