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No tengo ideales definidos, me limito a pensar y recordar. Me exijo no ceder a los prejuicios y ser imparcial. Yo no recuerdo a Prém tal como lo pinta mi amigo, pero guardo de él una imagen mucho mas vívida.

Una imagen inocente, me parece. No sé cuántas veces se me ha representado. Ocasionalmente. Y no me produce un efecto más fuerte que un alfilerazo. Luce el sol. La hierba está muy verde. Prém, agachado a aquella luz cegadora. El pene le cuelga entre los muslos cerrados. Del culo le sale la mierda en una salchicha gruesa, larga y dura. Veo otras imágenes parecidas, pero no son tan claras como ésta.

Las ganas de hacer nuestras necesidades nos sorprendían a veces en plena labor de reconocimiento. No nos violentaba la presencia del Otro. Unas veces era yo, otras era él, y otras, los dos al mismo tiempo. En las situaciones más inverosímiles. A veces no nos daba tiempo ni de limpiarnos, porque tanto si temíamos ser sorprendidos como si no, siempre debíamos escapar de una vergüenza mucho mayor. Creo que la transgresión más grave quitaba importancia a la otra.

Nuestro forzoso impudor se había creado su propia escala de importancia. Lo que para otros era una imagen atrevida que estimulaba la sensualiad y satisfacía la curiosidad, para nosotros era algo secundario. Por lo tanto, si alguna vez pedí a Prém que se desnudara y enseñara su órgano sexual no fue porque me acometiera una irresistible curiosidad por contemplar su atributo masculino, sino al contrario, porque sabía que los otros chicos sentían esta viva curiosidad, que nuestro impudor ya había extinguido en mí. Yo quería librarme de esta sensación o recuperar mi sentimiento de unidad con los demás. Que lo consiguiera o no es otra cuestión. Quizá por eso no me gusta que me besen.

A mí me educaron el intestino con todo rigor. Se me enseñó que ciertas funciones básicas de mi vida, como las necesidades fisiológicas, debía hacerlas siempre solo. Nadie podía transgredir esta estricta pohibición sin ser castigado. En comparación, las reglas que rigen la conducta sexual resultan benévolas. El que yo quebrantara esta prohibición da idea de lo profundo y firme que debía de ser mi compromiso. La quebrantábamos los dos. En estado de guerra. Durante la guerra, estaba permitido. No debíamos tener remordimientos, ya que no era nuestra intención faltar a las reglas de la decencia, como tampoco las naciones se hacen la guerra para destruir los templos de su moralidad. Vivíamos en una paz aparente y, simplemente, queríamos estar preparados para, un buen día, disponer de la experiencia, el arrojo y la decisión necesarios para la gran labor de reconocimiento. La prueba más convincente de esta decisión sería el hecho en sí. Es decir, una incursión en la zona prohibida vigilada por perros policía, barreras, alambradas y guardias armados. Callada e impunemente, sin esfuerzo, como los grandes espías. Nosotros no buscábamos espías como hacían mi amigo y Maja Prihoda, nosotros queríamos ser espías. Queríamos penetrar en aquel territorio enemigo cuya sola existencia e impenetrable carácter cuestionaba el sentido de nuestra propia existencia. Pero, para esta operación de guerra fría, no teníamos, no podíamos tener, valor suficiente. Como tampoco lo tuvieron los otros dos para denunciar a sus sospechosos padres. Nosotros hubiéramos tenido que romper los siete sellos del secreto. Hacer aquello que no había sido capaz de hacer todo un país, amodorrado en una paz estéril. Y ésta era nuestra gran vergüenza común.

Pero yo no me resignaba a abandonar.

Era otoño cuando escribí esta frase. Hay frases que tengo que escribirlas sólo para después poder tacharlas. Porque, en realidad, no son frases de mi gusto. A pesar de todo, ésta no puedo borrarla de mi memoria. Ahora es primavera. Pasan los meses. Pero no puedo pensar en otra cosa. Me pregunto por qué no podía abandonar. Si lo supiera, no necesitaría escribirlo, o podría tacharlo. En realidad, pienso mucho en por qué no puedo abandonar. Por qué aceptaría los compromisos más vergonzosos, con tal de no tener que abandonar. No sé, quizá fuera más digno doblegarse ante los hechos que debatirse en la cochambre de la obstinación. Por qué temeré tanto a esta cochambre si no es sólo mía, y por qué sentiré escrúpulos de asomarme a un espejo que sólo muestra mi imagen.

Me parece recordar que entramos en unas diez o doce casas. Son muchas. Pero huelga decir que era inútil que nos impusiéramos las tareas más inverosímiles, que en vano incurríamos en los delitos más estúpidos, ya que los dos sabíamos que perseguíamos algo diferente. Tampoco de ello necesitábamos hablar. Frustrados e impotentes, dábamos vueltas a la zona prohibida. Nos hicimos amigos de los guardias, les hacíamos pequeños servicios que ellos nos pagaban con cartuchos vacíos. Pensábamos en la manera de neutralizar a los perros. Se lo preguntamos a los guardias. Nos dijeron que era imposible. Pero ni todos nuestros ardides podían situarnos a la altura de la tarea, aunque esperábamos que nuestro valor y fuerza, ingenio y arrojo fueran tan grandes como la violencia que representaba este territorio prohibido y cerrado.

Aún recuerdo con claridad nuestra última operación. Yo estaba tratando de meterme por la estrecha ventana de una despensa cuando un estante de frascos de conservas cedió bajo mi peso. Fue en una casa rodeada de una alta tapia de ladrillo de la vía Diana. Apenas tuve presencia de ánimo para evitar caer entre los frascos que se venían abajo con estrépito. Agarrado al alféizar, miré lo que había debajo de mí. Nunca olvidaré el caótico espectáculo. Pepinillos mezclados con la mermelada, las distintas frutas y los pimientos que rebotaban en el suelo de mosaico. Y los frascos que seguían cayendo y estrellándose en aquella sustancia espesa.

Mi vida no ha sido pródiga en puntos cruciales. Aquel lejano instante podría ser uno de ellos. Comprendí que para conseguir mi propósito debía buscar otros métodos. Nunca más algo semejante.

Siempre fui buen estudiante. Tenía la aplicación, la capacidad de concentración y la perseverancia del alumno modelo. Mi versatilidad y mi aspecto agradable, por otra parte, impedían que los demás chicos me tomaran antipatía. Yo soy de los pocos que han aprendido ruso en el colegio.

Mi madre y yo visitábamos, uno a uno, a todos los compañeros de mi padre, oficiales y soldados, que volvían de los campos de prisioneros. Mientras les oía contar sus historias, decidí tomarme en serio el estudio de la lengua rusa y esforzarme por dominarla. Porque compartía la obsesión de mi madre. Ella parecía creer que, si sabía cómo había muerto mi padre, lo recuperaría. Un sentimiento parecido tenía yo. Estaba decidido a que lo primero que haría cuando fuera soldado sería ir a averiguar sobre el terreno las circunstancias de su muerte. Ta lengua alemana tuve que estudiarla dos veces. La primera vez aprendí un alemán que hoy ya no habla nadie. Entre los libros del abuelo que llegaron a nuestras manos encontré una obra en dos tomos encuadernados en piel que llevaban grabado en el lomo en letras doradas un título simple y misterioso a la vez: De la guerra. Las anotaciones que el abuelo había hecho en el margen, con una letra minúscula, de trazo fino y perfectamente legible, estaban en húngaro, pero el libro estaba en alemán y en caracteres góticos. Yo tenía que descifrar esta obra, porque me permitiría saberlo todo sobre la guerra.

En diciembre de mil novecientos cincuenta y cuatro, si mal no recuerdo, el último día de clase antes de las vacaciones de invierno, se presentó en el colegio un comité de inspección compuesto por una serie de hombres de aspecto sombrío. Llegaron en grandes coches oficiales negros. Todos llevaban sombrero negro. Desde la ventana, vimos desaparecer los sombreros por la puerta. Se interrumpieron las clases. Permanecíamos sentados en silencio. A intervalos, se oían pasos en el corredor, siempre, de varias personas, luego, otra vez silencio. Alguien era acompañado a algún sitio. Pasaban las horas. No sonó la señal del recreo. Silencio, siseaba Klement, el más odiado de nuestros maestros, si en los bancos se oía algún leve rumor cuando alguien cambiaba de postura. Se abría la puerta. El bedel llamaba a uno de nosotros al corredor sólo susurrando el nombre. Pasos. Espera, a ver cómo viene. Al cabo de un rato, entra el chico, muy pálido, que vuelve a su sitio, acompañado de nuestras miradas. Se cierra la puerta. Unas orejas coloradas y unos labios temblorosos indican que algo ha sucedido. Pero como llamaban a quien menos te esperabas, lio sabías qué pensar.