Por toda respuesta, se me escapó una expresión rusa que había descubierto en un cuento de Tolstoi. No dije: estoy bien, gracias, sino: muchas gracias, estoy espléndidamente. Algunos se echaron a reír.
Veo que no te muerdes la lengua, dijo el que me había preguntado. Acércate, queremos hablar contigo.
Delante del escritorio me aguardaba una silla tapizada. Cuando me senté en ella, los demás hombres quedaron a mi espalda.
Yo no sabía qué ocurriría. No podía adivinar en qué iba a consistir el examen. Pero a medida que el hombre preguntaba y yo, en mi ignorancia, le respondía sin dificultad, sentí que iba por buen camino. El camino era bueno, pero yo no sabía adonde me llevaría. De pronto, se hizo el silencio, un silencio tenso. Su satisfacción había generado la tensión.
Cuando estuve sentado, el ruso amistoso me preguntó si nevaba hoy.
Yo respondí que hoy no nevaba, que hacía sol, pero que ayer había nevado mucho.
Luego se interesó por mis notas y, después de recibir mi respuesta, con una benévola inclinación de cabeza, me preguntó qué quería ser.
Soldado, respondí sin pensarlo.
Magnífico, exclamó el ruso, apartó la silla, salió de detrás del escritorio y se paró delante de mí. Es nuestro hombre, dijo a los demás, luego me tomó la cara entre las manos y me dijo que riera. Quería ver si podía reír.
Yo lo intenté. Pero seguramente no me salió muy bien la risa, porque él me soltó y entonces me preguntó si alguien de mi familia hablaba ruso y me lo había enseñado.
Yo respondí que mi padre hablaba ruso, pero entonces me atasqué, ya que esto, con ser poco, era más de lo que me convenía decir.
¿Tu padre? Me miraba interrogativamente.
Sí, respondí, pero no lo he conocido. El ruso lo he aprendido en los libros.
Él creyó haber entendido mal, no lo has conocido, preguntó con extrañeza.
Toda mi decisión, mi afán de disimulo y mis esperanzas se esfumaron. Yo seguía tratando de sonreír. Murió, dije, y por lo menos conseguí no echarme a llorar.
Entonces algo se movió a mi espalda, alguien hojeaba un cuaderno o un libro, sonaron unos pasos que se acercaban, pero yo no me atreví a volver la cabeza, aunque también el ruso estaba atento a lo que allí ocurría.
El director, con el libro de la clase abierto en la mano, se paró a nuestro lado y señaló con el dedo algo que ya debía de haber mostrado al otro. Delante del apellido, en pequeños recuadros negros, se indicaba en letras rojas nuestra ascendencia,
El ruso lanzó una rápida mirada a las anotaciones, volvió a sentarse detrás del escritorio y se tapó la cara con las manos con la desesperación de un enamorado defraudado. Y preguntó qué podía hacer ahora conmigo.
Yo no contesté.
Alzando la voz, en tono casi áspero, repitió la pregunta en húngaro.
No lo sé, respondí en voz baja.
Y crees que eres digno de hablar la lengua rusa, preguntó, ahora en su lengua materna.
Esto me dio la impresión de que no todo estaba perdido, y traté de recuperar su benevolencia.
Ahogadamente, murmuré un Sí en ruso.
Dijo que podía marcharme.
Apenas media hora después de que se fueran, circuló la noticia de que los que habían superado la prueba irían a Sotschi durante las vacaciones de invierno. Nunca había empezado yo unas vacaciones con ánimo tan decaído. Me costó mucho esfuerzo pronunciar aquel Sí y, no obstante, creo recordar que sonó muy decidido y marcial. Me hubiera gustado poder oírme con sus oídos y es que, de haber estado seguro de mi éxito, hubiera podido olvidar mi traición. En realidad, tampoco deseaba que me llevaran de vacaciones de invierno y, a medida que transcurrían los días, disminuían las probabilidades. Ahora rehuía a Prém. Ya no quería jugar con él.
El último día del año por la mañana fuimos convocados a la escuela. El padre de Livia nos acompañó a la sala de profesores. Éramos Seis, tres niñas mortalmente pálidas y tres chicos aplicados. No nos atrevíamos a decirnos ni palabra. El director nos recibió en compañía de un desconocido y nos hizo un discursito. Trataba de imprimir en su voz el tono solemne que exigía la ocasión. Se había otorgado a nuestra escuela una señalada distinción. Con motivo del Año Nuevo, en nombre de los Pioneros y de todos los escolares de Hungría, visitaríamos en su casa al gran Mátyas Rákosi, jefe y guía de nuestro pueblo. El desconocido nos dio detalles de la visita y nos explicó minuciosamente lo que teníamos que hacer, cómo teníamos que comportarnos y qué debíamos responder a las preguntas que nos hicieran. Lo más importante, nos exhortó el desconocido, era no decir nada que pudiera causar tristeza. Todos conocíamos sin duda la máxima de Zoltán Kodály: al cantar hay que sonreír. Que no se nos olvidara. Después del saludo, nos servirían cacao con nata y pasteles. Si la esposa del camarada Rákosi gentilmente nos preguntaba si queríamos más, debíamos responder: no, muchas gracias, porque la visita no debía durar más de veinte minutos. Maja Prihoda recitaría la felicitación de Año Nuevo en húngaro y yo, en ruso. Nos dio el texto que a la mañana siguiente debíamos poder decir de memoria y sin una sola equivocación. Nadie debía saber nuestra misión hasta después y nadie debía ver el texto del saludo. En la barrera de la calle Loránt nos entregarían los ramos de flores y demás instrucciones.
Cuando me despedí de los demás, esta última frase me llevó con la velocidad del rayo a casa de Prém. Ahora se levantaría ante mí la barrera. Él estaba en la cocina, jugando a cartas con su hermano. Apenas salimos de la casa, le dije que por fin íbamos a poder entrar. Y se lo expuse como si fuéramos a entrar los dos. Él tiritaba de frío y golpeaba el suelo con los pies haciendo crujir la nieve. Parpadeó con desconfianza, como si todo aquello le pareciera un chiste malo. Yo ya estaba sacando del bolsillo la cartulina con el texto. Quería enseñárselo como prueba. Pero él me interrumpió, dijo que quería acabar la partida y que me fuera a la mierda.
No se lo tomé a mal. En su lugar, yo hubiera dicho lo mismo. Prém era un mal estudiante que a duras penas conseguía pasar de clase. Y en su casa eran muy pobres. Nosotros tampoco éramos ricos, comíamos judías, garbanzos y patatas podridas, pero de vez en cuando mi madre conseguía vender una alfombra, una alhaja o un objeto de plata. Éramos buenos compañeros, sin olvidar esta insalvable desigualdad. En nuestros juegos de guerra, yo era el oficial y él, el soldado. Prém no quería ser cabo ni sargento, no le gustaban los términos medios. Aquel pequeño incidente no nos impidió, pues, restablecer el viejo orden al cabo de unos días. Y él no disimulaba su curiosidad. Me pedía que le contara la visita varias veces al día. Mi primera descripción ya fue bastante novelesca y, con el tiempo, fui añadiéndole adornos. Me era imposible reconocer que todo lo que hasta entonces habíamos considerado un misterio que debíamos descubrir era en realidad infinitamente aburrido y prosaico. Yo entonces ignoraba que no hay en el mundo secreto menos interesante que el del despotismo.
Todo había transcurrido tal como había previsto el desconocido. En este secreto no hay lugar para las sorpresas. Teníamos que estar, a las siete de la mañana, con uniforme de pioneros, sin gorra, pañuelo ni abrigo, en la barrera de la calle Loránt. Allí nos entregaron dos ramos de claveles, uno a Maja y el otro a mí. Era una esplendorosa mañana nevada, con una temperatura de diez bajo cero, por lo menos. Debíamos de tener un aspecto lastimoso, ya que nuestros padres, justificadamente preocupados, no nos habían dejado salir de casa con la fina camisa de pioneros, tal como se nos había exigido. Todos íbamos bien forrados y, naturalmente, a cada movimiento asomaba algo por debajo de nuestro traje de gala. Esto no se lo dije a Prém, por supuesto, sino que me inventé que al otro lado de la barrera había una unidad móvil bien camuflada en la que nos registraron y, para darle más emoción, puntualicé que las chicas habían tenido que desnudarse del todo. También me inventé que los ramos de flores nos los habían dado allí para que no pudiéramos esconder en ellos algún veneno o bomba. Uno de los guardias los había traído de su garita. A ver, chicos, quién tiene que pronunciar el saludo, preguntó. La rigurosa minuciosidad con que se habían hecho los planes de la visita no cuadraba con su burda ejecución, por lo que, inevitablemente, yo tenía que embellecer mi relato para que se amoldara a mis terroríficas expectativas. La pequeña comitiva avanzaba por la avenida que cruzaba la zona prohibida y que tenía tanta nieve como el resto de las calles. Mis ojos descubrieron con asombro que, contra toda expectativa, no había gran diferencia entre una y otras. En mi relato, la avenida tenía calefacción subterránea, lo que hacía que estuviera no sólo limpia de nieve sino siempre seca. A mano izquierda, un tanto alejadas entre sí, había dos casas bastante deterioradas. A mano derecha, sólo árboles. Un bosque nevado, nada más. Más allá, entre los árboles, una casa fea. Yo conté que nos habían llevado hasta el palacete blanco en una limusina negra. Que a cada lado de la puerta había un centinela armado. Y que habíamos sido conducidos a una sala de mármol granate.