Aquel irritante tono forzado de su voz me indujo a buscar una excusa. Ya estábamos en el corredor del piso trece, delante de la mesa de las llaves de la encargada de planta. Los demás se fueron a sus habitaciones sin decir nada. Le respondí que lo sentía mucho pero que no tenía tiempo. Involuntariamente, por encima del hombro, seguí con una rápida mirada a la muchacha del pelo castaño. Dije que tenía un compromiso. La muchacha, sin prisa, abrió la puerta de su habitación y entró sin mirar atrás. Entretanto, comentábamos jocosamente que, al parecer, a los húngaros siempre nos reservaban el piso trece. ¿Podríamos vernos mañana a la hora del desayuno? Pero no después de las ocho. Porque iban a ver el desfile. Tomaríamos una copa de champaña.
Reconozco que, en cuanto cerré la puerta de mi principesca suite, olvidé aquel encuentro como se olvida un pequeño incidente desagradable. No me apetecía un desayuno con champaña. No encendí la luz. El reverbero de la nieve alumbraba suavemente las habitaciones y abajo murmuraba la ciudad. Qué podían significar aquellos breves momentos, comparados con los acontecimientos de los días anteriores. Nada más que confusión y complicaciones. De todos modos, mientras yo me dedicaba a trabajar de firme, ellos se divertían. Sin quitarme el abrigo, me dejé caer en una butaca. Nunca me había sentido tan cansado. No eran los huesos ni los músculos. Era el corazón, que desfallecía. Las venas habían dejado de transportar sangre. En mí todo estaba vacío. Ni ganas de vodka tenía. Es decir, ganas tenía, pero no fuerzas para levantarme. Pero no es esto exactamente lo que quiero decir, porque la sensación era la de que debía hacer acopio de fuerzas, pero para ello necesitaba unas fuerzas que no tenía.
No, así no, así no quiero seguir, me repetía. No sabía a qué podía referirse esta negativa. Pero esto me decía, nada más. La cabeza y los brazos me colgaban inertes. Tenía las piernas extendidas y separadas. A pesar de todo, no acababa de rendirme a aquel estado. Una mirada fría y observadora lo hubiera tachado de sentimentalismo. Como si estuviera actuando en una insípida obra teatral con brazos y piernas flojos. Y ni siquiera hiciera bien mi papel. Deseara salirme de él. Tenía la sensación de que iba a subirme la fiebre, y sentí calor en aquella habitación grande y fría. Me había quedado dormido.
La idea de que me habían olvidado allí me sacó de mi sueño con un sobresalto. Como si algo gritara ¡Fuego! en mi interior. Quizá no fue idea ni grito, sino la clara imagen de la desconocida que abría sin prisa la puerta de su habitación sin volverse a mirarme, tal como yo esperaba. No sabía dónde me encontraba. Mientras me levantaba de la butaca, hice un rápido cálculo. No podía haber transcurrido mucho tiempo. Aquella mujer no se me podía escapar. Si no hay más remedio, la seguiré. O me sentaré delante de su puerta, a esperar a que vuelva. Aunque aquel sentimiento nada tenía que ver con mi niñez, que la cara de mi amigo me había evocado, era infantil. Lo mismo que cuando los demás se iban a jugar sin decirme nada porque no querían que fuera con ellos. Si mi habitación era la número tantos, la suya, que estaba tantas puertas más allá, debía de ser la número cuantos. Mientras marcaba, miré el reloj. Las seis y media. Había dormido veinte minutos.
¿Diga?
En aquella pregunta vibraba una ligera inseguridad. Como la del que no sabe en qué lengua tiene que hablar. Aquella palabra tuvo la virtud de trastornarme. De alegría, pero era una alegría matizada de un temor desconocido. Era la primera vez que oía su voz. En el ascensor, no había dicho nada a sus compañeros de viaje. Por eso no la conocía. Era una de esas voces femeninas que me impresionan vivamente. Que parecen salir de lo más profundo del cuerpo, con un núcleo áspero y una superficie lisa. No era una voz delicada, le sobraba firmeza para eso. Plásticamente, la imaginé como una canica oscura. Que cabe bien en la mano, pero es casi imposible penetrar en ella. Cuando lo consigues, ya no es una canica.
Me presenté y disculpé con frases corteses. Tras un largo preámbulo, dije que lo había pensado mejor y que me gustaría ir con ellos al teatro. Procuraba retenerla el mayor tiempo posible. Ella me escuchaba pacientemente. Pero era una isla de silencio que yo circunnavegaba con mis palabras. Como no sabía cuál era la habitación de mi amigo, la llamaba a ella. Aunque no sólo por eso. Que si tendría la amabilidad de darme el número. Ella dijo únicamente que tenía que apresurarme. Tendrá que darse prisa, dijo. Yo la había tuteado pero ella me trataba de usted. Volví a tutearla y ella a hacer como si no me oyera. Sus palabras eran tan reservadas como lo habían sido sus miradas en el ascensor. Me dejaba hablar sin inmutarse.
No daría tanta importancia a aquella breve conversación si la hubiera seguido una de tantas aventuras relativamente placenteras. Pero le siguió una lucha encarnizada que duró cuatro años. Que también podría llamar un tormento, una tortura constante, un abismo, la etapa más oscura de mi vida hasta entonces, si no hubiera estado impregnada de una esperanza de felicidad. Pero la dicha que nos procurábamos el uno al otro siempre era inesperada, imprevisible y tanto podía durar semanas como días, horas o minutos. No nos cansábamos de buscarla, pero nos rehuía. Lo que quedaba era el dolor, el dolor por la felicidad esquiva, o el goce del dolor.
Y ello a pesar de que los dos deseábamos que el profundo sentimiento que nuestro encuentro hizo nacer en nosotros durase toda la vida. Buscando aquella dicha huidiza, nos imponíamos condiciones, sin darnos cuenta de que con estas imposiciones estábamos destruyéndonos. Ella exigía de mí absoluta fidelidad, mientras que yo quería conseguir que ella aceptara mis infidelidades como prueba de mi lealtad. Era inútil que le jurase que nunca había querido a nadie como a ella y que, para neutralizar aquel sentimiento de una intensidad hasta entonces desconocida, necesitaba mantener una apariencia de libertad. No podía vivir sin ella, pero a su lado me convertía en un vaso comunicante defectuoso. Si yo me violentaba, si renunciaba a mi libertad y, para cumplir sus condiciones, ni siquiera miraba a otras mujeres, mi necesidad de alcohol se agudizaba. Pero si, distraído por aventuras triviales, reducía mi consumo de alcohol, la tensión entre nosotros crecía de modo insoportable. Cuando ella, teóricamente, podía creerse más segura, mayor era nuestra mutua degradación, porque ella se servía de los métodos más denigrantes para espiar y husmear, por lo que en dos ocasiones llegué a golpearla, y me costó un considerable esfuerzo no hacerlo más a menudo. Sus sospechas no carecían de fundamento, pero en realidad no eran mis aventuras la verdadera causa de sus celos, sino mi forzada fidelidad. Tampoco yo la pegué porque utilizara a sus amigas para espiarme, sino porque no podía comprender por qué no me comprendía. Ella lo percibía todo. Conocía la causa y razón de cada uno de mis actos. Sabía que la fidelidad que me exigía me producía una tensión intolerable, que hacía mi comportamiento falso y forzado, porque yo no estaba acostumbrado a renunciar a nada. Cuando con sus celos nos había atormentado a ambos de tal manera que yo no podía menos que buscar alivio en una aventura banal sin la menor trascendencia, ella me amenazaba con la ruptura definitiva. Podía estar semanas sin dirigirme la palabra más que para darme los buenos días. Sin responder a mis preguntas ni mis súplicas, ni reaccionar a mis amenazas, mis exigencias, mis ruegos y mis juramentos. Como si quisiera castigarme por el mero hecho de estar vivo. Como si, jugando a perder, me obligara a buscar la victoria y luego no quisiera dármela. O sólo pudiera ganar si me perdía para siempre, sabiendo que yo no podía renunciar a ella.