Pero aquella inexpresividad era tan tentadora como su piel, o más, por más misteriosa, porque sus ojos no se velaban como unos ojos normales que no quieren delatar sus sentimientos y precisamente con ello indican que pretenden ocultar algo y a pesar suyo llaman la atención sobre lo que tratan de esconder; no, en sus ojos no había absolutamente nada, es decir, la Nada se expresaba en ellos tan clara y constantemente como en unos ojos normales, los sentimientos, anhelos y pasiones; era imposible acostumbrarse a aquellos ojos impersonales, eran como dos lentes, dos cristales; al mirar aquellos ojos y percibir su irregular parpadeo, no podías menos que pensar que debajo tenía que haber otro par de ojos más sensibles, al igual que detrás de unos lentes que destellan tratamos de descubrir una mirada, porque, sin la expresión de los ojos, no se comprende debidamente el significado de las palabras.
Aquellas tardes, mi hermana aparecía en la puerta y permanecía muda, como si supiera que su voz chillona la delataría irremisiblemente despertando a la abuela, que la privaría de los goces y tormentos de un juego, el juego de una complicidad que había surgido entre nosotros; esto debía ella de saberlo, a pesar de que su memoria no parecía funcionar debidamente o sólo en determinadas condiciones, ya que aparentemente no había razones lógicas que explicaran por qué recordaba unas cosas y olvidaba otras: comía con los dedos y era inútil que todos los días trataran de acostumbrarla a usar el cubierto, no podía, el tenedor y la cuchara se le caían de la mano, no comprendía por qué tenía que sostenerlos, por otra parte, se acordaba de nuestros nombres, nos llamaba a cada uno por su nombre, y era muy limpia: si alguna vez se orinaba o ensuciaba en las bragas, pasaba horas gimiendo con desconsuelo en un rincón, aplicándose ella misma el castigo que una vez le había impuesto la abuela, en lo que parecía manifestarse una gran docilidad, una mansedumbre con la que deseaba mostrarnos su agradecimiento; no sabía contar, por más que yo me esforzaba en enseñarle, parecía que aprendía pero enseguida lo olvidaba, y también tenía dificultades para distinguir los colores; pero era muy sumisa, siempre estaba dispuesta a empezar de nuevo, siempre pronta a complacernos, y era conmovedor verla fruncir el entrecejo mientras buscaba esforzadamente una palabra de uso diario, porque no era éste su lenguaje, y cuando de su garganta salía, como un grito de victoria, la palabra o la expresión, y ella se oía a sí misma pronunciarla, en su cara se pintaba una sonrisa excelsa, una sonrisa cargada de una dicha que quizá nosotros nunca lleguemos a conocer.
Si su mirada no traducía sentimientos ni emociones, la sonrisa y la risa, por el contrario, parecían ser el lenguaje con el que ella trataba de hablarnos, el único lenguaje en el que sabía expresarse, su lenguaje, aunque un lenguaje, sin duda, sólo para iniciados, pero quizá más bello y más noble que el nuestro, porque su única manifestación, aunque con una escala de matices infinita, era la pura alegría del simple existir.
Un día, en mi mesa apareció un alfiler, un alfiler corriente, no sé de dónde habría salido, la víspera no estaba y ahora, sobre la madera oscura, entre los cuadernos y los libros, relucía lo suficiente como para llamarme la atención; no podría decir por qué, durante todo el día -mientras hojeaba en mis libros, escribía, leía, revolvía en mis cosas descuidadamente, las sacaba de la cartera y volvía a meterlas- procuré no tocarlo, esperando que se fuera tan misteriosamente como había venido, pero al día siguiente seguía allí; ya estaba encendida la lámpara de pantalla roja, a pesar de que aún no había oscurecido, mi hermana se había quedado entre dos luces y yo, cegado por la lámpara, sólo adivinaba su presencia en la habitación cálida y callada, y tampoco ella, adormilada y deslumbrada, debía de distinguirme claramente; de la cocina llegaba aún un leve ruido de platos que enseguida cesó, y el silencio fue total, un silencio que yo sabía que duraba aún media hora por lo menos; podía empezar, pues, el juego que a los dos nos gustaba; el alfiler seguía allí, sólo se necesitaba el primer impulso, luego todo vendría rodado; yo levanté el alfiler con el dedo, sólo para enseñárselo; ella sonrió confiadamente, aunque con cierta timidez, porque tenía miedo de mí, pero era un miedo que le gustaba; también yo tenía miedo de ella, pero no sobraba el tiempo, además, el juego no podía demorarse, porque ella era impaciente; si no empezaba ella, empezaba yo, y, si no yo, ella daba el primer paso, éramos interdependientes.
Después, por un impulso profundo y, por lo tanto, inexplicable, reuní una considerable colección de alfileres, y ya no esperaba que vinieran a parar a mis manos por casualidad sino que los buscaba activamente; esta afición adquirió porporciones de verdadera pasión y, curiosamente, los encontraba por todas partes, aunque no recuerdo que alguno ejerciera en mí un efecto tan fuerte y provocador como aquél; aparecían ahora en los lugares más insospechados: un almohadón, una hendidura, el forro del abrigo, en la calle, en el brazo de un sillón, y todos se hacían notar por un destello o un pinchazo; ya los clasificaba, examinaba sus distintas formas y probaba de clavármelos en el dedo, para ver si sangraba; cortos, largos, de cabeza redonda, de cabeza plana, oxidados, relucientes, de latón, de punta cónica o lanceolada, cada uno pinchaba de modo distinto; pero aquel alfiler corriente, largo, de cabeza redonda, que una tarde apareció en mi mesa de forma tan misteriosa que hasta pregunté a mi padre si sabía de dónde había salido, fue el primero; él se había parado casualmente al lado de mi mesa aquella tarde, y se inclinó, sorprendido y desconcertado, sin comprender qué quería de él; yo le enseñaba el alfiler y él, apartando con un ademán de impaciencia el pelo rubio y lacio de la frente y los ojos, me dijo ásperamente que no le fuera con tonterías de las mías; aquel alfiler fue, pues, la primera pieza de mi colección; se lo enseñé a mi hermana sin un propósito claro, como hubiera podido enseñarlo a cualquiera, lo levanté a la luz de la lámpara y entonces me sorprendió ver que mi hermana daba el primer paso para acercarse a él, lo que suscitó en mí un movimiento que tampoco tenía objeto alguno, me deslicé de la silla y me dejé caer debajo del escritorio con el alfiler en la mano.