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Les dije que aquello no era verdad.

Ellos preguntaron con extrañeza por qué no había de ser verdad y entonces, hablando los dos a la vez, describieron en son de burla y en los términos más obscenos mis relaciones con los dos.

O han mentido, o los habéis torturado como a mí, o se han vuelto locos, no puede haber otra explicación ni puedo decir más.

En la mesa había un vaso con agua.

Uno de los hombres dijo que el protocolo del interrogatorio estaba redactado; si firmas, podrás beber.

Si no ha habido interrogatorio, dije, cómo voy a firmar.

Entonces el otro hizo una seña y me sacaron por una puerta lateral.

Después de cerrar la puerta, me golpearon, me metieron en una bañera, dejaron correr el agua caliente, rae golpearon en la cabeza con la ducha y me gritaron que era una espía y una traidora, toma, bebe, golfa.

Recobré el conocimiento en el sótano, y otra vez me llevaron arriba.

No debía de haber transcurrido mucho tiempo, porque aún tenía la ropa completamente mojada y seguía sonando la música.

Pero esta vez no me llevaron por la terraza sino por la escalera de caracol, el garaje y, probablemente, la puerta principal.

Me hicieron entrar en una habitación minúscula en la que no había más que un gran escritorio, un sillón y una silla.

En el sillón, detrás del escritorio, iluminado por una luz muy agradable, estaba sentado un joven rubio. También aquí se oía la música.

Cuando entré, se levantó manifestando una alegría desmesurada, como si llevara mucho rato esperándome, me saludó en francés, me ofreció asiento en francés y se indignó en francés por la forma en que se me había tratado, contraviniendo sus expresas instrucciones.

Podía estar segura de que, a partir de este momento, todo sería distinto.

Le pregunté por qué teníamos que hablar en francés.

Lo gracioso es que parecía sincero, y esto hizo que naciera en mí la esperanza de que quizá al fin había ido a caer en buenas manos.

El abrió los brazos en ademán de disculpa y dijo que el francés era la única lengua en la que podíamos entendernos, y era indispensable que nos entendiéramos.

Yo insistí, ¿cómo sabía él que yo hablaba francés?

Cuando, en mayo del treinta y cinco, su amigo salió de la cárcel, ¿no es verdad?, y le reveló que la policía secreta lo había reclutado, ¿no es verdad?, y usted olvidó informar de este hecho importante, ¿no es verdad?, los dos se fueron a París, y no regresaron a Hungría hasta después de la ocupación alemana, por órdenes del partido y con pasaporte falso, si no me equivoco.

A grandes rasgos así fue, sólo que mi amigo no fue reclutado por ninguna policía secreta y, por lo tanto, no podía revelarme tal cosa ni yo tenía nada de que informar, y nos fuimos a París porque aquí no teníamos trabajo ni podíamos comer.

No deberíamos perder el tiempo en discusiones inútiles, dijo el hombre, más valía ir directamente a lo que importaba.

Había recibido el honroso encargo de transmitir un ruego, y subrayó «ruego», que el camarada Stalin hacía a la camarada Stein. Un ruego que podía expresarse con cinco palabras:

Maria Stein, no seas obstinada.

Ella tuvo que pensar mucho, porque aquel tercer día ya nada le parecía imposible, y mientras contemplaba la cara del joven rubio le pareció que toda su vida había estado esperando aquel ruego.

Si así están las cosas, dijo, Maria Stein debe hacer saber al camarada Stalin que, dadas las circunstancias, no puede satisfacer su ruego.

Su respuesta no pareció sorprender al joven rubio.

Se inclinó sobre la mesa, movió la cabeza de arriba abajo y la miró largamente, después preguntó en voz muy baja y muy amenazadora si Maria Stein imaginaba que pudiera existir un loco que estuviera dispuesto a transmitir una respuesta semejante.

Brillaban las estrellas en el cielo de primavera, había refrescado.

Al fin tuve que levantarme, ella se levantó a su vez, crucé la habitación, pero ella me seguía sin dejar de hablar.

Salí al recibidor, ella hablaba, abrí la puerta, miré a uno y otro lado, ella hablaba sin bajar la voz.

Cuando cerré la puerta y me alejé por el corredor, me parecía seguir oyéndola, bajé la escalera corriendo y salí al camino que conducía a la vía; un tren iluminado y vacío tomaba la curva chirriando.

Se había hecho tarde.

La luz amarillenta de las farolas ponía un fulgor suave y festivo en toda aquella blancura.

El reflejo de la nieve iluminaba y ensanchaba el cielo, los sonidos se amortiguaban y, en lo alto, por los bordes transparentes de las oscuras y pesadas nubes, asomaba de vez en cuando la fría cara de la luna.

Serían poco más de las doce cuando llegué a la casa de la Wörther Platz.

En la amplia escalera me sacudí la nieve de los zapatos, pero no encendí la luz.

Como si aún a estas horas pudiera salir alguien a preguntarme qué buscaba allí.

Palpé la cerradura y metí la llave sigilosamente.

No quería despertarlo si dormía.

La puerta se cerró suavemente en la oscuridad, fue el único sonido.

Procurando no hacer crujir el suelo, casi había llegado al perchero cuando desde la habitación él me gritó que no dormía.

Me pareció que si había dejado abierta la puerta no era para esperarme.

Pero tampoco quería fingir que dormía, no rehuía nada.

Colgué el abrigo y entré.

Producía una sensación grata llevar a aquella habitación el frío de la nieve y el olor del invierno.

El somier rechinó ásperamente y, aunque no se veía nada, comprendí que se había movido para hacerme sitio.

Me senté en el borde de la cama.

Callamos, y era un silencio pesado, ahora había que hablar de lo que fuera, no importaba de qué.

Entonces él dijo con voz ronca que le perdonara por el codazo, que estaba avergonzado y quería darme una explicación.

Yo no quería explicaciones, no me sentía preparado, y le pregunté si le había gustado la función.

No podía afirmar que le hubiera gustado, pero tampoco lo contrario: no le había dicho nada, fue su respuesta.

¿Y Thea?

No estuvo mal, sin duda seguía siendo la mejor, dijo de mala gana, pero no podía ni admirarla ni desdeñarla, nada.

Le pregunté por qué había escapado.

No había escapado, sólo quería irse a casa.

Pero por qué no me había esperado, por qué me había dejado plantado, pregunté.

Se había dado cuenta de que ella y yo nos necesitábamos y no quería estorbar.

No podía dejarla sola, dije, Arno la había abandonado, se había marchado aquella mañana sin dejarle ni un miserable lápiz, ni un pañuelo, pero no por mi causa.

Los dos callábamos, él echado y yo sentado, en la oscuridad.

Bruscamente, como si no me hubiera oído o no le importara la noticia, que pertenecía a una vida ajena que le era indiferente, prosiguió donde yo le había interrumpido: quería contarme algo, algo muy simple y muy complicado a la vez, y aquí no podía, y me rogaba que saliera con él a dar un paseo.

¿Un paseo ahora, con este frío?

Ahora.

Y no hacía tanto frío.

Con paso lento y sosegado, como personas que tienen tiempo, fuimos hacia la Senefelder Platz, cruzamos la silenciosa Schónhauser Allee, y donde la Fehrbellineer Strasse desemboca en la Zionskircheplatz nos desviamos por la Anklamerstrasse y torcimos por la Ackerstrasse, donde acaba el camino.

En nuestros paseos nocturnos, nunca habíamos tomado este camino, que acaba en el Muro.

Mientras paseábamos, yo contemplaba las calles y las casas con un interés distante, como si éste fuera el escenario de mi novela, no el de mi propia vida.

Exploté a fondo la sensación, recreándome en un pasado imaginario que, cuando menos, me evitaba sentir el presente excesivamente cerca.

En este punto, el Muro parece la tapia de ladrillo de un viejo cementerio y, al otro lado, en la tierra de nadie sembrada de minas e iluminada por focos están las ruinas de una iglesia destruida durante la guerra, la Reconciliación.