Ignoro cómo se escenifica normalmente esta ópera, pero en aquella ocasión, detrás del telón que se levantó a la primera nota de la obertura, apareció otro telón, confeccionado en seda plateada, muselina oro viejo, tul azul grafito y grandes parches de tela de saco y trapos cosidos con grandes puntadas negras. Mientras los músicos tocaban afanosamente sus instrumentos, la cortina oscilaba con lentitud, abriéndose y cerrándose sin seguir la música. Detrás apareció por fin un decorado de la plaza Roja. En la plaza bailaba una multitud que portaba antorchas humeantes, cirios que chisporroteaban y candiles. Debías comprender que la cortina era bruma matinal que se levantaba lentamente.
Nos habían traído desde el hotel en dos grandes limusinas negras y, aunque conseguí subir al mismo coche que la muchacha, ya en aquel corto trayecto me pesó haberme unido al grupo. A pesar de la oculta alegría que nos había producido el encuentro y que apenas habíamos dejado traslucir, mi amigo y yo no teníamos nada que decirnos. Yo estaba cansado y distraído a causa de la muchacha. Contribuía a la falta de sintonía el que ellos estaban muy animados por las copas que habían tomado, mientras yo sufría a causa de la abstinencia. Y el esfuerzo que nos costaba disimular la alegría aumentaba nuestra rigidez. Por otra parte, a la muchacha sólo podía mirarla, sin acercarme demasiado. Me había dado a entender que, si hacía un movimiento imprudente, estaría obligada a rechazarme de forma tan manifiesta que tendría que renunciar a ella definitivamente. Quizá tampoco ella renunciara a mí de buen grado. Aún no lo sabía. Nuestras miradas se rehuían, pero el deseo de mirarnos nos mantuvo en tensión hasta el final. Yo me limité a ayudarla a quitarse su abrigo con el cuello de piel. Ella me dio las gracias con una cortesía impersonal. La tensión que había entre nosotros se debía a que cada uno trataba de disimular el interés que el otro le inspiraba. Lo que no acabábamos de conseguir, porque entre ellos cuatro y la intérprete había una alegre camaradería, debida tanto a las copas de por la tarde como a esa intimidad que se establece entre compañeros de viaje, y yo era un elemento extraño.
Uno del grupo, un joven con barba que trataba de llamar la atención con cada detalle de su persona, me demostraba cierta agresividad. Pensé si no habría estado ella tan fría por teléfono porque no se encontraba sola en la habitación. El de la barba me observaba y yo les observaba a los dos. Después comprobaría que no eran vanas mis sospechas. Mi amigo y el tercer hombre del grupo se mantenían atentos a lo que ocurría en el escenario. La intérprete, solícita y servicial, vigilaba a todo el grupo con aire maternal. Invocando mi condición de invitado, les cedí la preferencia y me situé en la acogedora penumbra del fondo del palco, al lado de la intérprete. La muchacha estaba sentada delante de mí, apoyada en el antepecho. Yo no podía menos que mirarla de vez en cuando. Llevaba el rizado pelo recogido en un moño alto y, cada vez que mi mirada se posaba en su nuca, se estremecía. Me parecía que era ella la que decidía cuándo tenía yo que mirar al escenario, y cuándo, a la nuca.
Cuando se hubieron retirado los últimos velos de seda y los jirones de la niebla matinal se hizo evidente el simbolismo ideológico de la nebulosa cortina. Porque ahora, en el escenario, se repetía el contraste entre harapos y sedas, pobreza y riqueza entremezcladas y disonantes. Princesas cubiertas de oro, boyardos borrachos envueltos en pieles, orondos mercaderes y popes lascivos que se divertían con cortesanas ligeras de ropa, seres contrahechos y harapientos, heridos, con vendajes ensangrentados, mendigos semidesnudos, titiriteros, buhoneros de mísera mercancía y, entre la chusma que deambula y curiosea, garridas gentes del campo con sus vistosos trajes típicos. Aquella apoteosis me produjo la náusea habitual. Deseaba salir de allí. Marcharme a la Pervomaiskaia. Donde se me esperaba y donde no me sentiría tan desplazado. Donde todas las mañanas las tres mujeres andaban por la casa con enormes sujetadores de satén color de rosa y bragas todavía mayores, mientras yo me desperezaba a placer. Buscando una excusa para huir discretamente, hasta llegué a pensar que era, cuando menos, de mal gusto que el discípulo fuera al teatro al día siguiente de morir el maestro.
En el escenario, el baile estaba en su apogeo cuando el barbudo puso la zarpa encima de la mano de la muchacha que descansaba en el antepecho y se inclinó a decirle algo al oído. Su actitud denotaba familiaridad. Sus compañeros los miraban con curiosidad, estirando el cuello para escuchar. Entonces el de la barba, sin soltar la mano de la muchacha, empezó a explicarse. Pero mi amigo, apenas oyó dos palabras, se inclinó hacia la muchacha por detrás del barbudo y le susurró algo. Y los dos se rieron. La muchacha volvió la cabeza, para hacerme partícipe de su risa, al tiempo que retiraba la mano. Gesto que también me estaba dedicado. Ella había decidido por mí. Ahora no podía marcharme. Pero pocas veces me he sentido tan incómodo como durante aquel rebullir, cuchichear y sonreírse. Yo estaba con ellos, pero no teníamos nada en común. Comprendía su hilaridad pero no deseaba compartirla. Porque, a partir de aquel momento, todo lo que ocurría en el escenario les hacía reír. A pesar de que yo no podía sustraerme al ambiente solemne y reverente de la sala, forzosamente tenía que mirar el escenario con sus ojos.
No cabe duda de que artísticamente no es una idea muy feliz la de construir la coreografía de un ballet en torno al motivo de la irreconciliable diferencia de clases. También hay que reconocer que una obertura de ópera no resulta muy bailable. A pesar de todo, su comportamiento me parecía censurable. Evidentemente, temía que pudiera producirse un escándalo. Al poco rato, la intérprete, saliendo de su patriótico arrobo, advirtió lo que ocurría y, asustada, hizo chasquear los dedos con discreción para llamarles al orden. Pero fue echar más leña al fuego. Ellos no se miraban y al escenario miraban sólo de tarde en tarde. La intérprete no entendía nada y les reconvenía en voz baja con su suave acento ruso. Pero ellos reventaban de risa. Una risa que estallaba, y que ellos ahogaban, lo que no hacía sino acelerar y acrecentar nuevas explosiones.
No sé cuántos bailarines se movían por el escenario, más de los que suelen verse de una sola vez, desde luego. Pero cuando, al final de la obertura, detrás de los solistas que avanzaban triunfalmente hacia las candilejas, apareció el coro jubiloso que se unió a la marcha enarbolando banderas y estandartes y provocando una gran aglomeración, mientras, para colmo, por detrás de la silueta del Kremlin se elevaba un sol rojo colgado de un alambre, entre un estruendoso repique de campanas, en el palco se produjo un verdadero tumulto. Los húngaros se empujaban, bufaban y se retorcían. La intérprete, horrorizada, trataba de calmarlos a golpes. En los palcos adyacentes arreciaban las protestas. Palabras airadas contra la incomprensión, siseos de indignación, exclamaciones iracundas. Yo perdí la cabeza. Me levanté y escapé.
Los palcos no daban directamente al pasillo sino a un salón tapizado de seda roja y bien iluminado. Yo estaba nervioso e irritado y también contento de haber podido escapar. Pero aún no había acabado de ponerme el abrigo cuando se abrió la puerta tapizada de seda del palco y los cuatro húngaros salieron disparados riendo y empujándose, acompañados de una vibrante aria de bajo. Durante un momento, pude ver a la intérprete que gesticulaba en la oscuridad del palco. Uno le cerró la puerta en las narices. Gemían y lloraban de risa apoyándose unos en otros y dándose empujones. Yo quería poner fin a la escena cuanto antes. La muchacha y el barbudo, sosteniéndose mutuamente, se apoyaron en la pared. Él se dejó resbalar hacia el suelo. Yo aún hubiera podido salvarme, si mi amigo -no sé si involuntaria o intencionadamente- no se hubiera soltado de su compañero y caído encima de mí. Tuve que sostenerlo. Nos miramos sin pestañear. Yo no pude disimular el desprecio y el odio que, al igual que fia alegría del encuentro una hora antes, surgían de las sombras de la niñez. Yo sentía mi mano en su hombro. Lo sacudí. Imbéciles, bufones, le grité más que le dije. Sus facciones se ensombrecieron y me miró a su vez con odio implacable. ¿Y qué eres tú? Un trepa repugnante y amargado. Un miserable Julien Sorel. Un play-boy de mierda. Y aún dijo no sé qué más. El odio no había desaparecido de sus ojos, Pero su voz tenía un tono de falso cinismo que yo no le conocía. Escupía las palabras. Y, en el repentino silencio, le oyeron también los demás. No podría encontrar mejor momento para decirte, siseó con aquella voz extraña, que yo estaba perdidamente enamorado de ti, gilipollas.