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A últimos de octubre de mil novecientos cincuenta y seis, miembros de la Guardia Nacional retiraron las barreras. Al día siguiente, los periódicos daban la noticia de la apertura de la zona prohibida. Pero Prém no me hizo ni el menor reproche por mis mentiras. Yo había mentido, pero tampoco él hubiera podido comprender la realidad de los hechos. Yo le conté lo que él quería oír. O lo que tenía que sugerirnos nuestra imaginación, para comprender lo inconcebible.

Por lo tanto, si a continuación hago prudentes puntualizaciones o pequeñas rectificaciones al relato de mi amigo muerto, no es por el ferviente deseo de servir a la verdad, sino por el de contemplar nuestras circunstancias vitales desde mi propio punto de vista, en mi propio interés. Porque lo que hayamos compartido no puede enfocarse únicamente desde la concordancia, sino también desde la discrepancia. Yo me situaré en el ángulo de un riguroso relativismo moral. Y no estableceré diferencias cualitativas entre mentira y verdad. Yo diría que nuestras mentiras poseen por lo menos tanta fuerza reveladora como nuestras verdades, y si a él le reconozco el derecho a describir su vida como mejor le pareciera, también yo he de poder mentir, fantasear, deformar, silenciar y hasta decir la verdad a mi manera.

En la página seiscientos cuarenta de su manuscrito leo que, tras muchos esfuerzos, conseguí ser admitido en la academia militar y que nos encontrábamos en Kalocsa, de maniobras de otoño, cuando se recibió la noticia del levantamiento y nos enviaron a casa. Y que, después de contarle mi accidentado regreso, me despedí de él, desaparecí en la oscuridad, y no habíamos vuelto a vernos.

Sin duda sería más generoso no contradecirle. Pero no puedo evitarlo. No puedo reconocer su versión como la única válida, porque también tengo la mía. La materia de nuestra historia era idéntica pero cada uno la elaboraba de modo distinto. Por ello, desde mi punto de vista, debo calificar la primera de sus tres inocentes afirmaciones de superficial, la segunda de errónea y la tercera de absolutamente falsa y contraria a los hechos.

Al padre de mi amigo, suponiendo que realmente fuera su padre, lo había visto yo muy pocas veces. En general, apenas se fijaba en mí, a lo sumo, se limitaba a contestar a mi saludo. De esto me acuerdo. Pero no me acuerdo de su cara ni de su figura. Aquel hombre me daba miedo, aunque no hubiera podido decir por qué. Y no era un miedo infundado, ya que era uno de los hombres más despiadados de aquella época; pero de eso no tuve información concreta hasta después de su suicidio. Y si aquel anochecer de últimos de otoño desaparecí en la oscuridad fue porque al ver escalar la cerca a aquel hombre respetado y temido, comprendí que no debía ser testigo de su extraña entrada en casa. Por otra parte, no quería violentar a mi amigo con mi presencia. Así pues, me despedí, pero al cabo de once años justos volvimos a vernos.

Once años después, a últimos de octubre de mil novecientos sesenta y siete, tuve que hacer un viaje a Moscú. No era el primero. Durante el año anterior había tenido que acompañar a mis superiores inmediatos en tres ocasiones.

Siempre nos hospedábamos en una espaciosa y principesca suite del Hotel Leningrad, muy cerca de la estación de Kazan. Antesala, salón y dormitorio con dosel de seda en la cama. Ésta tenía unas dimensiones que ningún mortal hubiera podido llenar. Mi jefe hablaba ruso sólo medianamente, por lo que yo podía lucirme con mis conocimientos del idioma y aprovechaba cualquier oportunidad para ampliarlos. En mi tiempo libre, paseaba por la ciudad, viajaba en el metro y hacía amistades y hasta conquistas. No era nuevo para mí el tufillo dulzón y viscoso de la gasolina que en Moscú todo lo invade, sube hasta el piso trece, impregna el aire de los parques, penetra en el metro y se te adhiere a la piel, el pelo y la ropa. Había conocido a una rubia muy habladora y ocurrente, y esperaba con agrado la ocasión de verla otra vez. Vivía en Pervomaiskaia con su madre, su hermana mayor y una sobrina de provincias. Las fuertes voces de aquellas cuatro mujeronas y su desbordante efusividad casi hacían estallar el minúsculo apartamento. Aquél era mi hogar secreto. Confieso con rubor que nunca, ni antes, ni después, he visto muslos femeninos tan prietos, poderosos y apetitosos. En el verano alquilaban una dacha en la región de Tula, y hacíamos planes para que yo las acompañara al año siguiente. Buscaríamos setas, nadaríamos y recolectaríamos arándanos para perfumar el té en el invierno. Por aquel entonces, yo aún tenía el vivo deseo de ir a Uriv y Alekseievka. También de ello hablamos extensamente. Pero todo quedó en simple proyecto.

Las negociaciones en las que yo intervenía tenían por objeto sentar las bases de una colaboración para la fabricación de productos químicos. El convenio, en el que trabajábamos representantes de varias empresas comerciales, debía ser firmado por los ministros correspondientes en diciembre. Nos encontrábamos en la última ronda. lio quedaba mucho tiempo. Todos estábamos nerviosos, aún no se habían fijado los precios. De todos modos, los precios seguían fluctuando incluso después de ser fijados.

En las transacciones comerciales del mundo socialista se fijan los precios según criterios muy peculiares, completamente distintos de los que rigen en las relaciones comerciales convencionales. Es como si se hiciera caer al gato en la trampa con la que se pretende cazar a los ratones. Solíamos llamarlo el principio de la trampa doble. En los casos más complejos, acabas por no saber quién ha caído en la trampa de quién.

La historia empieza cuando una determinada empresa comercial socialista pide una oferta no a otra empresa comercial socialista sino a una empresa capitalista, de un producto que desea no comprar, sino vender. La empresa capitalista, que no ignora la situación y sabe que la empresa socialista no tiene intención de comprar, no le da el precio real sino un precio deliberadamente irreal que no atente a los intereses de sus verdaderos clientes. La empresa socialista considera este precio real y lo da a su vez a su cliente socialista. Éste, naturalmente, sabe que el precio es irreal y, por consiguiente, hace una contraoferta no menos arbitraria, por una tercera parte del precio. Por lo tanto, vendedor y comprador inician las negociaciones operando con dos precios irreales y, con el tiempo, cierran un trato real. Cuando dos personas que no creen en fantasmas se encierran en una habitación oscura y se ponen a hablar de fantasmas, al final aparece un fantasma, aunque ellos no puedan tocarlo.

El proceso continúa con el intento del vendedor de acortar la diferencia entre los dos precios irreales mediante negociaciones, pero es tanta la disparidad que sólo puede equilibrarse con apoyo oficial. Ahora bien, el comprador sabe que el vendedor puede contar con ayuda oficial, si la transacción interesa por razones económicas o políticas y, por consiguiente, no está dispuesto a permitir que se reduzca la diferencia de precios. Si el comprador se equivoca y el vendedor no cuenta con ayuda oficial, entonces o no se realiza la transacción o el comprador, también por razones políticas, acepta un compromiso. Pero tanto si la operación se realiza como si no, ninguna de las dos partes sabrá con certeza en qué relación se hallan los precios así negociados con los precios reales del mercado mundial.