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Cuando la miraba largamente -y no me faltaban ocasiones, porque con frecuencia estaba obligado a pasar muchas horas en su compañía- veía en ella una paciencia primaria unida a una calma animal, ya que no importaba cuál fuera el juego que yo inventara, por rudimentario que fuera -podía consistir en la repetición de un mismo movimiento-, ella, como solía decir la abuela, «sabía comportarse»; incluso tenía la facultad de disfrutar con la repetición, se encerraba en el ciclo de la reiteración, como excluyéndose a sí misma del juego en sí, sin dejar que nada la distrajera, lo mismo que un autómata, dándome ocasión de observarla atentamente; por ejemplo, nos poníamos cada uno debajo de una silla y yo hacía rodar por el suelo una cuenta de vidrio de colores que ella tenía que atrapar en la portería formada por las patas de su silla y devolverme; éste era uno de sus juegos preferidos y también a mí me gustaba, porque, por un lado, el movimiento de la canica exigía toda su atención, no le era difícil interceptarla y podía gritar a placer, mientras que yo no tenía más que repetir el movimiento mecánicamente, es decir, estaba allí, jugaba con ella, hacía lo que se esperaba de mí y, al mismo tiempo, podía abandonar la escena, situarme en un marco más agradable, en otra actividad, incluso refugiarme en burdas fantasías o, por el contrario, concentrar en ella toda mi atención -algo que no hacía por afecto sino por el afán de observar el fenómeno, identificarme con ella, introducirme en su piel, reconocer en sus facciones las mías y, en sus movimientos torpes y convulsos, mi propia indefensión y, al mismo tiempo, desde fuera, desapasionadamente, saborear mi frialdad-; porque yo pretendía ser un científico que observa un gusano y desea conocer minuciosamente el objeto de su curiosidad, para poder después no sólo reproducir la mecánica de sus movimientos sino explorar desde dentro la asombrosa ley que acciona el motor, la fuerza que coordina toda una secuencia de movimientos, meterme en la piel ajena para estudiar la existencia del otro al mismo tiempo que la mía, como el que observa una oruga verde agarrada a una piedra blanca, que, si la tocas, frunce el cuerpo acercando rápidamente la cola a la cabeza y avanza a fuerza de contraer y tensar su masa, una locomoción simple, pero no menos curiosa ni ridícula que la nuestra que consiste en ir poniendo sucesivamente un pie delante del otro, para mantener en equilibrio el peso de este cuerpo que nos lastra y en el que, sugestionados por la observación, podemos llegar a sentir el cuerpo de la oruga y no es que imaginemos sino que notamos unos pies en el vientre y hasta un lomo retráctil, porque, si poseemos suficiente capacidad de sugestión como para percibir estas posibilidades en nuestro propio cuerpo, no sólo seremos observadores de la oruga sino que nos habremos convertido en la oruga misma.

Ahora puedo reconocer que antes, cuando el estado de mi hermana aún no me deprimía ni preocupaba tanto, yo, imitando a mis padres, no la llamaba por su nombre, sino que me refería a ella diciendo, simplemente, «mi hermana»; no sé qué afán de disimulo nos obligaba a poner de manifiesto, con grandes muestras de afecto, que hacíamos de ella el centro de las atenciones de la familia, como era nuestra obligación, cuando en realidad la manteníamos al margen de nuestra vida, en aras de una sana ecuanimidad; antes de que el instinto de autodefensa, el miedo y la repulsión, nacidos de mi propia alienación, me alejaran de ella y de mí mismo, mis experimentos no se limitaban a la simple observación sino que habían adquirido formas más prácticas y, digamos, tangibles y, si bien a veces me excedía de los límites de lo permitido y mantenía estos juegos en secreto, más aún que aquel beso, y algunos tenía que disimularlos incluso ante mí mismo, no creo que actuara con crueldad; después, la repugnancia y una forzada indiferencia me harían ser más duro, y podría decir que quizá mi insaciable y natural curiosidad de antes habían hecho más humanas nuestras relaciones.

Aquella tardes, casi siempre tardes de invierno, en que la melancolía del rápido anochecer invadía la casa tranquila, y por las puertas abiertas de las espaciosas habitaciones, llegaba de la cocina un lejano tintineo de cacharros que, poco a poco, se iba apagando y también había quietud en el exterior: llovía, nevaba, soplaba el viento, y yo no podía salir al jardín ni al campo y, sentado en la cama o delante de mi mesa, frente a un problema insoluble, miraba una y otra vez hacia la ventana, y hasta el teléfono estaba mudo, el abuelo dormía en su butaca con las manos entre las rodillas, ya se habían secado las gotas en el suelo de la cocina y el peso del sueño había acabado de hundir la cabeza de mi madre en la almohada, le había abierto la boca y hecho caer el libro de la mano, aquellas tardes, pues, no teníamos quien nos vigilara, a mi hermana la habían acostado, para que durmiera y nos dejara tranquilos un rato, y ella, complaciente, se amodorraba, pero, al cabo de unos minutos, se despabilaba, bajaba de la cama, salía de su dormitorio, que la abuela en vano había tomado la precaución de dejar a oscuras, y se presentaba en mi cuarto.

Se quedaba en la puerta y nos mirábamos en silencio.

También por la tarde le ponían el camisón, porque la abuela se empeñaba en hacerle creer que era de noche y tenía que dormir, aunque dudo que mi hermana distinguiera el día de la noche, y por eso tampoco servía de nada que la dejaran a oscuras; se quedaba en la puerta, deslumbrada, con los ojos hundidos en su cara abotargada, con las manos extendidas en dirección a mí, como si a tientas buscara la luz; el camisón blanco con ribetes azules cubría casi por completo su cuerpo desmedrado, dejando fuera sólo los brazos y unos pies tan grandes como los de un adulto, pero no disimulaba la desproporción de su rechoncha persona: tenía la piel descolorida, de un blanco grisáceo y un tacto curiosa e inexplicablemente áspero, casi como de cuero, como si bajo aquella superficie basta tuviera que haber capas más finas, o si aquella envoltura, que recordaba las flexibles armaduras de los escarabajos, ocultara la verdadera piel humana, delicada, parecida a la mía; seguramente por eso me atraía y yo no desaprovechaba la ocasión de tocarla, y con frecuencia, el objeto del juego consistía, simplemente, en ponerla a mi alcance, para lo que en realidad no me hacía falta pretexto alguno, ya que nada me impedía manosearla o pellizcarla; el pretexto lo necesitaba sólo para apaciguar mis propios escrúpulos morales, y hacía, aparentemente sin querer, lo que pensaba hacer de todos modos; lo que más llamaba la atención era, sin duda, la cabeza, redonda, enorme, de proporciones diabólicas, una de esas calabazas que los niños clavan en el mango de una escoba, con unos ojos grises y diminutos, casi escondidos tras unas profundas hendiduras y un labio inferior carnoso y colgante, reluciente de la baba que, mezclada a veces con los mocos, le resbalaba por la barbilla y le empapaba el pechero del vestido; tenías que acercarte para ver sus pupilas, pequeñas, negras e inmóviles, quizá por eso tan inexpresivas.