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Estaba echada de espaldas en el suelo desnudo, y yo, encima dá ella, apoyado en un codo, miraba sus ojos cerrados y su cara pálida y casi inmóvil, y entonces sentí que sacudían mi cuerpo unos inexplicables sollozos secos que me salían de lo más hondo.

Hundí mi mano libre en su cabellera roja esparcida por el suelo y, como si la mano recordara mi vieja amenaza, tan vieja ya, le di un fuerte tirón y su cara resbaló por el suelo, exánime.

Aquellos sollozos eran como el recuerdo de una enfermedad infantil, sofocantes, convulsos, febriles, y parecía que habíamos sido arrojados de una profunda oscuridad a aquella habitación inundada de sol, entre unos muebles mudos, familiares y extraños a la vez, en la que la gruesa alfombra, que nuestros pies habían levantado, formaba una montaña y hasta las más pequeñas muescas y dibujos del papel de la pared tenían una insoportable inmovilidad; aquella visión fulgente y vacía me entristeció de tal modo que apoyé la cabeza en su pecho, con precaución porque era la primera vez que lo tocaba, y tuve que cerrar los ojos para que mis desesperados sollozos me hicieran volver a aquella oscuridad de la que me había arrancado el silencio.

Y ella, como si no advirtiera mi llanto, no trataba de consolarme, y yo pensé: quizá sí que la he matado.

Entre los encajes, mis labios encontraron su cuello, y entonces tuve que volver a abrir los ojos, para ver el color y la tersura de su piel que palpaban mis labios y mi lengua; y aun en la profunda quietud que nos había invadido, mi boca, como un cuerpo extraño, como un caracol que avanzara milímetro a milímetro, quería saborear lo que durante tanto tiempo le había estado vedado, y tuve que abrir los ojos otra vez, porque no me bastaba el tacto para hacer mía aquella piel, no me compensaba de los momentos perdidos, y quizá ayudara en algo ver lo que tanto anhelaba y no podía asimilar.

– Quiero decirte una cosa -la oí susurrar, y mi boca se acercó a sus labios, no, que no hablara, que respirara en mí lo que quisiera decir, pero no tenía prisa, apresé con los dientes la barbilla tendida hacia mí, qué maravillosa sensación morder con fuerza y, lo mismo que un perro al que, en lugar del hueso que tiene en la boca, se le ofrece otro aún mejor, quedé desconcertado ante el dilema, porque su boca esperaba, y esto me ayudó a decidirme, a pesar de que quizá mis ojos habían vuelto a cerrarse; porque sólo recuerdo el aroma de su aliento que con sus palabras: «Desnúdame, por favor», me subió por la nariz. Y entretanto habíamos dejado atrás mis sollozos; algo que también se había perdido definitivamente.

Pero pareció que su voz me serenaba un poco, volvía a discernir, recuerdo mi propio asombro, provocado no por su petición sino por su voz, que tenía un timbre tan natural que yo no podía imaginar que hubiera podido pedirme otra cosa, y no obstante no era la voz de una mujer madura, parecía como si, involuntariamente, ella hubiera retrocedido a aquel tiempo al que antes me habían trasladado también a roí mis lágrimas, y me hiciera ofrenda de aquella época desconocida que también yo le había ofrecido a ella con mi llanto infantil, por eso no era asombro lo que yo sentía, o no era sólo asombro, sino fascinación, la fascinación de su candor y de esa singular propiedad de la naturaleza humana por la que una criatura puede hacer partícipe a otra de vivencias de un tiempo que ya no existe.

Y aquel curioso estado infantil, desligado de tiempo y lugar, por el que nos habíamos convertido en instrumento de tensión entre un pasado indistinto y un futuro incierto, nos mantuvo bajo su influjo no sólo mientras nos desnudábamos con gran ceremonia el uno al otro, recreándonos en gestos de confianza e intimidad mutuas, sino que se prolongó hasta el momento en que, al fin, recostados entre ridículos montones de ropa, contemplamos nuestra desnudez.

Yo la miraba a ella, pero también atisbaba temerosamente y a hurtadillas mi propio cuerpo, para convencerme de algo asombroso que ya había percibido claramente, a saber, que mi virilidad, que hasta aquel momento se había erguido, robusta, reclamando imperiosamente su derecho, yacía ahora sobre mi muslo, yerta y disminuida, con infantil indiferencia; pero, aunque yo trataba de disimular, ella advirtió la dirección de mi mirada porque, a diferencia de mí, mantenía tronco y cabeza erguidos y sólo buscaba mis ojos, como si quisiera impedirles a toda costa que mirasen su cuerpo o el mío; nos dimos las manos, y creo que, si se mostraba retraída, no era por vergüenza, sino porque, al igual que yo, no quería perderse en detalles, porque yo, mientras desabrochaba los corchetes escondidos entre las puntillas del vestido, desataba los cordones del corsé, le quitaba los zapatos de tafilete bordados de perlas, los pololos adornados con cintas rosa y las largas medias de seda, concentraba la atención en corchetes, botones, cordones y cierres evitando cuidadosamente contemplar el hasta entonces desconocido paisaje de su cuerpo, que iba revelándose, poco a poco, porque quería verla toda entera; pero ahora que estaba sentada ante mí completamente desnuda, mis ojos parecían incapaces de captar aquella visión maravillosa, tenía que mirar a todas partes a la vez y, al mismo tiempo, deseaba fijar la mirada en un solo punto, descubrir un punto de su cuerpo que fuera único; y á ella tenía razón, si puede hablarse de razón en esta cuestión, al a los ojos, porque, por sentimental que pueda sonar, en sus velados ojos azules se reflejaba una desnudez más completa que la de su piel, y es comprensible, porque, al fin y al cabo, las formas del cuerpo, cubiertas por el manto uniforme de la piel, sólo pueden revelarse a través de los ojos.