Al final yo tenía la sensación de que estaban cercándonos.
Klement tenía un gran cabezón calvo, ojos minúsculos de un azul desvaído y vientre de tonel. Debía de pesar unos ciento cincuenta kilos. Llevaba siempre una maletita de cartón. Chupaba caramelos haciendo chasquear la lengua en el silencio de la clase. Jadeaba, siseaba, no podía estar quieto. Se subía los calcetines que se escurrían por sus piernas hinchadas. Abría el deteriorado maletín, contemplaba el manojo de llaves, cerraba el maletín. Tenía el gesto pensativo. Se rascó la nariz, se quedó mirando algo que se le había adherido a una uña y se lo limpió en el pantalón. Hacía crujir los dedos y se tiraba de los anillos incrustados en la capa de grasa. Con las manos juntas sobre el vientre, giró los pulgares de manera que se rozaran ligeramente entre sí. Después levantó el trasero, sacó un pañuelo del bolsillo, carraspeó y escupió en él una flema de buen tamaño. Y, como el que guarda una preciada reliquia, dobló el pañuelo cuidadosamente. Normalmente, él no se inmutaba por estas pejigueras oficiales, al contrario, las sobrellevaba con voluptuosa autocomplacencia, por lo que de su nervio sismo había que deducir que en esta ocasión la amenaza era mucho mayor.
Mis pensamientos giraban como en unas devanaderas. A todas las preguntas que pudieran hacerme respondería con un No rotundo. Es taba decidido a negarlo todo valerosamente, sin pestañear. Lo negaría todo, incluso cosas cuya negación pudiera incriminarme a sus ojos Negaría conocer a Prém. Negaría que hubiéramos envenenado a los perros, a los que no habíamos envenenado. A él aún no lo habían llamado, ni tampoco a mí. Sólo podía mantenerse durante tanto tiempo aquel silencio mortal porque no era la primera vez. Nadie se atrevía a salir. Hacía unos dos años habían descubierto, en el váter de los chicos del segundo piso, unos versos compuestos a la manera de uno de nuestros clásicos: «No preguntéis quién lo ha dicho, sea Lenin, sea Stalin da lo mismo. Y aunque estés con la mierda hasta el hocico, mantente fiel al partido. El propio Rákosi lo suscribiría. Haz de él la estrella que te guía.» La rima es pobre, pero no era la métrica lo que les ofendía, desde luego. Y siempre encontraban algo. Cómo iba uno a sentir ganas de hacer sus necesidades en tales circunstancias. No había podido olvidar aquellos dos días de dos años atrás durante los que nos investigaron, interrogaron y obligaron a desfilar por el patio, nos tomaron pruebas de escritura, las fotografiaron y nos registraron las carteras, los bolsillos y los plumieres.
Yo no podía dominar el miedo. De vez en cuando, con precaución, nos mirábamos. Tampoco Prém parecía tener ganas de reír. Sería en vano que yo lo negara todo categóricamente. Tenía la sensación de ser transparente. Como si mis pensamientos estuvieran a la vista de todos. Como si no pudiera esconderme, ni de mí mismo. Aunque no quiero aburrir con el análisis detallado de mi estado de entonces, sí me gustaría describir las provechosas experiencias que coseché.
Cuando una persona tiene miedo de sus propios pensamientos porque ha de protegerse de los pensamientos de los demás, trata de sustituir sus pensamientos, que considera peligrosos, por los pensamientos de los otros. Pero nadie puede pensar con el cerebro de otro porque los pensamientos que así se obtienen no son más que suposiciones de su propio cerebro acerca de lo que otros puedan pensar sobre determinadas cosas. Por ello, no sólo debe eliminar de sus pensamientos todo indicio que delate que no piensa él sino que se limita a suponer lo que piensan otros, sino también desterrar también la inseguridad que produce el que todo el proceso de sustitución se basa en realidad en una presunción. Ahora bien, cuando una persona tiene que imponer a su impresionable masa cerebral esta manera de operar aprenderá mucho sobre la mecánica del pensamiento, pero corre el grave peligro de perder la facultad de distinguir entre sus convicciones y sus presunciones.
Transcurrió por lo menos hora y media. Cuando oí decir mi nombre, me sentí desprevenido. A pesar de todo, me alegré de poder levantarme e ir por fin a algún sitio. Klement acababa de meterse en la boca otro terrón de azúcar. El bedel estaba en la puerta. Y entonces se le ocurrió a Klement comentar con un sonoro chupeteo: «De todos modos, a ti, Sómi Tót, hay que darte por descontado.» Esta frase me hundió. Desde luego, daba a entender que yo no podía haber tenido nada que ver con el grave delito del que él debía de estar al corriente, aunque el tono compasivo de su voz tampoco auguraba el indulto, a pesar de la alentadora benevolencia que pretendía expresar hacia el primero de la clase. Lo cierto es que demolió todo el sistema de suposiciones que yo había construido durante la última hora y media. Sentí lo mismo que cuando la enfermera, tratando de animarme, mencionó a mi madre en el hospital. Entre las ruinas de mis suposiciones y mi sistema defensivo no encontraba nuevas suposiciones a las que aferrarme. Además, tampoco quedaba tiempo para reflexiones, después de esta curiosa observación. Habida cuenta de las circunstancias, mis pies me llevaban con una seguridad asombrosa. Como una bestia fugitiva, por la única rendija, hacia la trampa.
Cruzamos la sala de profesores y, cuando el empleado de la oficina me abrió la ancha puerta del despacho del director, mi pánico había llegado a su punto culminante. La pesada hoja de la afilada guillotina ya me había seccionado el cuello. Estaba muerto. Pero aún tenía los ojos abiertos y, desde el fondo del cesto del serrín, vi que lo que me aguardaba al otro lado no era horroroso sino todo lo contrario, tranquilo, amable y risueño. Un almuerzo campestre. Un opíparo yantar con aroma de cigarro puro.
Nada más entrar, empezaron a hablarme en ruso.
La puerta de la sala de profesores se cerró a mi espalda, pero la que comunicaba el despacho con la vivienda del director y las interiores, todas ellas enormes, de madera oscura artísticamente labrada, estaban de par en par. Por el vano se veían lujosas habitaciones con pesados muebles y gruesas alfombras. Hasta mucho después no descubrí los cuadros de Hans Makart, pintor de la corte de Viena, que muestran unos interiores fastuosos, en cálidos tonos marrones y rojos, con profusión de cortinajes, esculturas y plantas, que siempre me recordarían aquel momento irreal. Por Livia, la hija del bedel, sabíamos que el antiguo director, que había sido cesado y deportado, había tenido que dejar todas sus pertenencias. En la habitación del fondo jugaban en la alfombra las dos hijas pequeñas del director. Las habitaciones eran claras y estaban inundadas del sol de la mañana que se reflejaba en la nieve. Vi pasar al trasluz la figura esbelta de la esposa del director. Se oía una radio, música clásica, suave.
El joven que estaba sentado en el gran escritorio tallado, a la sombra del robusto filodendro y de la palmera, me preguntó en ruso cómo estaba. Por su aspecto y su acento comprendí que me hablaba en su lengua materna. Los otros hombres estaban repartidos, en actitud indolente, por sillas y sillones desplazados de su sitio habitual. El director era el único que parecía encontrarse allí de prestado, apoyado en la estufa de cerámica, con una sonrisa forzada. El despacho estaba lleno de humo, los visitantes tenían copas de vino en la mano comían emparedados, removían el café en las tazas y fumaban. Nada de aquello hubiera indicado una visita oficial, de no ser porque en la mesa, en la librería y hasta en el suelo, al lado de las sillas, había papeles de aspecto extraño y alarmante.