Выбрать главу

A nosotros, los húngaros, la muerte nos inspira horror. Para los rusos, por el contrario, es como el signo débil de su alfabeto, que es mudo pero debilita el sonido de la consonante que lo precede. Durante las dos últimas noches pasadas en la Pervomaiskaia, mi intuición me había permitido percibir esta diferencia. La rusa fue la primera mujer -y, durante mucho tiempo, la única- en cuyos labios despertó mi boca.

Terminada mi pequeña oración fúnebre, casi sin hacer una pausa, pasé al tema de las negociaciones. No pretendo disculparme si digo que no me guiaban motivos ocultos. Pero me salté las instrucciones de mi director general. Yo no sentía más que el horror de la muerte, y esto me hacía obstinado. Al cabo de diez minutos, los rusos habían aceptado todas mis propuestas. Dedicamos el resto de la jornada, que no interrumpimos para el almuerzo, a fijar los detalles. El colega de la delegación comercial no se atrevió a hacerme reproches, pero le escocía que hubiera obrado por mi cuenta. Ambas partes deseaban acabar lo antes posible. Si más no, porque era la víspera del seis de noviembre, fiesta nacional rusa, y una hora en la que ya no se trabajaba.

Volví al hotel al anochecer. Estaba tenso, sobreexcitado por falta de sueño, en un estado en el que uno se siente especialmente enérgico. Estaba deseando quitarme la corbata y el consabido traje oscuro y marcharme a la Pervomaiskaia. No podía felicitarme por mi intervención, a pesar de que había sido todo un éxito. Era demasiado alto el precio. Porque el éxito no era mío sino del muerto, no había triunfado yo sino la muerte. El director general no me haría reproches y, si me los hacía, la delegación comercial se vería obligada a defenderme, pero con mi proceder me había ganado su antipatía. Durante mucho tiempo, se me consideraría poco digno de confianza y, en estas condiciones, no se puede ascender. Éste era mi ánimo mientras iba hacia el ascensor.

Estaba casi lleno, pero la ascensorista me esperaba. Yo dudaba, porque no me apetecía mezclarme con aquella gente. Además, había podido darme cuenta de que eran húngaros, circunstancia que me repelía más que atraía. Entonces me fijé en una muchacha de pelo castaño y rizado que llevaba un abrigo largo con cuello de piel. En aquel momento, la adusta acensorista, contestando a una pregunta decía: no, imposible, ahí se celebra un banquete. Y todos se echaron a reír, como si acabaran de oír un chiste muy gracioso. Banquete, banquete, ¡gritaban. En medio de aquella infantil algarabía, entré en el ascensor. No me sentía cómodo. Mis compatriotas, cuando viajan por el extranjero solos, suelen sentirse perdidos, pero, si van en grupo, se comportan con un desenfado que roza la majadería. Supongo que también ellos adivinaron mi nacionalidad. Y reaccionaron del mismo modo que yo. Su alegría decayó. Yo me situé en un lugar que me permitiría contemplar a la muchacha desde cerca. El abrigo negro, entallado y un poco anticuado, envolvía una figura esbelta, y el cuello de zorro plateado enmarcaba suavemente una cara enrojecida por el frío. En el pelo, las cejas y hasta en las pestañas, se fundían diminutos copos de nieve. Aquel día caía la primera nieve. Nevaba desde el amanecer.

En mi estado de abúlica indiferencia, pienso: esto es lo que yo necesito. Y veo en sus ojos que ella no sólo capta mi mirada sino que comprende su significado. No le parece impertinente, pero tampoco responde. No siente lo mismo que yo pero no me rechaza. Comprende y acepta lo que le ofrezco, pero sin ansia. Casi con indiferencia Pero no sin curiosidad. Incluso con cierta displicencia, como diciendo: pronto, pequeño, vamos a ver qué más puedes ofrecerme. Subidos casi tres pisos mirándonos a los ojos. Estábamos pendientes el uno del otro, pero ella trataba de disimular, mientras que yo tenía la impresión de que a mi lado alguien me miraba sin pestañear, como si pudiera leerme en la cara lo que me proponía. Tenía que desistir. Pero vacilaba, porque desviando ahora la mirada podía dar la impresión de que era incapaz de sostener la de la muchacha, a pesar de que era aquella otra mirada la que no podía resistir.

No sabría cómo describir los sentimientos que experimenté en el momento en que volví la cara y miré de cerca al impertinente desconocido. De mayores, siempre mantenemos una cierta distancia de la cara de otra persona mayor, distancia que determinamos nosotros mismos, regulándola de acuerdo con nuestro interés e intenciones. Pero aquella cara, por mucho que hubiera cambiado, venía de la lejana infancia y la sentí insoportablemente cerca. Me invadió una gran ternura. Me parecía tener delante, no a una persona, sino una etapa de mi vida. Todo había cambiado y todo seguía igual. Lo transitorio de mí y lo inmutable de los rasgos de aquella cara. Al mismo tiempo, me asombraba y repugnaba a la vez descubrir, en la cara de un adulto extraño, las facciones de un niño muy conocido. No me gustaba esto. Nos escudriñábamos mutuamente. También él estaba indeciso. Y nuestra indecisión nos delataba. No había escapatoria. A pesar de que los dos hubiéramos rehuido este encuentro con tanto afán como lo habíamos deseado. Y es que no hay nada tan humillante como la casualidad. Excepto el querer sustraerse a ella.

Esta casualidad, empero, no podía reportarme ventaja alguna. Todo lo contrario. Sólo inconvenientes. Yo estaba deseando llegar a mi habitación. Abrir la nevera, tomar un buen trago de vodka y marcharme de allí lo antes posible. Quien busque consuelo en la bebida sabrá lo que supone cada minuto de abstinencia. Aquel encuentro me recordaba algo que yo no tenía deseos de recordar. Pero no podía evitar la casualidad. Creo que nuestras manos se movieron a la vez, y en aquel movimiento se encontraron dos ansiedades distintas. Pero no nos dimos las mano con soltura, estábamos muy cerca para eso, sino que nos las apretamos casi con rudeza. Dos manos asieron las mías con movimiento inseguro y volvieron a soltarlas inmediatamente, casi rechazándolas. Los dedos apenas se rozaron, pero algo más que eso hubiera sido demasiado. Y, acompañando al movimiento, las preguntas entrecortadas, qué haces aquí. Precisamente aquí. Como si el Aquí tuviera un significado especial. Yo di mi explicación y me puse colorado, algo que me ocurre muy raramente. Él murmuró no sé qué de una delegación artística, y señalaba a los circunstantes con una sonrisa cínica y estúpida. Es un circo que se repite todos los años. Su tono me resultaba extraño, desconocido. Pero eso era sólo el aspecto externo de la situación. Su voz y mi sonrojo no eran sino un camuflaje necesario para protegernos. Porque en realidad aquel momento ponía de manifiesto que ninguno de los dos, ni él ni yo, por distintos que fueran los caminos que hubiéramos seguido, ni entonces ni después, había querido ni podría querer a otra persona tanto como nos queríamos entonces. Esto decía la confesión. Y que seguíamos queriéndonos, a pesar de que los dos habíamos cambiado, aunque de forma distinta. Porque aquello era una parte viva de nuestra existencia. No podíamos remediarlo. Era algo que no tenía sentido ni objeto, ni era un medio para un fin. Nada podíamos hacer nosotros. Yo había enrojecido porque había querido y podido olvidarlo. Él estaba incómodo porque no lo había olvidado, ni, probablemente, hubiera podido olvidarlo.

La expresión de su cara era tan fluida e indefinible como si cada línea, cada trazo, cada rasgo, tratara de expresar tres cosas a la vez. Hubo un momento en que temí que se pusiera sentimental y empezara a hablar de los viejos tiempos delante de aquellos desconocidos. Pero, finalmente, cuando yo me inclinaba ya por un abrazo amistoso y, a fin de cuentas, inocuo, él lo rehuyó con firme autodisciplina. En su cara había una expresión fría y vulnerable, y en sus ojos, temor, pero el tono de su voz era cínico. Aunque no era yo, sino él, quien seguía siendo dueño de la situación. Y es que cuando a mí no me guía la fría razón, cuando no comprendo el sentido, intención, objeto, causa y efecto de un gesto, me quedo petrificado. Y no puedo responder a una situación ni a una persona. Pero él parecía no tener dificultad para exteriorizar sus sentimientos. Se echó a reír. A mí me hubiera gustado poder cerrar los ojos. El encuentro no podía ser más oportuno, dijo con tanta naturalidad como si nos hubiéramos visto la víspera, ahora venían de una recepción y luego irían al Bolshoi, a una función de gala. Que prometía ser todo un acontecimiento. Como si me invitara a merendar tarta de mermelada en casa de su abuela, dijo que cantaba Galina Vishnevskaia. Les habían reservado todo un palco y les sobraba una entrada, para mí. Tenía que ir con ellos.