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Salir de la escuela a primera hora de la mañana y sin la cartera era algo que podía trastornar a cualquiera. Eres libre. Sin embargo, la cartera, que has metido nerviosamente en el pupitre, te ata al lugar de tu eterna esclavitud. El destino juega contigo a su capricho. Quieres creer que es una mañana corriente, en la que la vida palpita con normalidad, y que es tuya, que puedes disponer de ella como cualquier persona. Pero la sensación de lilbertad dura poco. Yo estaba aturdido y furioso. Hasta que estuve en la parada del cremallera, sacando las monedas del bolsillo, no me di cuenta de lo que iba a hacer. No había ni que pensar en preocupar con estas novedades a mi madre, que ahora estaría trabajando: se encargaba de la correspondencia extranjera en una empresa de comercio exterior. Cuando, aterrado, comprendí el alcance de mi decisión, ya viajaba en el cremallera.

Iba a ver al coronel Elemér Jámbor, que había sido amigo y camarada de mi padre. Directamente al Ministerio de Defensa. El dinero no me alcanzaba para el tranvía, y viajaba sin billete. Habíamos estado en su casa una vez, pero él no nos había devuelto la visita. Sin embargo, mi madre estaba convencida de que la cantidad que recibíamos todos los meses sólo podía venir de él. En Navidad, en Pascua y en mi cumpleaños llegaba un regalo para mí, acompañado de unas letras, por el que debía dar las gracias con una carlita no menos breve. El abrigo de marinero con botones dorados que tan bien describe mi amigo, era regalo suyo. Mi madre no descartaba que si conservábamos la casa era gracias a sus buenos oficios. Después, cuando llegó el desastre, tuvimos ocasión de corresponder a sus atenciones ocupándonos de su familia. En noviembre de mil novecientos cincuenta y seis fue arrestado y, al año siguiente, ejecutado. Su viuda perdió el empleo, y tenía que mantener a dos hijas, de mi edad aproximadamente.

En la puerta, el suboficial de guardia me dijo que el camarada coronel no estaba visible. Me quedé rondando por los alrededores hora y media. En la calle Miksa-Falk había una pajarería con jaulas y peceras en el escaparate; miré los peces que nadaban entre paredes de cristal, abriendo la boca para atrapar algo invisible. En la misma caIlle, un poco más allá, una niña de pelo corto salió llorando por una puerta cochera. Corría como si la persiguieran; de repente vaciló, se paró y dio media vuelta. Su mirada tropezó con mi curiosidad y bastó aquella mínima conmiseración para que arreciaran sus sollozos. Parecía que iba a refugiarse en mis brazos, pero volvió sobre sus pasos y desapareció por la puerta. Esperé un rato, por si volvía a salir. Después me acerqué al Parlamento. La plaza estaba desierta. Desde una distancia prudencial, observé el movimiento de la puerta lateral de la derecha. De vez en cuando, paraba un enorme coche negro, se abría la puerta del edificio, alguien salía y subía al coche. El reluciente automóvil se alejaba majestuosamente al sol del mediodía. Nadie entraba, todos salían. Me pareció que ya había dejado pasar tiempo suficiente. El centinela hizo un gesto de mal humor, pero llamó por teléfono. Tapándose la boca y el teléfono con la mano, no se limitó a dar mi nombre sino que agregó con una carcajada que era un chico muy insistente. Se le notaba por la voz que hablaba con una persona del sexo femenino. Se me dejó pasar a la antesala, donde me senté en una silla. Mientras esperaba, sólo me preocupaba una cosa: qué pasaría con mi cartera si no podía volver a recogerla antes de que terminaran las clases.

Debían de ser casi las cuatro cuando por fin pude ver al amigo de mi padre. El suboficial me acompañó hasta el cuarto piso, y el coronel salió a mi encuentro en el reluciente corredor. Me puso una pesada mano en el hombro, me miró fijamente, como para averiguar si me ocurría algo grave y me llevó a una sala en la que seguramente se había celebrado una reunión táctica. Así lo indicaban los mapas enrollados. La atmósfera estaba cargada. Sobre la larga mesa cubierta por un cristal había tazas de café sucias, vasos de agua y ceniceros llenos de colillas. Me indicó con una seña que me sentara, dio la vuelta p la mesa, tomó asiento frente a mí y encendió un cigarrillo. Él no había dicho ni una palabra, y yo también callaba. Descubrí que no era sólo el humo del cigarrillo lo que le hacía guiñar los ojos con aire risueño, sino también la grata impresión que le producía mi aspecto. Entonces me habló en aquel tono amistoso y jovial que solían utilizar conmigo las personas mayores. Me preguntó si algo malo me traía por allí.

Cuando le hube expuesto la situación, él dio unos golpecitos en el cristal de la mesa con la piedra negra de su anillo y dijo que la escuela daría curso a mi solicitud. Esto podía prometérmelo. Lo que, naturalmente, no quería decir que me aceptaran. Aunque respetaba mi decisión, no podía darme esperanzas. De todos modos, me admitieran o no, consideraba que en lo sucesivo debería arreglármelas solo.

Aplastó el cigarrillo, se puso en pie, dio la vuelta a la mesa y, una vez me hube levantado yo también, volvió a apoyar la mano en mi hombro, pero ahora el ademán no tenía nada de alentador. Yo debía atenerme a sus palabras no sólo porque sus posibilidades eran más que limitadas, sino porque quien no aprende a valerse por sí mismo mal podrá desenvolverse en la vida. Y que así pensaría también mi padre. Hablaba en voz baja. Con la mano en el hombro, me empujaba suavemente hacia la puerta.

Al cabo de un mes, mi solicitud fue rechazada, sin explicaciones.

A las insistentes preguntas de mi amigo respondí con monosílabos no menos insistentes. Seguramente, de ello dedujo que había habido pelea. Sé que temía perderme, esperaba que mis deseos no se realizaran y que los dos pudiéramos ir al mismo instituto. A mí esto me interesaba tanto como a él que se cumplieran mis deseos. No hubo pelea. Mi madre se alegró. Prém, resignado, decidió hacerse mecánico de coches. Yo me quedé solo con mi obsesión. Sentía un vivo rencor hacia el amigo de mi padre. No comprendía por qué no me ayudaba. Como tampoco el niño que se pirra por el chocolate comprende por qué los mayores no están siempre comiendo chocolate, si tienen dinero para comprárselo. Yo hice lo contrario de lo que él me había aconsejado. Es decir, furioso, hice precisamente aquello que él me había desaconsejado.

Escribí a máquina una carta a István Dobi, el presidente de la República. Destruí la copia cuando me di cuenta de que mi mujer revolvía en mis papeles. Me da vergüenza citar textualmente las palabras de aquel pequeño canalla. Escribí que el momento en que había tenido el honor de saludar al camarada Rákosi y a la nueva mujer soviética en la persona de su esposa, había sido crucial en mi vida. Decía también que el amor a lo soviético era tradición familiar y que, siguiendo el ejemplo de mi padre, yo había aprendido la lengua rusa. Con esto me aventuraba en terreno peligroso, desde luego. Concedía que mi padre se había visto obligado a tomar parte en la guerra injusta contra la Unión Soviética, pero rogaba que se le reconociera su firme actitud antialemana. Terminaba la carta con la promesa de dedicar mi vida a reparar los errores que él hubiera cometido. Y para dar credibilidad a mis palabras hice algo que debo calificar de la mayor infamia de toda mi vida, incluí con la carta los diarios de guerra de mi padre, cuatro cuadernos de cuadrícula.

Sé muy poco de ópera y menos de ballet. Cuando veo a la gente cantar y bailar en un escenario siento a la vez extrañeza e irritación, porque hacen algo que personas adultas normales no harían en público. Y me produce un asombro infantil esa falta de recato y de formalidad. Las voces, los cuerpos, los decorados, la pompa de la arquitectura operística me repelen y cruzar el umbral de uno de estos teatros supone para mí una verdadera prueba. Tan pronto como se levanta el telón, siento calambres en el estómago, pero si cierro los ojos me duermo indefectiblemente sin darme cuenta, aun en medio del mayor estrépito musical. Aquella noche de noviembre no nos sentamos en un sitio cualquiera sino inmediatamente al lado del enorme palco del zar.