Probablemente, aquella breve pausa hizo que pareciera aún más frenética la carrera que siguió. Necesitábamos toda la boca para respirar, pero a pesar de todo nos reíamos, mientras nuestras suelas batían el suelo. Cruzábamos calles y sorteábamos a la gente, midiendo los movimientos de brazos y piernas para subir y bajar bordillos. El hombre galopaba cimbreándose, y cada movimiento era para nosotros una señal. Lo que no había podido expresar con la risa lo decía ahora con su manera de correr, con los movimientos de los hombros, con el cuello doblado hacia atrás, con la espalda erguida que no sólo nos marcaba la dirección sino que parecía hacer de ello un juego. Como si, después de dejar atrás a los contrincantes, ya estuviera en la recta final y fuera a llegar a la meta de un momento a otro. Rápidamente, cambió de dirección, torció por una calle lateral y cuando nosotros, un poco irritados ya, le seguimos, desapareció por una puerta abierta sin frenar su carrera. La mujer corría de un modo francamente cómico, con zancadas pesadas, pero sin quedarse atrás. Al día siguiente busqué el nombre de la calle.
Era un lugar oscuro y fresco que olía a gato. Nos apoyamos en una pared agrietada. Nos mirábamos a los ojos midiéndonos mutuamente. Aún hubiera podido retirarme, pero la carrera me había quitado el temblor, y una voz suave y firme me instaba a quedarme. Si no ahora y así, tendría que ser otra vez y de otro modo, ¿por qué no aquí y ahora? Nuestra respiración era un jadeo ronco. Nos miramos como si ya estuviéramos al final de la historia y no al principio. Todo estaba tranquilo. Nada teníamos que temer. La mujer estornudó y siguió jadeando. Esto también hacía reír. El hombre se puso el índice en los labios con ademán imperioso y, sin modificar la actitud, empezó a subir la escalera.
Por las rendijas de las persianas entraba el sol de la tarde en la casa vacía. Las ventanas y las puertas estaban abiertas y se notaba una ligera corriente de aire. Ni en el largo corredor ni en las tres habitaciones que se comunicaban entre sí había ni un mueble. En el centro de la principal había unos colchones con sábanas color de rosa no muy limpias, la de encima y la manta, arrugadas, tal como las había dejado al levantarse. De algún que otro gancho olvidado en las paredes colgaban aquí una camisa, allí un pantalón y en un rincón había zapatos. Comprendí que aquello no tenía nada de convencional. Yo ignoraba absolutamente todos los gestos del ritual y, no obstante, di el primer paso. Me tendí boca arriba en el colchón y cerré los ojos. Con lo que manifestaba mi inexperiencia: los experimentados eran ellos. Desde que habíamos entrado en la casa, no habíamos pronunciado ni una palabra. Pero no hacían falta explicaciones. Deduje que me encontraba en una casa que había quedado abandonada a últimos de diciembre o primeros de enero. El hombre debía de ser un ocupante ilegal. No podía ser pariente ni conocido de los antiguos inquilinos, o le hubieran dejado una mesa, una cama o una silla. Debía de haberse colado en el piso vacío. Si hubiera sobornado al portero o éste le hubiera dado la llave, hubiéramos podido reírnos tranquilamente en el portal.
No podría decir cuánto rato estuve en aquel piso. Quizá una hora, quizá dos. Los tres teníamos posturas diferentes, nosotros dos, boca arriba y ella, boca abajo, cuando me di cuenta de que allí sobraba yo, a pesar de que ninguno de ellos se había movido, y esto me violentaba. Quizá la calma que ellos irradiaban tenía ahora otra calidad que hacía que la energía que hasta entonces había circulado entre los tres con regularidad cambiara ahora de dirección. Como si, con aquella extraña calma, quisieran alejarse de mí, y yo, con mi inquietud, ya no encontrara lugar entre ellos. Suavemente, con la yema del dedo, rocé la parte inferior de la rodilla que la mujer tenía un poco levantada. Yo deseaba que durmiera. Si no dormía, la doblaría y me oprimiría el dedo. Ella se movió. Primero, volvió la cabeza hacia el hombre y después retiró la rodilla de mi dedo. El hombre abrió los ojos lentamente y su mirada reflejó con claridad lo que le daba a entender la mujer. Imposible no darse por enterado. De nada servirían nuevos experimentos. Yo hubiera debido sentir unos dolores insoportables si no hubiera visto en los ojos del hombre una expresión casi paternal. Yo yacía en el colchón completamente indefenso, pero mi persistente erección no podía ofender el sentido del pudor, ya que se refería a lo que hasta entonces había sido nuestra actividad común. No obstante, levantarse en aquel estado era arriesgado. Esperé y cerré los ojos. Pero entonces vi todavía con más claridad lo que me habían dado a entender: querían estar solos. Recogí la ropa que estaba esparcida por el suelo, y una vez me hube puesto la camisa, el calzoncillo y el pantalón y me hube abrochado las sandalias, vi que se habían quedado dormidos y no me pareció que estuvieran fingiendo.
No habían hecho ningún gesto que pudiera ofenderme. No obstante, durante los días que siguieron, me sentí como el que ha sido expulsado del paraíso por haber cometido un pecado mortal. No era la expulsión lo difícil de soportar. Yo me había marchado voluntariamente y por propia conveniencia. Pero no quería renunciar al placer recién descubierto. Al día siguiente a mediodía volví a la casa de la calle Szinva. Las persianas de las ventanas del segundo piso seguían cerradas. Sin duda, yo esperaba que la mujer me abriera la puerta, imaginaba encontrarla sola. Giró el pequeño disco de latón de la mirilla, el hombre debió de reconocerme. Despacio, suavemente, la mirilla se cerró.
Bajé la escalera tambaleándome, procurando no hacer ruido. No comprendía por qué el hombre me había alentado con la mirada. Estuve dos días rondando la casa. Me sentía estafado. Si entonces me hubiera entregado por completo a mi dolor, probablemente, muchos aspectos de mi vida se hubieran configurado de otro modo. El dolor me hubiera dado la ocasión de reflexionar sobre lo ocurrido y sacar conclusiones. Porque, reflexionando, hubiera hecho el pavoroso descubrimiento de que había conocido el amor físico merced al cuerpo de un hombre, no únicamente por él pero sí también a través de él, a pesar de que nunca, ni entonces ni después, he tocado el cuerpo de otro hombre. Ni siento deseos de hacerlo, si acaso, una vergonzante curiosidad. De todos modos, nos habíamos comunicado a través del cuerpo de la mujer. Al tratar de poseer a la mujer, instintivamente, los dos hombres habíamos buscado un ritmo común. Y ahora me privaban de esta sensación, pero también se privaban a sí mismos. Algo había ocurrido, pero lo que habían obtenido de mí sólo podrían utilizarlo entre ellos. Y yo aprendería a utilizar con otros lo que había aprendido de ellos. Así pues, aquella mirada alentadora y paternal del hombre se refería a mi futuro, no era una invitación a volver.
Por supuesto, entonces no reflexioné sobre estas cosas, no podía. Busqué distracción, rehuí el dolor, desvié por cauces más convencionales el deseo de una repetición. Me tracé mis propias reglas de conducta. No volví a parchear, abrazar, besar a las chicas, no les he hecho la corte ni he corrido tras ellas, ni he suspirado, ni les he escrito cartas de amor. Sé prudente, me decía a mí mismo con aquella mirada paternal y alentadora que me había apropiado del desconocido. Aunque yo no ignoraba la procedencia de aquella mirada de sabiduría y superioridad, me servía de ella. Y, en cierto modo, todavía me sirvo de ella. Y las chicas o, por lo menos, las chicas con las que quiero iniciar una relación, siempre se muestran comprensivas.
Yo había salido a un mundo abierto, en el que no rigen las leyes de propiedad y apropiación exclusiva, en el que no entabla uno relaciones con un individuo determinado sino con todos. Es decir, con ninguno. Además, mi madre, desde que yo pueda recordar, me disuadía de corresponder a sus sentimientos; medida muy prudente y previsora. Ella amaba en mí al marido que había perdido y cuya pérdida mis sentimientos sólo hubieran podido suplir a costa de un engaño trágico. Ello me evitaba los sufrimientos del amor, y por esta razón yo no comprendí hasta muy tarde que los sufrimientos constituyen una parte tan importante de las relaciones humanas como las alegrías. Yo me defendía encarnizadamente del dolor. Y, puesto que mi atractivo físico me brindaba excepcionales ventajas, que, por otra parte, no me compensaban de los inconvenientes que me causaba mi origen familiar, tampoco imaginaba que alguien pudiera esperar de mí sentimientos de intensidad equivalente a los suyos. Pero la tensión existente entre mi situación en la vida y mi aspecto físico me imprimió el impulso necesario para que a toda costa tratara de instalarme en un mundo que, tanto si me adoraba como si me rechazaba, no pretendiera afectar a mi vida entera.