Todos conocemos esas extrañas reconciliaciones que en realidad sólo sirven para prolongar las hostilidades. Después, los dos caminaron bajo la nieve con las manos en los bolsillos y el cuello del grueso abrigo levantado, sin mirarse, mudos, aparentemente tranquilos, sintiendo apelmazarse la nieve bajo sus pies.
El amor propio les obligaba a aparentar una calma risueña, pero se mantenían a la defensiva, luchando por dominarse, y esta crispación era lo único que tenían en común, su único vínculo, que no podía romperse porque ninguno de los dos quería reconocer explícitamente la causa de su malestar.
Mientras esperaban el metro en la Senefelderplatz, ocurrió algo curioso.
Faltaban diez días para mi regreso a casa, pero no habíamos vuelto a hablar de mi marcha.
La estación estaba desierta y, como es sabido, estas estaciones del metro, destartaladas y frías, llenas de ecos y corrientes de aire, que también aparecen en mi relato de ficción, están muy mal iluminadas, para no decir completamente a oscuras.
En el extremo opuesto del andén aguardaba otro pasajero, un tipo escuálido y aterido.
Era joven, de aspecto descuidado y huraño, pero lo que más llamaba la atención era su gesto de frío; tenía el cuello encogido, los brazos pegados al cuerpo y las manos entre los muslos y se empinaba sobre las puntas de los pies, como para evitar el contacto con el suelo; de los labios le colgaba un cigarrillo, y la brasa que se avivaba a intervalos era la única nota grata de toda la figura.
El largo túnel estaba vacío y mudo, aún no se oía ni un murmullo lejano que anunciara la llegada del tren, y ya se me hacía tarde; para completar mi descripción del montaje de la obra, no podía perderme ni un minuto del estreno, que coronaba el trabajo de muchos meses.
De repente, el chico vino hacia nosotros, con el cigarrillo en la boca.
Es decir, fue directamente hacia él. Yo pensé que debían de conocerse de algo, lo cual no parecía probable, vista la facha del individuo.
Tuve un mal presentimiento.
Sus pasos no se oían, tenía movimientos elásticos, como si cada vez que ponía el pie en el suelo proyectara su cuerpo no sólo hacia adelante sino también hacia arriba, y quizá lo inquietante era que no apoyaba todo el peso del cuerpo en el talón sino en la punta del pie, lo que le daba a su avance un aire felino; calzaba unas alpargatas deshilachadas, sin calcetines, y a cada paso le asomaban los tobillos por los bajos del pantalón.
La compasión por los desfavorecidos suele estar envuelta en un grueso abrigo.
Llevaba un pantalón estrecho, corto y agujereado en las rodillas y una chaquetilla de cuero rojo de imitación, endurecido por el frío, que crujía a cada movimiento.
Hasta aquel momento, él había estado de espaldas al desconocido y no se volvió hasta oír los crujidos del plástico, que resonaban con fuerza en la estación.
Moviendo los hombros con un elegante gesto de indiferencia, se volvió hacia el chico, que se paró y se quedó mirándolo con una expresión extraña, alerta y agresiva a la vez, de loco.
Aquí podría hablarse de la noche en los parques, donde, a la sombra de los árboles, es más negra la oscuridad; donde seres anónimos, ansiosos de contactos carnales, emiten sus señales con las brasas de sus cigarrillos.
¿Cabe más abyección que el instinto animal del hombre?
No se apreciaba claramente qué miraba, quizá el cuello.
No estaba borracho.
Parecía que una perilla le sombreaba el mentón, pero al acercarse se vio que aquella mancha oscura no era pelo, sino quizá una repulsiva enfermedad de la piel, una marca o un morado debido a un puñetazo o una caída.
Melchior no palideció.
Pero la expresión que adoptó, de total falta de interés por el mundo, reflejaba un cambio interior que podría describirse como un empalidecimiento.
Y aquel cambio de expresión indicaba que no conocía al chico pero había descubierto en él algo muy importante, algo que esperaba desde hacía tiempo pero que no por esperado dejaba de sorprenderlo, ni por deseado de causarle aprensión, como un pensamiento liberador o un impulso irresistible, pero que no quería revelarme, y por eso aparentaba indiferencia.
Pero entonces se delató al lanzarme una mirada fría y fulminante con la que me decía que aquello no era asunto mío, como si yo hubiera cometido una grave indiscreción o una ofensa irreparable y, con una voz ronca y amenazadora, casi sin mover los labios, como hurtando palabras a la insistente mirada del chico, me dijo: ¡lárgate!
Entonces pensé que quería vengarse.
¿Qué sucede?, pregunté, desconcertado.
Lárgate, lárgate, siseó apretando los dientes y, con la cara muy colorada, sacó rápidamente un cigarrillo del bolsillo, se lo puso entre los labios y fue hacia el chico.
Éste lo esperaba en actitud combativa, de puntillas y con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.
Yo no sabía a qué venía aquello, pero no me sorprendía el cariz que estaba tomando y tenía la seguridad de que acabaría a golpes; no había nadie más en la estación, barrida por un viento que olía a sótano.
Ahora él estaba muy cerca del chico, inclinándose sobre el ciga rrillo encendido y diciendo algo que hizo que el otro no sólo se dejara caer sobre los talones sino que diera unos torpes pasos hacia atrás. Pero él lo siguió, se le puso casi encima, y entonces me pareció que si a alguien tenía que defender sería al chico, pero no podía verlo porque él me lo tapaba con su cuerpo.
Era como si un loco hubiera encontrado a otro más loco todavía; cuando él volvió a hablar con vehemencia, el chico ladeó el cuerpo, indeciso y, con ademán rápido y servicial, se quitó el cigarrillo de los labios y le dio lumbre con una mano que le temblaba.
El temblor de la mano hizo que la brasa se desprendiera y cayera al suelo.
Sin mirarla, el chico empezó a hablar atropelladamente, estuvo hablando un buen rato en voz baja, yo sólo pude oír que hablaba del frío, frío, frío, resonó varias veces en la oscura estación. El tren ya retumbaba en el túnel.
Y entonces, bruscamente, se disipó, se extinguió, el furor que parecía dominar a Melchior.
Había terminado.
Metió la mano en el bolsilo y puso unas monedas en la mano extendida del chico, giró sobre sus talones y vino hacia mí con gesto de decepción y paso cansino.
Mientras se acercaba, arrojó el cigarrillo y lo pisó con rabia.
Ahora sí había palidecido; cuando llegó a mi lado estaba furioso, humillado y desesperado.
Yo miraba al chico, como si su solo aspecto pudiera darme una explicación, pero él, apretando con una mano el dinero que había mendigado y aplastando el cigarrillo apagado con la otra, volvió a alzarse sobre las puntas de los pies y me miró con gesto de desafío, de tristeza y de reproche, como si de todos sus males tuviera yo la culpa, y ahora mismo iba a zurrarme y estrangularme.
Y en una fracción de segundo lo hubiera intentado.
Qué miras tú, es que quieres taladrarme con los ojos, me gritó con una voz chillona que ahogó el ruido del tren que llegaba.
Es que te has creído, es que os habéis creído que conmigo vais a poder hacer eso.
Y en público, gritaba, querer comprarme en público.
Y doblando el cuerpo se lanzó hacia adelante, como un corredor en el sprint final.
No había tiempo para pensar.
En una momentánea pausa entre grito y grito, Melchior abrió la puerta del vagón más próximo, me empujó al interior y saltó detrás de mí; mirábamos al energúmeno atónitos, andando hacia atrás.
¿Creéis en el perdón?
Nos retirábamos hacia el interior del coche, pero la cortante voz de la locura se abría paso por entre los tranquilos pasajeros.
El perdón no se compra con unas monedas.
Una cara enorme, desfigurada por granos purulentos, un pelo rubio y rizado como el de un niño, pegado a la frente por la humedad, unos ojos azules, que no comprendían y que estaban más allá de la desesperación y el furor.