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La policía dedujo que tenían que haber sido tres los motoristas. En su opinión, tanto la buena visibilidad del lugar como las claras marcas dejadas por los neumáticos reducían al mínimo la posibilidad de que se tratara de un accidente. Su cuerpo estaba en la arena, más cerca del agua que del muro de piedra. Cuando el agua se retira tanto, el lecho del río queda al descubierto. Inmediatamente al lado del agua se extiende una ancha franja de arena, a la que sigue otra más estrecha de lodo y guijarros, más pequeños cuanto más próximos a la orilla. Él estaba echado en la toalla boca arriba. Tenía la cabeza sobre la franja de lodo. Probablemente, dormía. Antes había nadado o, por lo menos, se había bañado. Dijeron que tenía mojado el bañador. Los tres motoristas rodaban en paralelo a una velocidad de unos cuarenta kilómetros por hora, por la orilla ligeramente inclinada, pedregosa y agrietada por la sequía. Teóricamente, no se puede ir a mayor velocidad por un terreno semejante. Venían en sentido contrario a la corriente. Al mismo tiempo, bajaba por el río un remolcador con su tren de barcazas. A aquella hora, aún no podía haber llegado al embarcadero. También las márgenes debían de estar desiertas. En esta época del año ya no quedan veraneantes. Los vecinos del pueblo sólo se acercan al río para buscar algún ganso extraviado o para lavar los caballos. En el embarcadero tampoco acostumbra a haber nadie. A unos sesenta metros del cuerpo, dos de los motoristas debieron de dar gas. Los técnicos no se ponían de acuerdo sobre la intensidad de la aceleración. El tercero los imitó a unos cuarenta metros; quizá estaba indeciso o quizá fue el único que vio el cuerpo. De todos modos, le pasó por encima de las piernas. El del centro le aplastó el tórax y cayó al suelo. Él y la moto resbalaron un buen trecho sobre el lodo endurecido. El tercero saltó desde una piedra directamente a la cabeza de mi amigo. El que se había caído, una vez volvió a subir a la moto, dio una amplia vuelta alrededor de la víctima, probablemente para contemplar la escena, y siguió a sus compañeros. La muerte completó el trabajo al cabo de unos diez minutos. Como uno había quedado atrás, seguramente los otros dos volvieron la cabeza más de una vez; en un trecho de unos treinta metros, sus huellas se ondulaban y entrecruzaban. Después, volvían a discurrir en paralelo río arriba hasta el embarcadero, donde los motoristas habían virado y entrado en la carretera asfaltada en fila india. Entretanto, el remolcador había llegado al embarcadero. El maquinista había visto a los tres motoristas desde la cubierta. No podía decir sino que eran jóvenes, quizá adolescentes. Después vio también un cuerpo en la orilla, pero no le llamó la atención.

Cuando yo llegué, avisado por mis tías, la policía ya había terminado de tomar fotografías y huellas. Anochecía. Pusieron su cadáver en una camilla improvisada y se lo llevaron. Yo caminaba a su lado. Sólo una vez miré lo que quedaba de él. Le colgaba un brazo y sus dedos casi rozaban el suelo. Me hubiera gustado tomarle la mano y ponérsela en su sitio. Pero ni a eso me atreví.

Cuando el agua está baja, los jóvenes del pueblo acostumbran organizar una especie de competiciones de motocross en la orilla. Se investigó inmediatamente a todos los motoristas de los alrededores. No se encontraron indicios sospechosos. Además, a aquella hora, los hombres del pueblo que tenían o utilizaban moto aún no habían vuelto del trabajo. Sólo uno, un panadero de mediana edad, salió camino del horno dos horas después, pero había razones que lo eximían de sospecha. El camping situado a un extremo del pueblo ya está cerrado en esta época del año, pero aún quedaba algún que otro excursionista. Ninguno había visto a jóvenes en moto. Oficialmente, la investigación no está cerrada, pero al cabo de tres años ya no cabe esperar novedades. Desde el primer momento, el inspector de policía encargado de la investigación pensó que los culpables tenían que ser jóvenes gamberros beodos. Y en el pueblo nadie conocía las tabernas y los bares de los alrededores mejor que él. Buscaba a tres jóvenes que aquel día hubieran salido borrachos de uno de esos establecimientos. O tres motos aparcadas a la puerta de uno de ellos. Hasta el día del entierro, también yo me inclinaba a creerlo así.

Vince Fitos, el párroco protestante, enterró a mi amgio en el cementerio del pueblo. Las hojas secas susurraban mientras él hablaba. Era un día de otoño plácido, cálido y oreado que olía a humo. Al entierro fue mucha gente. Unas ancianas cantaron salmos junto a la tumba. Yo miraba las caras. La del párroco que, muy afectado, se sorbía las lágrimas. Contemplaba también la tristemente célebre casa situada al pie de la colina del cementerio en la que, para atender al creciente turismo, se había abierto un hostal. El recuerdo de sus antiguas habitantes fue inmortalizado por la voz popular que dio al establecimiento el nombre de «La csárda de los tres coños». Hasta nosotros llegaba el ruido de platos y el olor a cocina grasienta que traía el viento.

Y entonces tuve una idea, mejor dicho, una intuición. Me aferré a ella con ansia. Si habían sido unos borrachos, el hecho debía considerarse una vergonzosa casualidad. Y no tendría explicación.

No llegaba ni a sospecha. Era muy tenue la idea como para poder fabricar con ella un hilo que pudiera conducir a un indicio. Además, yo no tenía el deseo de atribuirme el papel de sagaz detective. Pero cuando la muerte nos visita queremos encontrar una explicación.

Al otro lado de la tumba había un muchacho pálido vestido con un traje oscuro un poco desteñido. Yo lo conocía, porque mis tías compran la leche en su casa desde hace años. De vez en cuando se estremecía como si tratara de reprimir los sollozos. Y entonces, involuntariamente, cantaba con voz más fuerte. Era uno de los dos frustrados suicidas. Al otro, que no estaba en el entierro, lo había dejado mudo la laringotomía que habían tenido que hacerle. Yo lo conocía de vista, era una celebridad local, hijo de una madre soltera que no llegaba al metro y medio de estatura.

No se sabía quién era el padre. La enana siempre había trabajado en la Taberna Vieja, fregaba cacharros en el mostrador, subida a un taburete. Decían las malas lenguas que se acostaba con los borrachos en la trastienda hasta que quedó embarazada. Y, a pesar de su mala fama, ni su estado ni el nacimiento de la criatura hicieron que se desatara contra ella el furor moralizante del pueblo. Aún hoy se comentan jocosamente sus andanzas. La mujer dio a luz un niño normal y a partir de entonces fue una madre modelo. El niño crecía, alto y guapo, y, a pesar de las circunstancias de su nacimiento, el pueblo veía en él la prueba viva de los arcanos de la naturaleza. Por ello, nadie veía con malos ojos que fuera amigo del hijo de uno de los ricos campesinos del pueblo. Los dos eran uña y carne y los líderes de la chiquillería local. No pudo separarlos ni la circunstancia de que el hijo de la enana iniciara la formación de carnicero y el otro fuera al instituto. Daba la impresión de que habían querido suicidarse juntos para que su amor por la misma muchacha no los convirtiera en rivales. Una actitud noble. Dos animales machos en los que el elemental instinto amoroso había resultado más débil que el sentimiento de amistad.