Llegamos a la ciudad. Cada vez que paso por delante del grandioso edificio de la Academia Militar Ludovika, que fue escenario de la vida de mi padre, tengo que dedicarle por lo menos una mirada. Viene después la policlínica de la calle Ullöi, donde, en un quirófano del segundo piso, murió mi madre hace dos años. Y precisamente aquí, entre estos altos edificios, sentí la necesidad de decidir adonde íbamos. No lo miré.
Dije tan sólo que tenía otra idea. Pero necesitaba saber si le interesaba quedarse en la ciudad.
No, no le interesaba nada. Pero una cosa quería pedirme y era que no me preocupara. Que lo dejara en cualquier sitio, no importaba dónde. En el bulevar. Allí tomaría el tranvía.
Le respondí que eso ni pensarlo. Me parecía sospechoso lo del tranvía. Pero, si no tenía inconveniente en permanecer conmigo un rato más, haríamos un corto viaje. Él no respondió.
Pero después me pareció que una ligera emoción había vuelto a la cáscara vacía de su cuerpo. Empezaba a hacer calor en el coche. Es posible que me engañara esta sensación física; de todos modos, la solución me parecía fabulosa porque no podía ser más sencilla.
Mi abuelo paterno era rico, tenía molinos, comerciaba en granos especulaba en fincas. Hoy en día, el breve período de prosperidad económica que conoció Hungría a finales del siglo pasado, en el que se hacían grandes fortunas de la noche a la mañana, nos parece inconcebible. Y también incomprensible, ya que, desde la Edad Media, por causas diversas, la historia de Hungría es una sucesión de crisis económicas y largos períodos de penuria. Pero nos consta que aquel período existió, porque las escuelas en las que estudiamos, los hospitales en los que nos atienden y las alcantarillas que recogen nuestros desagües datan de entonces. Quizá no guste a todos el estilo ostentoso de aquellos edificios, pero todos gozan de las ventajas de su solidez. En aquella época, a principios de siglo, mi abuelo se construyó dos casas, una de verano, habitable también en invierno, en Svábhegy, en la que vivimos hasta que murió mi madre, y un hermoso pabellón de caza de aire romántico. Mi abuelo era muy aficionado a la caza enor y eligió para practicarla un lugar no muy alejado de la ciudad, junto al Danubio. Cazaba patos y pollas de agua en las marismas, y faisanes y liebres entre las dunas del llano.
No puedo revelar el nombre del lugar. Después se verá por qué. En realidad, debería hacer lo que los grandes clásicos de la novela rusa, que designaban los lugares con un asterisco. Así señalaban una población que poseía rasgos característicos que la hacían inconfundible que ocupaba un lugar concreto en el mapa y, no obstante, ellos podían situar en cualquier punto del vasto territorio. Para evitar los posibles inconvenientes de una eventual identificación, renuncio a dar más detalles. Sólo diré que, desde el kilómetro cero y viajando por carretera con buen promedio, se llega en una hora.
También he de agregar que en el antiguo pabellón de caza del abuelo vivían ahora mis tías Ella e Ilma, hermanas de mi madre, que en el cuarenta y cinco habían perdido su piso de la calle Damjanich durante un bombardeo. Por cierto, la casa seguía en ruinas a mediados de los años cincuenta. Nada más acabar la guerra se instalaron en el pueblo, y muy oportunamente al parecer. La cerradura había sido forzada, pero, por extraño que pueda parecer, habían desaparecido muy pocas cosas. Sólo las herramientas de jardinería del cobertizo y dos grandes tapices de la sala de trofeos del sótano, que volvieron a ver años después, hechos pedazos, cubriendo el suelo de unas perreras. El pueblo no fue ocupado ni por los alemanes ni por los rusos, que sólo lo habían atravesado. El saqueo fue obra de los mismos vecinos, que no habían tenido tiempo de dedicarse a él más a fondo, porque cuando llegaron las tías la población vivía horas turbulentas.
Varios días antes, tres soldados rusos, que habían quedado separados de su unidad, llegaron remando por el río, libre de hielo. Requisaron vino, aguardientes, pollos y patos y descubrieron una casa en la que vivían tres muchachas casaderas con su madre. Ni las hijas ni la madre tuvieron inconveniente en sumarse a la fiesta que se organizó con el producto de la requisa. En la casa se cocinaba, se comía, se bebía y se disparaba al aire alegremente. Estaba situada a un extremo del pueblo, en una húmeda hondonada, al pie de la colina del cementerio. Aún hoy los vecinos del pueblo hablan con mucha reserva de lo sucedido. Se dice que la fiesta duró dos días y dos noches, y que ni se molestaron en correr las cortinas de las ventanas. El pueblo parecía muerto. Al parecer, durante aquellos dos días nadie salió de su casa. A la segunda noche, alguien disparó por la ventana hacia el interior de la habitación. Los disparos venían de la colina del cementerio y eran de pistola y escopeta de caza. Los primeros proyectiles alcanzaron a una de las muchachas y a un soldado ruso, que se desangró, herido en el vientre. Sus dos camaradas contestaron al fuego. Aún se ven los impactos de las balas en las viejas lápidas del cementerio. La batalla era desigual, porque los rusos tenían las cartucheras casi vacías, después de haber estado disparando al aire. Les quedaban las municiones justas para cubrirse mutuamente mientras se retiraban hacia la orilla. Inmediatamente después, la madre se ahorcó de una viga de la buhardilla. Había comprendido el mensaje. Al día siguiente entró en el pueblo la policía militar rusa, que hizo un gran despliegue. La muchacha herida fue evacuada. Mis tías llegaron al pueblo por la tarde. Ni interrogatorios, ni registros ni detenciones dieron resultado. No se encontraron huellas ni armas. En un pueblo tan pequeño, casi todos sus vecinos son parientes. Para enterrar a la viuda fue necesario que los rusos destacaran a un par de hombres. Pero aún hoy el pueblo sigue sin querer saber quién disparó.
Si la casa de mis tías hubiera permanecido deshabitada, nada ni nadie hubiera podido impedir su ruina. Y, si aún se conserva en la familia, es gracias a la previsión y la astucia de mis queridas tías.
Dos caballos viejos, así las llaman los miembros de la familia más irrespetuosos. Pero es una expresión cariñosa. Porque las tías son dos personajes extraordinarios. Cada vez que leo pesimistas reflexiones sobre el deterioro de la nación tengo que pensar en ellas. Porque no sabe uno si en su carácter predomina la energía asociada a la flexibilidad o la inventiva aplicada a la supervivencia. Comen poco, hablan mucho y sus manos y sus pies nunca están quietos. En los últimos años han envejecido visiblemente, pero ellas sostienen que la actividad continuada desgasta el organismo y que a un organismo gastado le es más fácil morir. Los dos años que se llevan no se notan, son tan parecidas que podrían pasar por gemelas. Las dos son altas y huesudas. Llevan el pelo corto, que se cortan la una a la otra. En su juventud debían de ser dos caballos percherones, que también tienen su atractivo. Calzan un cuarenta, sus pasos retumban y dondequiera que estén hay ruido y movimiento. Si no se les humedecieran tan fácilmente los ojos de compasión, o no dispusieran de una infinita comprensión para los más diversos y curiosos fenómenos de este mundo, podríamos decir que carecían de feminidad. Pero por el tacto, la discreción y la solidaridad humana que poseen podrían encarnar el más sublime ideal femenino.
La tía Ilma quedó embarazada a los dieciocho años siendo soltera, lo que consternó a la familia casi tanto como la amenaza del abuelo de hacerse bailarín si no le dejaban ser soldado. La tía Ella actuó con energía para evitar el escándalo llevándose de casa a su hermana pequeña. El niño murió a los pocos días de nacer. Desde entonces las dos hermanas han vivido juntas. Algo debieron de acordar, lo cierto es que en su vida no ha vuelto a haber un hombre. Por lo menos, que se sepa. Y, en algún momento, el tiempo debió de detenerse para ellas. No leen periódicos, no escuchan la radio y hasta hace unas semanas no han tenido televisor. Son creyentes, pero no dan mucha importancia a ir a la iglesia ni a los rezos. Hablan de Dios en el mismo tono que de la buena cosecha que esperan de su magnífico huerto. Y el diablo no les inspira más aversión que el pulgón o el escarabajo de la patata. Al primero lo rocían de ceniza y al otro lo aplastan con los dedos, metiéndose a gatas por entre las matas en flor.