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Empiezan el día trabajando en el huerto. Todas las mañanas, desde últimos de mayo hasta mediados de septiembre, llueva, truene o suba el agua, nadan en el Danubio. Se ponen sus cómicos bañadores de algodón de florecitas desteñidas en los que falta tela en el busto y sobra en la cadera, se encasquetan gorros y se calzan zapatillas de goma blanca y se van caminando río arriba, Ella delante e Ilma detrás, chapoteando en el lodo y haciendo crujir la grava. Siguen un ritual que tiene mucho de juego infanticlass="underline" se meten en el río hasta las caderas, despacio, para acostumbrar el cuerpo, disfrutando del agua fría, se salpican una a otra dando grititos, se tienden bruscamente en el agua y se dejan arrastrar por la corriente. El bañador se les hincha en el trasero como un flotador.

El parque de una hectárea, en el que tanto las plantas nobles de antaño como los hierbajos de hogaño crecen, se reproducen y mueren libremente, está separado del pueblo por una alta tapia de ladrillo y protegido de las crecidas por un muro de piedra natural roja de más de tres metros de alto. Hasta este punto nadan con la corriente, trepan por una empinada escalenta cubierta de musgo, se envuelven en el albornoz y regresan a la casa. En este tramo de la orilla, al pie del muro de piedra, fue asesinado mi amigo. El verano había sido seco y en el otoño, el río, pardo y sombrío, se había retirado a lo más hondo del cauce.

Por la noche, mientras una cose, remienda, teje un jersey para mí o trabaja en una interminable labor de ganchillo, la otra lee en voz alta. Su amigo Vince Fitos, el cura protestante, les suministra libros piadosos. Las dos asumen una expresión seria y pensativa, lo que no impide que resoplen de risa en los pasajes más tontos.

No sé en qué informaciones fundan su criterio, lo cierto es que sus opiniones son tan certeras como si dispusieran de las mejores fuentes. A mí, por ejemplo, me preguntan cómo anda la Bolsa y los jóvenes del pueblo las tienen al corriente de los resultados del fútbol. Sus necesidades son mínimas. Cuando les llevo un regalo, lo primero que hacen es mirar en derredor, para ver dónde pueden guardarlo, ya que no lo utilizarán nunca. Y si piden o rechazan algo no es por egoísmo sino en interés de la familia o por convicción moral. Por ejemplo, cuando insistieron en que se declarara muerto a mi padre. Naturalmente, todos seguimos esperando su regreso, pero ellas se empeñaron en que mi madre tomara en serio el certificado de defunción y traspasara la propiedad de la casa a sus hermanas. Para que no se alegara que teníamos dos casas. En otras familias esta delicada proposición hubiera abierto viejas heridas y sido causa de suspicacia y resquemor. Pero mi madre era de la misma pasta que sus hermanas y aceptó encantada. Entonces ellas arrendaron la casa al consejo municipal. La tía Ella había estudiado jardinería e lima era maestra. El pueblo no disponía de local ni de personal para abrir una guardería. Así pues, las tías instalaron una guardería en su casa. Si por un lado perdían la planta baja, incluida la sala de trofeos, por otro percibían unos ingresos, un alquiler de unos cuantos forint, conservaban las cuatro habitaciones del primer piso y el municipio asumía los gastos de las necesarias reparaciones. A principios de los sesenta, cuando ya se había alejado el peligro de la expropiación, las tías iniciaron su labor de zapa. Aparentemente, echaban piedras sobre su propio tejado. Al fin consiguieron que el departamento de Sanidad declarara que la vieja casa no era apta para albergar un jardín de infancia y cuando, años después, se terminó la nueva guardería, ellas solicitaron la jubilación. El enemigo se había rendido sin condiciones y abandonado el campo con la satisfacción de creerse vencedor.

Después de lo dicho, huelga describir los sentimientos que mis dinámicas tías abrigan por mí. A sus ojos yo soy la estampa de la perfección. Cada vez que voy a verlas, tengo que hablarles extensamente de mis estudios, mi trabajo y mi carrera, y ellas, que no ven más que por mis ojos, siempre creen que lo que yo hago está bien hecho. No es que me dediquen grandes elogios, pero la expresión de su cara dice que, en tales circunstancias, ellas no hubieran obrado de otro modo. Por supuesto, también les cuento cosas que no son de su gusto. Pero desde que murió mi madre su adoración es casi agobiante. No tengo que anunciar mis visitas. Desde mi atolondrada juventud, en que siempre andaba por el mundo con el cepillo de dientes en el bolsillo, sin saber dónde dormiría, están acostumbradas a verme aparecer de improviso y acompañado. Después, ya casado, tuvieron que tragar que no fuera siempre mi mujer la que me acompañaba. Pero esta espinosa cuestión nunca llegó a ser causa de fricción entre nosotros, ya que ellas se limitaban a darme a entender que, en el aspecto moral, debían distanciarse de mi vida amorosa. Por ejemplo, siempre les gustaba más la acompañante anterior que la nueva. O pasaban revista a has cualidades externas e internas de las fugaces visitantes y, con cara de inocencia, me exponían el desolador resultado de su examen. Dando a entender que, si bien les impresionaba la cantidad, no vale tanto lo mucho como lo bueno.

Las tías siguen viviendo en el piso de arriba. La planta baja está vacía y, en invierno, ni se encienden las estufas, sólo se utiliza la cocina. Puedo entrar sin necesidad de molestarlas. Si me lo propongo, ni se enteran de mi llegada. En el alero del porche de la cocina, encima de una viga, hay una llave. Y en la habitación de la planta baja basta encender con una cerilla para que empiece a chisporrotear el fuego en la estufa de cerámica.

Tres años vivió él en esta casa con mis tías. En esta habitación. Y si en mis recuerdos lo llamo mi amigo no es por haber compartido la niñez, sino porque, durante aquellos tres años, llegamos a estar compenetrados. A pesar de que hablábamos veladamente. Evitábamos cuidadosamente las confidencias, tanto del pasado como del presente. De su vida no descubrí más de lo que ya sabía y lo que veía. Tampoco de mí le mostré una faceta nueva o diferente. Pero, al cabo de veinte años, recuperamos aquel mutuo afecto que era más fuerte que todas nuestras diferencias y que, de niños, nos desconcertaba. Este retorno quizá se debiera a que, lenta pero inexorablemente, todos mis éxitos iban convirtiéndose en fracasos, y a que él ya no se buscaba a sí mismo en otra persona. Ni en mí. Era atento y sensible, pero reservado. Se había vuelto frío. Si yo no supiera el sufrimiento que cubría esta frialdad, diría que se había convertido en una especie de máquina de sentir y pensar de gran precisión, programada a muchas revoluciones por minuto.

Mi experiencia de relaciones y formas de conducta me ha enseñado que todo es transitorio y provisional. Un sentimiento que hoy considero amor y amistad, mañana puede resultar que no era más que la simple necesidad de aliviar una tensión puramente física o conseguir una complicidad útil para resolver problemas. En esto nunca me he engañado ni hecho ilusiones, conozco bien las fluctuaciones que genera una acción que se emprende con una idea preconcebida. En estas páginas he hecho balance. Vivo sin amor ni amistad. En mis horas bajas tengo la impresión de que el mundo no es más que un cúmulo de decepciones. Si me hubiera equivocado conmigo mismo o pon otras personas, probablemente podría ceder al desengaño. Pero percibo tan intensamente la ausencia de esta sensación que su misma falta me parece un sentimiento. De lo que se deduce que no he caído en la abulia total. Y sin duda durante aquellos años me parecía vital poder disponer de la atención y la sensibilidad de una persona, a la que no necesitaba, debía, ni deseaba tocar; una persona que, a pesar de todo, sentía más próxima que alguien cuyo cuerpo pudiera poseer.