Después, por el ruido, le pareció que levantaban la reja de una alcantarilla o una trampa de hierro con bisagras, y la hicieron bajar por una escala a una especie de cisterna.
En ninguna de las casas que utilizaba la Seguridad del Estado había algo así, le daban un trato especiaclass="underline" no debía adivinar dónde estaba.
Caminaron con agua hasta la rodilla, luego subieron unos peldaños y a su espalda se cerró una puerta metálica.
No se oía nada, con las manos esposadas se arrancó la venda de los ojos pensando que así, poco a poco, se acostumbrarían a la oscuridad.
Transcurrieron varias horas, ella palpaba el suelo mojado, era un lugar grande, cada movimiento despertaba eco.
Gritó, para averiguar, por lo menos, la altura del techo.
Se abrió la puerta de hierro, entró gente, pero seguía estando oscuro, ella retrocedió, trató de rehuirles, ellos la seguían, eran dos, empezaron a dar vueltas a su alrededor, agitaban porras de goma, ella consiguió esquivar los golpes durante un rato.
Cuando volvió en sí estaba tendida en un sofá tapizado de seda.
Parecía un palacete barroco, no tenía ni idea de dónde se encontraba.
El instinto le dijo que fingiera dormir, poco a poco recordó lo sucedido. Ya no tenía puestas las esposas; esto la desconcertó y se sentó.
Seguramente, la observaban porque en aquel momento se abrió la puerta de la sala y entró una mujer con una taza en la mano.
Parecía que era por la tarde.
El té estaba tibio.
Agradeció el té, pero mientras bebía tuvo la impresión de que la mujer la observaba de un modo extraño, y también el té tenía un sabor extraño.
La mujer le sonrió, pero sus ojos seguían fríos y la observaban atentamente.
Sabía que ellos probaban toda clase de sustancias, y al pensarlo trató de identificar aquel curioso sabor del té tibio, pero esto era todo lo que recordaba.
El siguiente recuerdo era que se encontraba muy mal; todo le parecía enorme, los objetos se difuminaban y, en cuanto ella trataba de enfocarlos con la mirada, volvían a crecer; dedujo que debía de tener mucha fiebre.
Dentro de su cabeza sonaban frases incoherentes.
Le parecía estar gritando, y cada palabra le causaba un dolor tan fuerte que al final tuvo que abrir los ojos. Delante de ella había tres hombres. Uno tenía una cámara fotográfica en la mano y, tan pronto como ella los miró, empezó a disparar, y ya no lo dejó.
Ella los increpó, exigió que le dijeran quiénes eran, qué querían, dónde se encontraba y por qué se sentía mal, y que le trajeran a un médico, trató de levantarse de la cama, una especie de sofá arrimado a una pared de una sala soleada y llena de espejos, pero los hombres no decían nada, la esquivaban y el de la máquina no paraba de hacer fotografías mientras ella les gritaba.
Al principio dejó de sentir las piernas, se tambaleó, se sujetó a una silla, quería quitar la cámara al hombre, pero él retrató también su intento. Entonces los otros dos empezaron a darle puñetazos y puntapiés, mientras el tercero seguía fotografiando.
Esto ocurrió al segundo día.
Al tercer día la subieron de la cisterna atada a una cuerda, habían vuelto a vendarle los ojos y ella se daba golpes con la escala de hierro, pero era un consuelo saber por lo menos dónde se encontraba, y saberlo con seguridad, porque oyó la puerta metálica.
Siguió un viaje largo, no le dieron de comer ni de beber ni le permitieron ir al lavabo, y ella estaba tan débil que se orinó encima.
Crujió la grava bajo los neumáticos y el coche se paró, con un leve zumbido, se abrió una puerta metálica y entraron en un espacio cerrado, seguramente un garaje, porque olía a gasolina y a gases; luego, con un golpe seco, se cerró la puerta.
Estaba contenta.
Si ahora la bajaban por una estrecha escalera de caracol, la llevaban por un largo corredor cuyo suelo de mosaico ella había hecho cubrir de linóleo para amortiguar los pasos y la metían en una celda que recordaba a una leñera, por fin sabría dónde estaba exactamente.
Habrían vuelto a la ciudad.
Estaría en la casa de la calle Eötvös, que ella misma había encontrado y cuyas reformas había dirigido, todo iría bien, pronto estaría rodeada de caras conocidas.
Había una escalera de caracol, pero no había linóleo en el suelo del pasillo, y había una leñera, olía a madera y al azufre del carbón mineral, pero sus manos atadas palpaban húmedas paredes de ladrillo.
Estaba echada sobre algo blando, y dormía a intervalos.
Tenía la boca tan hinchada de la sed que no podía cerrarla y la lengua áspera y pegada a dolorosas llagas.
Para mitigar el dolor, pasaba la lengua por los frescos ladrillos, pero no era suficiente su humedad.
Al fin consiguió quitarse la venda de los ojos.
No, no era la casa que ella conocía; no había esperanza.
Muy arriba vio una especie de tragaluz tapado con un simple cartón; por el borde entraba claridad y aire, de manera que no habría cristal.
Descubrió en la pared una oxidada abrazadera de tubería y contra ella estuvo frotando sus ligaduras hasta que consiguió segarlas y desatarse. Ahora tenía un trozo de cuerda, pero no le bastaba para ahorcarse, además, tampoco tenía de dónde.
Soñaba que oía una música suave que aliviaba todos sus sufrimientos, por lo que sintió despertarse, pero seguía oyendo la música, aunque ya no parecía tan dulce como antes, ahora sonaba a simple música de baile.
Debía de ser una alucinación, sabía que la sed puede provocar la locura, así que se había vuelto loca, pero no tanto como para no darse cuenta.
Muy bien, estaba loca, pero no sabía desde cuándo.
Y se daba cuenta de que iba a tener un ataque de furor como el de la otra vez, en que se había dado golpes contra la pared, a pesar de estar sin fuerzas, pero ni aun así podía parar.
La música venía de fuera, había refrescado y apenas entraba luz por las rendijas.
Debía de haber anochecido.
A partir de este momento, ya no distinguía los sueños de las alucinaciones, no sabía si las imágenes que veía eran reales o imaginarias, porque le parecía que la música había hecho brotar un manantial de la pared, al principio era apenas un hilo de agua que fue creciendo -se ha reventado una tubería, pensó- hasta convertirse en una impetuosa catarata que casi la ahoga.
Un minuto, media hora o dos días después, ya no lo sabía, despertó convencida de que todo iba bien, y metía las uñas entre los ladrillos de la pared y arañaba el cemento reblandecido por la humedad.
Sí, y consiguió trepar hasta el tragaluz, pero en aquel momento volvió a sonar la música y ella resbaló.
Volvió a intentarlo y al fin pudo rozar el borde ondulado del cartón con la punta del dedo, casi sólo con la uña.
El cartón encajaba perfectamente, pero ella estuvo hurgando hasta que cedió y cayó al suelo.
Ahora veía una terraza iluminada por farolillos de colores y gente vestida con traje de fiesta que bailaba con aquella música, y en una escalera que conducía a un oscuro parque dos hombres charlaban en una lengua extranjera con una hermosa joven.
La mujer llevaba un vestido de gasa estampada en colores vivos y estaba muy seria.
Sí al poco rato no hubieran entrado a buscarla, si no la hubieran hecho subir por aquella misma escalera, si los dos hombres y la mujer no se hubieran apartado para dejarles paso con la mayor naturalidad, si no la hubieran conducido por la terraza por entre los que bailaban, aún hoy estaría convencida de que aquella fiesta en el jardín a la luz de los farolillos venecianos había sido otra de sus alucinaciones.
Los olores, las palabras en lengua extranjera, la calidad y la forma de los objetos indicaban que habían cruzado la frontera y que se encontraban en los alrededores de Bratislava.
Primero me enseñaron la firma de tu padre, tuve que leer su declaración y después el protocolo en el que János Hámar confirmaba la veracidad y autenticidad de la declaración.
Había dos hombres sentados en butacones.