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Mis tías ni parpadearon, pero yo noté su sorpresa y perplejidad en cierto envaramiento y en que hablaban más de lo habitual. Durante un rato, hicieron como si no vieran a mi amigo. Tampoco miraban sus maletas. Estaban excitadas. Hablaban las dos a la vez, pero no interrumpiéndose la una a la otra sino contándome la misma historia con distintas palabras. Me decían que la víspera dos chicos del pueblo se habían colgado. Yo los conocía. Para refrescarme la memoria empezaron a describírmelos minuciosamente. Por fortuna, los encontraron a tiempo y los descolgaron. Con una misma cuerda los dos. Ahora estaban en el hospital. Habían hecho un nudo corredizo en cada extremo y habían pasado la cuerda por encima de una viga del granero, se habían subido a unas cajas de manzanas y habían saltado los dos a la vez. Al parecer, estaban enamorados de la misma muchacha. Si las gallinas de la vecina no pusieran siempre los huevos donde se les antojaba. Si la mujer no hubiera entrado a buscar los huevos precisamente entonces. Si la muchacha no hubiera dicho a cada uno que estaba enamorada del otro. Si la vecina no hubiera vuelto a ponerles las cajas debajo de los pies. No fue fácil contener aquel torrente de palabras. Al fin les dije sencillamente que teníamos hambre. En un momento, nos improvisaron cena.

Ella es la más enérgica, e Ilma, la más sensible. Así pues, cuando lima se fue a la despensa en busca de unas conservas, la seguí. Mientras mi tía pescaba pepinillos en una vasija de cinco litros, la puse al corriente en pocas palabras dichas en voz baja. Deberían tenerlo aquí una temporada, no sabía cuánto tiempo. Éste es blando, dijo ella en voz baja, devolviendo un pepino a la tina. Deberían cuidarlo como me cuidan a mí cuando estoy enfermo. Me gustaría saber por qué este año son tan blandos los pepinos, prosiguió ella en voz alta. Las dos hermanas debían de tener un sistema de comunicación secreto. Porque, a pesar de que no se quedaron a solas ni un segundo, es decir, no pudieron hablar, Ella ya había ido a encender la estufa de cerámica. Y, cuando nos sentamos a la mesa, las dos habían vencido su nerviosismo y su reserva, y estaban risueñas y hospitalarias. Se esforzaban por incluir en la conversación a mi amigo y no volvieron a referirse al caso de los suicidas. Debieron de darse cuenta de lo evidente. A pesar de que mi amigo sonreía constantemente. Era tan grande el esfuerzo que había tenido que hacer para comer, hablar y sonreír que después de la cena tuve que acostarlo materialmente. Desnudarlo y ponerle el pijama. Él protestaba y trataba de resistirse. Esto le parecía vergonzoso. No quería ser una carga para unas personas extrañas. Debía llevármelo de allí. Lo arropé bien, porque la habitación aún estaba helada. Le dije que volvería para cerrar la estufa cuando se consumiera el fuego.

De los detalles de su recuperación me informaban mis tías. En la habitación hay un sofá y, delante de las estrechas ventanas, una mesa de nogal pulimentada por el tiempo y un viejo sillón. Frente a la puerta, una gran cómoda y, encima, un sencillo espejo. Las paredes son blancas y sin adornos. Las vigas del techo, oscuras. Estuvo durmiendo dos días. Después se levantó y se vistió, pero durante varios días no salía de su habitación más que a las horas de comer. Al día siguíente de Navidad y poco después del Año Nuevo fui a ver cómo seguía. Las dos veces hice como si fuera a visitar a las tías. Con él intercambié sólo unas palabras. Él pasaba el día echado en el sofá o sentado frente a la mesa vacía, mirando por la ventana. Había silencio. En una de mis visitas, me senté en su cama. Él miraba por la ventana. Su silencio había durado tanto que yo me había distraído y sus palabras me sobresaltaron. Le gustaría tapar el espejo. Si no ha habido ningún muerto en la casa, dije. Parecía que no podíamos sintonizar. En la mesa había un candelabro de latón. Con gesto de concentración, él lo movía hacia adelante y hacia atrás. Cuando en una habitación hay muchas cosas, nos fijamos en la relación que existe entre ellas. Ello nos impide percibir la habitación en su conjunto. Pero, si hay pocas cosas, tratamos de establecer una relación entre ellas y la habitación, pero, en este caso, no es fácil hallar para cada una un lugar definitivo. Se puede colocar aquí o allá. Respecto de la habitación en sí, cualquier lugar parecerá casual. Algo así vino él a decir de sí mismo. Fue como si la máquina de pensar se hubiera puesto a hablar. De este modo pretendía describir su situación. Me hizo reír el intento. Era una risa desconsiderada, me reía de él en su cara, porque disfrazaba su confesión con el manto de la metáfora. Después nos miramos, tratando de suavizar la discrepancia. Nuestros ojos sonreían. Yo me sonreía por aquel impulso de reír, y él por su pudorosa tentativa de camuflarse en abstracciones.

Por las mañanas se sentaba a la mesa. Por las tardes se echaba en la cama. Al anochecer, otra vez en la mesa, miraba por la ventana. Estos movimientos repetidos marcaron el ritmo de su vida durante los tres años siguientes. No tardó mucho en restablecerse. Al final de la segunda semana ya entraba en la sala de trofeos, en la que mis tías habían vuelto a instalar la biblioteca del abuelo, compuesta por un millar de obras, que estaba casi indemne. Quizá sea exagerado llamar biblioteca a aquella colección de obras de una mediocre literatura fin de siglo, seleccionadas con indefectible mal gusto. Empezó a trabajar. Aparecieron papeles sobre la mesa vacía que determinaron el lugar del candelabro.

Al cabo de unas semanas pude comprobar que no había sido mala mi idea. Al contrario, resultó tan buena que mis tías me quitaron las tiendas de la mano. En mi siguiente visita, Ella me llevó aparte y me dijo que esperaba que no tuviera inconveniente en que mi amigo se quedara en la casa una larga temporada. Esta paz tenía que ser buena para él. Y también para ellas dos era conveniente que él estuviera allí. Debía reconocer que a veces pasaban miedo. No podía explicar por qué, pero tenían miedo, y no sólo por las noches sino también durante el día. Hasta ahora no habían hablado de ello porque no querían preocupar a nadie. Ellas conocían bien todos los ruidos. Comprobaban las puertas y el gas. Sin embargo, tenían la sensación de que las amenazaba un peligro, un fuego, o de que alguien las espiaba que rondaba la casa, y no era un animal. Me lo decía riendo. Desdé luego, mi amigo no era un forzudo para protegerlas, todo lo contrario, era una persona frágil, no obstante, desde que él estaba en la casa se sentían más tranquilas. Y, si yo necesitaba la casa para mis diversiones, o pensaba venir de vacaciones con mi familia, podía elegir entre todas las demás habitaciones, tanto las del primer piso como aquí, en la planta baja. No hacía falta que me dijeran que todo era mío. Por eso querían mi aprobación.

Mencionó también ciertas ventajas materiales. Esto me divirtió. Yo sabía que las finanzas de mi amigo estaban más que deterioradas. La suma que pagaría por la habitación era puramente simbólica. De la comida ni se habló. Al fin y al cabo, ellas comían lo que cultivaban en su huerto. Si acaso, a partir de ahora habría menos excedentes para nosotros. En resumen, se habían encariñado con él y querían dar a su afecto un marco convencional y una base material. Habían hecho extensiva a mi amigo su idolatría por mí. Y es que él encarnaba su ideal mejor que yo. Durante aquellos tres años, él no había recibido más que cinco inocentes visitas. Mientras ellas trajinaban por la casa o por el huerto, él trabajaba en su habitación en completo silencio. Desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde no se oía nada. Comía poco y se acostaba temprano. Pero gozaba de las pequeñas cosas, ya fuera un guiso nuevo, una salida de sol en invierno o una planta que florecía tardía e inesperadamente. Las ayudaba en los trabajos más pesados. Partía leña, acarreaba abono, serraba madera y hacía pequeñas reparaciones. Y, lo más importante, las escuchaba no sólo con paciencia sino con verdadero interés.

Su estancia en la casa, que se había descrito como transitoria, había despertado en el pueblo extrañeza y curiosidad. Mis tías contaban que la gente les pedía permiso para mirar por la ventana de su habitación cuando él no estaba. Sin duda querían averiguar qué puede hacer una persona completamente sola entre cuatro paredes. Él no se enteraba, pero comprendía lo anómalo de su situación. Un día me dijo que le parecía que mis queridas tías leían su manuscrito, y que temía que ello les hiciera desconfiar. En otra ocasión, comentó que, cuando, a las tres de la tarde, se levantaba de su escritorio, cualquiera podía ver lo que había escrito. Y que tenía la sensación de andar desnudo entre la gente. Y el presentimiento, agregó riendo, de que el día menos pensado lo matarían como a un perro rabioso. La gente no sabía qué pensar de sus largos paseos solitarios. Más de una vez, un guarda lo seguía a distancia, y él lo había notado, naturalmente. El párroco fue la primera persona del pueblo con la que hizo amistad. Las viejas lo llamaban el hombre de la sonrisa.