Cuando me entraban a la sala de operaciones, entre una docena de batas blancas que se movían alrededor, me despedí de él. Aún pude oír cómo uno de los enfermeros le decía: «Tú, chico, te quedas aquí, a esperar a la policía.»
Cuando volví en mí, sólo un ojo asomaba del grueso vendaje que me cubría la cabeza. Estaba escayolado y vendado. Al lado de la cama había una enfermera. Su cara me hizo el efecto de un corazón blanco, enorme y palpitante. Hacía un arrullo con la garganta, como si quisiera cantarme, me daba agua, me acariciaba, me refrescaba con paños húmedos, me abanicaba, me alisaba la almohada, atenta a mis necesidades. Yo debía de estar muy compungido, porque ella, con una voz melodiosa, me aseguró que no debía preocuparme, que pronto me curaría y quedaría como nuevo. Pero que tenía que estarme quieto, que la avisara si sentía ganas de vomitar o de orinar, que ella se quedaría a mi lado hasta que llegara mi madre. Que no me preocupara por nada.
Hasta aquel momento no había pensado en mi madre. Pero, al oír esta palabra, me sentí muy lejos de todo, me pareció que flotaba en el aire, como en el momento en que me pusieron la mascarilla del éter en la sala de operaciones. Estaba cansado. La oscuridad me envolvió.
De pronto, debatiéndome como si tratara desesperadamente de emerger de un sueño horrible, desperté con la angustiosa sensación de que mi cuerpo se enfriaba en la agonía. Envuelto en una sábana mojada, oí la voz de la mujer que decía que no debía preocuparme, que no pasaba nada, sólo que me había subido la fiebre, pero que ella me la haría bajar. Pero de nada servían las sábanas mojadas, porque debajo de la escayola y los vendajes la fiebre persistía. Al fin cedió y aún recuerdo que cuando la enfermera, muy satisfecha, me tapaba con una sábana seca, yo sentí no poder seguir mostrándole mi cuerpo desnudo.
A juzgar por la luz y los ruidos de la sala, debía de ser prirt hora de la tarde. Afortunadamente, mi madre todavía no había llegado. Después tuve otro acceso de fiebre y cuando conseguimos vence lo ya empezaba a anochecer. La enfermera dijo que ahora tenía que marcharse, que terminaba su turno y me dejaría en manos de una compañera. No sé por qué estaba tan conmovida, ya que no podía haber visto mucho de mi cara. Quizá era por algún gesto que yo había hecho. O quizá, a través de las vendas, percibiera que nunca me había confiado tan plenamente a nadie. Porque al poco rato regresó Cuando la vi en la puerta le dije que había hecho bien en volver. Me preguntó si había ocurrido algo. No, respondí, nada. Tenía la sensación de que había recuperado las fuerzas y veía claramente con mi único ojo. Entonces, por qué. Porque la necesito, dije. Nuestras manos se buscaron a la vez, y ella enrojeció. Yo tenía entonces doce años y ella unos diez más.
El comportamiento de las personas que nos rodean nunca nos sorprende. A determinadas situaciones responden unas mismas pautas de comportamiento. Todos repetimos los mismos gestos hasta el fin de nuestros días, y ello da seguridad a nuestro entorno. De acuerdo con esta experiencia me preparaba yo para la visita de mi madre.
En la sala había otras momias blancas como yo, inmovilizadas en la cama. Todas gemían, suspiraban, roncaban, jadeaban y olían mal. Yo, de algún modo, quería disociarme de ellas. Encima de la puerta brillaba una luz azulada. Me hice incorporar en la cama con gruesos almohadones en la espalda, pedí a la enfermera que encendiera la lámpara de lectura, que se llevara el orinal y que me trajera un periódico. Yo la veía entrar y salir. A causa del dolor, no pude permanecer leyendo con un solo ojo hasta que llegó mi madre. Me quedé dormido. Al abrir los ojos, descubrí con asombro que la figura que estaba en la puerta no era mi madre, sino una verdadera furia con la cara y la ropa de mi madre. Yo no estaba preparado para aquel ataque. Entró con el brazo en alto y me dio con el bolso en la cara, me agarró por los hombros y, de no haberse arrojado sobre ella la enfermera, me hubiera golpeado, a pesar de mi estado. Ella que, hasta entonces, nunca me había puesto la mano encima. Ahora, las dos mujeres peleaban por mí. Mientras la furia me gritaba roncamente qué has hecho, en qué lío te has metido ahora, qué atrocidad, mi ángel de la guarda, con voz chirriante y nasal le decía: «pero qué hace, no lo toque, está loca, ¡socorro!». La sala se iluminó de pronto como si fuera de día, en cuestión de segundos, todos se despertaron y se pusieron a gritar, pero el alboroto acabó enseguida. La furia se había esfumado, al lado de mi cama sollozaba mi madre. Entonces la enfermera la soltó. Me palpó la escayola y todos los miembros, los vendados y los sanos, y fue colocando en sus camas a los demás, reía, un poco azorada, tranquilizó a todos, apagó la luz y se fue, sonriéndome desde la puerta.
En una situación como ésta, lo natural es que el niño explique a los padres lo que ha hecho y por qué lo ha hecho. Confiesa sus pecados, descubre por lo menos una tercera parte de sus secretos y, a cambio de su sumisión, obtiene el perdón. Pero yo ni pensé en confesar. Estaba seguro de que tampoco Prém diría a la policía más que lo indispensable. Quizá no pensé en confesar porque tenía otras cosas en qué pensar: por primera vez en mi vida, me encontraba entre dos mujeres. Aquella borrascosa escena me había revelado que mi madre no era sólo mi madre, sino también una mujer. Hasta aquel momento ni se me había pasado por la imaginación. Una de las dos mujeres se había arrojado sobre mi cama llorando y la otra me había arreglado la cama sonriéndose. Como si le produjera una malsana alegría el saberme en manos de una furia semejante.
Mi madre repitió entonces sus preguntas llorando y con ello planteó la cuestión crucial de mi vida. Era el momento en el que yo tenía que decidir sobre mi independencia. Con la mano sana y el brazo escayolado, volví hacia mí su cara llorosa. Estaba furioso con ella, quería apartarla de aquel terreno peligroso, pero sin hacerle mucho daño.
Le dije que también hubiera podido venir antes.
Es que acababa de llegar a casa. Y había encontrado a un policía esperándola. Un policía.
Y yo llevaba todo el día aquí, sin probar bocado.
Ella me miró con ojos húmedos.
Me apetecía compota de guindas.
Compota, repitió con asombro, y de dónde quería que ella sacara la compota de guindas.
Pero sus ojos ya habían recobrado aquella mirada familiar, solícita y un poco temerosa, de viuda. Yo la había dominado, como me correspondía. Y había vuelto a convertirla en mi madre.
Hoy sé que yo fui quien mató en ella a la mujer.
Me parece que huelga decir que esta vida, nuestra vida, era completamente distinta de la de mi amigo muerto. Sí, hubo también en esta historia un breve período de tiempo que marcó profundamente mi actitud, en el que, al igual que a él y a su amiga Maja, también a nosotros nos acometió la fiebre del contraespionaje. Lo llamábamos labor de reconocimiento. Había que introducirse en territorio enemigo y retirarse sin ser descubierto. Siempre elegíamos casas habitadas por personas desconocidas. Nos parecía más decente, ya que a los conocidos no hubiéramos podido mirarles a la cara. Explorábamos jardines, registrábamos habitaciones, atisbábamos por la ventana que habían dejado abierta por descuido, el postigo que forzábamos, la puerta que sólo había que empujar, y seleccionábamos el objeto que había que llevarse. Uno vigilaba y el otro trabajaba.
Nunca nos quedamos con nada. Los objetos que nos llevábamos como prueba eran devueltos. Solíamos dejarlos delante de la puerta, en el alféizar de una ventana o, en el peor de los casos, los arrojábamos por encima de la cerca. Por nuestras manos pasaban carpetas, relojes, pisapapeles, plumas, cajas de pastillas, sellos, pitilleras y las más diversas chucherías. Recuerdo vivamente una caja de música de laca china y una figurita de miembros articulados francamente pornográfíca. Ninguno de los secretos de mi vida amorosa, que guardo celosamente, la aventaja en obscenidad. Violábamos la vida de desconocidos indefensos. Viviendas desnudas, mudas y confiadas.