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Por su boca gritaba un dios extraño, al que debía llevar siempre consigo.

Mientras nosotros retrocedíamos amparándonos entre los curiosos pasajeros, de otro coche bajó una cobradora que, lentamente, empezó a caminar a lo largo del tren, con la mano en la cartera que llevaba colgada del cuello, sin inmutarse por los gritos. «Pasajeros al tren», dijo con voz apática, a pesar de que en el andén no había nadie más que el chico; ¿de dónde sacaba aquella mujer tanta calma y disciplina?

Imperturbable, la cobradora se limitó a apartar al que vociferaba.

El chico se tambaleó, pero, a fin de conseguir ni que fuera un triunfo mínimo, una pequeña satisfacción, para desquitarse de tanta humillación, antes de que se cerrara la puerta, nos arrojó a la cara su cigarrillo apagado y aplastado; el dinero, no, desde luego, pero no acertó, y el sucio residuo del pequeño incidente cayó a nuestros pies.

Cuando los pasajeros se desentendieron de nosotros y dejaron de mirarnos con curiosidad y reproche, ávidos de escándalo, tratando de leernos en la cara lo que habíamos hecho a aquel infeliz, le pregunté qué había ocurrido.

Él no contestó. Estaba quieto, desencajado, la mano con que se sujetaba le ocultaba los ojos, no me miró.

No hay nadie que sea tan cuerdo como para que no le afecten las palabras de un loco.

En aquel momento, a su lado, colgado de la correa, entre el indiferente estrépito mecánico del metro, yo me sentía al borde de la locura.

Ruedas. Raíles.

Apearme en la siguiente parada, arrojarme bajo las ruedas y dejar atrás todo, absolutamente todo.

A pesar de que no tenía valor ni para tomar las tabletas.

Porque aquello no era la locura, ni siquiera el umbral de la locura.

En aquellos años me faltaba perspectiva; cada una de mis palabras, cada uno de mis movimientos, de mis secretos deseos, objetivos, afanes y propósitos estaban orientados a buscar la satisfacción, la paz de espíritu y la redención en el cuerpo de los demás.

Me faltaba perspectiva, la espléndida perspectiva de la locura de divinidades extrañas, porque lo que a mí me parecía locura o pecado no era el caos de la Naturaleza, sino la prueba de los ridículos convencionalismos de mi educación y de los confusos sentimientos de mi juventud.

O a la inversa, me faltaba la perspectiva de la divinidad misericordiosa, justa, redentora y única, porque lo que yo sentía como un toque de gracia no era fruto de un magnífico orden divino, sino de mis mezquinas maquinaciones y argucias.

Yo creía poder desterrar de mi vida la sensación de irrealidad; era un cobarde, un estúpido hijo de mi tiempo, un oportunista que explotaba su propia vida y creía que la ansiedad, el miedo y la indefensión podían rehuirse o, por lo menos, apaciguarse mediante ciertas facultades del cuerpo.

Pero ¿cómo se puede entender de las cosas cercanas de los hombres ignorando las cosas lejanas de los dioses?

La mierda nunca llega hasta el cielo; sólo se acumula, se seca y se f desmorona.

Le repetí la pregunta al oído, qué había sido aquello, qué estaba esperando, repetí la pregunta con insistencia, aunque hubiera debido callar y tener paciencia.

Cansado de cuchicheos, me respondió en voz alta y seca que lo que había pasado ya lo había visto yo, que había pedido fuego y había ido a dar con un idiota.

Entonces me acordé de mi hermana pequeña, a la que no había vuelto a ver y sentí su pesado cuerpo en mi cuerpo.

Soy una casa con todas las puertas y las ventanas abiertas de par en par, una casa en la que cualquiera puede mirar y entrar, quienquiera que sea, de dondequiera que venga, adondequiera que vaya.

No puedo seguir soportando tus mentiras.

Él no contestó.

Si no me contestaba, me bajaría en la próxima parada y no volvería a verme.

Entonces él movió el brazo con el que se sujetaba y me golpeó la cara con el codo.

Por la ventana abierta se veía la tarde de primavera.

Por fin llegó el día del estreno. Había empezado a nevar por la tarde, copos húmedos, blandos, densos, perezosos, que el viento impulsaba y arremolinaba.

La nieve cubría los tejados, el césped del parque, las aceras y la calzada, pero pies presurosos y ruedas rápidas no tardaban en trazar en ella sendas oscuras.

Ibamos al estreno.

Había llegado pronto la nieve, aunque nuestro álamo ya se había desprendido de sus últimas hojas, las copas de los plátanos de la Wörther Platz aún estaban verdes; horas después, cuando por fin salimos para el teatro, la nieve se acumulaba sobre las ramas desnudas, borraba las pisadas y cubría los senderos; toda la ciudad estaba bajo la nieve, las copas de los plátanos tenían casquetes blancos que relucían a la luz de las farolas.

Fui a ver a Maria Stein, la única superviviente, porque quería preguntarle a cuál de los dos hombres tenía que considerar mi padre, algo que, en el fondo, me era indiferente.

La maleza del año anterior llegaba hasta las caderas; en la escalera del embarcadero estaban sentados unos hombres desnudos de cintura para arriba, para mitigar el calor del sol de la tarde.

El agua se deslizaba perezosamente, formando pequeños remolinos a sus pies, y en la isla amarilleaban las hojas de los sauces que se reflejaban en el agua.

No podía ser domingo porque al otro lado, en el astillero, había actividad, repique de martillos, traqueteo de máquinas y rechinar de grúas.

Por un sendero paralelo a la vía del tren fui hasta la estación del muelle Filatori; sabía que habían traído aquí el cadáver de mi padre y que lo habían dejado en el banco de la sala de espera hasta que vino el furgón a recogerlo.

La sala de espera estaba fresca y vacía, seguramente, habían barrido el suelo con serrín empapado en aceite; entró un gato que me pasó rozando como una sombra; al fondo, junto a la pared, estaba el largo banco.

Detrás de la reja de la ventanilla se movió la cortina y asomó la cara una mujer.

Gracias, no quiero billete.

Entonces, qué hacía allí.

Yo estaba seguro de que aquella mujer habría visto al muerto o, por lo menos, oído hablar de él.

Esto no era un casino sino una sala de espera reservada a los viajeros, por lo que, si no tenía intención de viajar, debía marcharme.

Al final, me faltó valor para preguntar a María Stein cuál de los dos hombres era mi padre, y después sería inútil que indagara en mi cara y en mi cuerpo delante del espejo, buscando un parecido.

También en Heiligendamm, delante del espejo de la habitación del hotel, quería averiguar la procedencia de mi físico y la identidad de mi espíritu, pero mi cuerpo desnudo se me antojaba un traje que no era de mi medida, y los policías no llamaban a la puerta porque quisieran interrogarme acerca de la huida de Melchior sino, sencillamente, porque mi cara magullada había despertado las sospechas del portero del hotel que había tenido que abrirme la puerta a hora tan intempestiva, y el hombre me había denunciado.

De madrugada había amainado el viento.

Yo no pensaba sino que tenía que negar hasta que conocía a Melchior.

Tuve que identificarme, pregunté el motivo de su presencia allí, ellos me ordenaron recoger mis cosas y me llevaron a la comisaría de Bad Doberan.

Se oía rugir el mar, a pesar de que apenas hacía viento.

Sentado en el frío calabozo, desafiar a la suerte y confesar que mi amigo había sido asesinado por el criado del hotel.

Cuando me devolvieron el pasaporte, con sus disculpas y la invitación a abandonar el país lo antes posible, perversamente, pensé en contarles, a modo de despedida, las circunstancias de la huida de Melchior y, además, convencerles de que el criado del hotel había sido ejecutado siendo inocente, porque el asesino era yo.

El mar se había calmado, las olas lamían la orilla y yo esperaba mi tren.

Y como aquel solitario banco de la sala de espera tampoco me decía mucho, salí de la fresca estación al cálido sol de primavera.