Era bello ver cómo el claro de luna se filtraba por el descarnado costillar de la torre a la nave abierta y arrancaba un fulgor mortecino a los fragmentos de vidrio del rosetón. Bello, sí, muy bello.
Los dos amigos miraban a la luna.
Un poco más allá, los pasos de un guardia chasqueaban en la nieve húmeda.
Veían la garita y veían al guardia, que daba cuatro pasos hacia adelante y cuatro hacia atrás, y el guardia los veía a ellos.
Todo aquello era tan extraño que casi había olvidado que Melchior quería contarme algo que me daba mala espina.
Suavemente, dejó descansar el brazo en mi hombro, tres fuentes de luz iluminaban su cara, la luna, las farolas amarillas y los reflectores, y ninguna proyectaba sombras porque el reflejo de la nieve las borraba, pero no había mucha claridad, sino más bien una oscuridad con matices distintos.
En resumidas cuentas, me voy a Occidente, dijo en voz baja, todo está arreglado, ya he pagado las dos terceras partes, doce mil marcos, hace diez días que espero el aviso.
Recibiría una llamada telefónica, después debería salir a dar un paseo, alguien lo seguiría, se le acercaría un hombre fumando un cigarrillo, él debería pedirle fuego y el hombre le diría que había olvidado el encendedor en casa pero que con mucho gusto le ayudaría.
Era una suerte que se hubiera ido del teatro, porque cuando llegó a casa estaba sonando el teléfono.
Por eso había pedido fuego a aquel desgraciado y luego tenía la impresión de haberlo echado todo a perder, porque la llamada no llegaba y estaba nervioso, yo debía comprender lo difícil que era para él dominarse con aquella tensión, y se le había escapado aquel codazo, me rogaba que le disculpara.
No sé en qué momento retiró su brazo de mis hombros.
Pero por qué precisamente aquí, susurré, por qué aquí, anda, vamonos.
El guardia no se acercaba, pero a cada cuatro pasos se paraba y nos miraba.
Todavía estoy en casa, dijo con su voz de siempre.
En casa, repetí.
Y me contaba todas estas cosas sin temor, porque no iba a hacer lo que había pensado en un principio. No se iría sin decir nada. Aparte de mí, no se despediría de nadie, del piso no tocaría nada, había hecho testamento, aunque todo lo que tenía sería confiscado, que se lo quedaran, no le importaba, por eso era un testamento simbólico y me rogaba que no lo leyera hasta después de su marcha.
Quizá aún fuera a ver a su madre, pero tampoco le diría nada, me agradecería que lo acompañara, si no era mucho pedir, así le sería más fácil callar. Dentro de tres días le darían más detalles y entonces ya no quedaría tiempo para nada.
Por eso hablaba ahora.
Ni siquiera sé cuándo dejamos de mirarnos, nos volvimos hacia la luna y yo le dije que estaba a su disposición.
Durante aquellos tres días haría todo lo que él creyera oportuno.
No debí decirlo, sonaba a reproche.
Guardamos silencio.
Yo dije que quizá no fuera exacta la cita pero, según Tácito, los germanos creían que las grandes empresas debían acometerse en luna llena.
Ah, esos bárbaros, dijo, y los dos nos reímos.
Y entonces, al reprimir un movimiento impulsivo, comprendí por qué él había tenido que decirme esto aquí, junto al Muro, donde el guardia podía vernos y casi oírnos; no debíamos volver a tocarnos.
Yo dije: vale más que vuelva a Schoneweide.
Sí, también a él le parecía preferible, ya me llamaría.
Al día siguiente la nieve había desaparecido, siguieron unos días apacibles, secos, con un poco de viento, por las noches la columna de mercurio del termómetro descendía bajo cero.
En mi habitación del primer piso de la casa de frau Kühnert de la Steffelbauerstrasse, con todas las puertas abiertas, yo hacía planes imposibles.
La tercera noche pasamos juntos las últimas horas, sentados en su habitación como en una sala de espera.
No encendimos velas ni luz eléctrica, de vez en cuando, de una butaca salía su voz; a veces, de la otra butaca salía mi voz.
A las tres y media de la mañana sonó el teléfono, tres veces, antes de la cuarta señal había que levantar el auricular, pero no contestar y, según lo convenido, el que llamaba tenía que colgar primero.
Exactamente cinco minutos después volvió a sonar el teléfono, una sola vez, señal de que todo iba bien.
Nos levantamos, nos pusimos los abrigos, él cerró la puerta.
En el portal, levantó con dos dedos la tapa del cubo de la basura y, con ademán indolente, dejó caer las llaves.
Jugaba con el miedo de los dos.
En la acristalada estación de Alexanderplatz subimos al suburbano en dirección a Königswusterhausen.
Al llegar a Schoneweide le oprimí ligeramente el codo y me apeé, y no me volví a mirar cuando el tren arrancó.
Él tenía que ir hasta Eichenwald.
Lo esperaban en el cementerio de la Liebermannstrasse, desde donde, por la carretera E 8, puesto de Helmstedt-Marienborn, pasaría la frontera en un féretro sellado, con documentos extendidos a nombre de un cadáver exhumado.
Llovía.
Iba al teatro todas las noches, la húmeda alfombra de las hojas de los plátanos impregnaba las suelas de mis zapatos de charol.
En el piso abandonado zumbaba el frigorífico vacío, y cuando lo abría se encendía la luz como si nada hubiera ocurrido.
El telegrama tenía una sola palabra: llegué.
Al día siguiente rae marché a Heiligendamm.
No tomé en serio la advertencia de la policía y me quedé hasta que caducó mi permiso de estancia, hasta el último día.
Dos años después, en una postal escrita en apretada letra de imprenta y enviada desde un pueblo de vacaciones, me hizo saber que se había casado, que por desgracia sus abuelos franceses habían muerto y que tenía una niña de mes y medio. En la postal se veía el océano Atlántico, nada más, sólo un oleaje furioso hasta el horizonte; según el epígrafe, la vista había sido tomada desde Arcachon.
Hacía tiempo que no escribía versos, pensaba mucho menos, era comerciante en vinos, tintos únicamente, era feliz, aunque ya no sonreía tanto.
Y el otro, de pie en una casa ajena, daba vueltas a la postal, mirando el texto y la foto.
Conque tan sencillo era.
Tan sencillo, se decía.
Tan sencillo era todo, sí, tan sencillo.
Péter Nádas
Péter Nádas trabajó en esta gran obra durante 11 años y se dio a conocer fuera de Hungría al traducirse a seis idiomas. Se trata de una de las novelas más valiosas e importantes de la actual narrativa europea y mundial. Tres narradores cuentan la historia: un escritor húngaro en Berlín Oriental, marcado por el recuerdo de su padre y por el amor que siente por un poeta alemán; el segundo narrador es el alter ego del primero, un esteta que protagoniza una historia que transcurre en el imperio austrohúngaro durante la Belle Epoque y, finalmente, un tercer narrador que es amigo de la infancia del protagonista principal. Nádas recoge el legado literario de las tradiciones de Proust, Musil o Thomas Mann y le aplica la problemática de la descomposición del mundo comunista y, por consiguiente, de las raíces de la Europa actual.