Yo desperté porque en la puerta vidriera de la terraza, detrás de la cortina transparente, había alguien, ¿o era sólo una sombra?, ¿un fantasma quizá?; temiendo que hasta un parpadeo pudiera delatarme, no me atrevía ni a volver a cerrar los ojos, aunque mejor hubiera sido no ver ni oír nada de lo que ocurrió después. Recordé la escena de la tarde y sentí otra vez la angustia; ¡la cortina se movía! La figura entró, cruzó rápidamente la habitación, era una noche oscura, sin lana, los pasos sonaban en el suelo desnudo y se ahogaban en la alfombra, entonces, por fin, vi que era mi madre; fue hasta la puerta del corredor, puso la mano en el picaporte y seguramente lo hizo girar porque sonó un chasquido en la quietud de la noche, apenas turbada por el susurro de las olas, acompasado y perezoso; no había viento que hiciera murmurar los abetos; indecisa, volvió sobre sus pasos, taconeando gemente con sus chinelas, como si supiera bien adonde iba y por qué; se había puesto encima del camisón una bata que le arrastraba un poco y la gruesa seda crujía al rozar el suelo; al llegar a la vidriera, se quedó quieta unos instantes, yo quería decir algo, pero tenía la sensación de que no me saldría la voz, me parecía soñar, pero no cabía duda de que estaba bien despierto; ella, como acechando, apartó la cortina, pero no salió sino que rápidamente dio media vuelta, sus pasos volvieron a sonar en la habitación y a detenerse frente a la puerta del corredor; oprimió el picaporte con fuerza, el ruido fue inconfundible, pero la puerta no se abrió, hizo girar la llave y la puerta cedió, pero ella no salió sino que volvió hacia la terraza, dejando la puerta entreabierta; pareció que la corriente de aire movía la cortina en la oscuridad; yo me senté en la cama.
– ¡Qué ha pasado! -pregunté en voz baja, quizá demasiado baja, porque el asombro que había sucedido al miedo me ponía un nudo en la garganta; pero ella, sin darse por enterada de mi pregunta, que quizá ni oyó, salió a la terraza, dio unos pasos y retrocedió, como si la asustara el repique de las chinelas en las losas-. ¿Qué ha pasado? -insistí, con voz más fuerte, mientras ella iba otra vez hacia la puerta del corredor, la abría y volvía a retroceder; incapaz de seguir en la cama, me levanté para tratar de ayudarla.
Nuestros cuerpos, que se movían en direcciones opuestas, chocaron en el centro de la habitación.
– ¿Qué ha pasado?
– ¡Lo sabía, hace cinco años que lo sé!
– ¿Qué sabías?
– ¡Lo sabía, hace cinco años que lo sé!
Estábamos abrazados.
Tenía el cuerpo agarrotado y, aunque durante un momento, me apretó contra sí y yo traté de estrecharla con fuerza, comprendía que aquel abrazo en nada podía ayudarla, mi buena voluntad era vana, yo sentía su cuerpo pero ella no parecía sentir el mío, para ella no er más que un mueble, una mesa o un sillón al que agarrarse para nc perder el equilibrio, antes de llevar a cabo su decisión dictada por puro delirio; a pesar de todo, yo no quería soltarla, apretaba mi cuerpo contra el suyo, como si supiera de qué terrible impulso debía tenerla; me era indiferente cuál fuera el impulso, porque yo no podía sospechar lo que se avecinaba; mi instinto me ordenaba retenerla fuera lo que fuera lo que ella se propusiera hacer, y como si mi tenaz esfuerzo hubiera surtido efecto, como si por fin reconociera en mí su hijo, como si descubriera que era algo suyo, se inclinó y me besó con fuerza, casi me mordió, en el cuello, pero entonces, como si ese beso y mi angustia le infundieran valor para dar el siguiente paso, arrancó mis brazos de sus caderas, me empujó hacia un lado, gritó «¡Desgraciado!» con desesperación y volvió a salir a la terraza.
Yo corrí tras ella.
Ella cruzaba la terraza pero no, como hubiera sido lo natural, hacia la escalinata que bajaba al parque sino en dirección opuesta, hacia la suite de la fräulein.
La vidriera estaba abierta, dentro de la habitación había velas encendidas y su tembloroso resplandor se arrastraba sobre las losas hasta nuestros pies.
Yo me quedé clavado en el suelo, captando la escena no sólo con los ojos sino con todo el cuerpo.
¡Ah, no!, no diré que no sospechara lo que aquello significaba, pero tampoco puedo afirmar lo contrario.
Por chocante que pueda parecer, un niño no sabe de esas cosas porque se las hayan explicado, sino por experiencia, por el placer que sus manos extraen de su propio cuerpo; no obstante, aquello era una sorpresa tan brutal que excedía de mis posibilidades de comprensión.
Formaban el cuadro dos cuerpos desconocidos, dos cuerpos desnudos cuya palidez resaltaba sobre el suelo, había prendas de vestir blancas esparcidas alrededor, la fräulein estaba echada de lado, acurrucada, con las piernas dobladas casi rozándole el pecho, volviendo hacia mi padre un anca opulenta que ahora, con la experiencia de los años, puedo calificar de francamente bella, pero «volver» no es la palabra, más bien se la presentaba, se la ofrecía, se la servía, y él, arrodillado, comprimiendo el vientre contra las redondas nalgas y asiéndole la oscura melena, se agitaba con un movimiento oscilante y frenético; estaba dentro de aquel cuerpo, completamente hundido, podía gozar libremente, con violencia o con la mayor delicadeza -ahora lo sé: en esta posición, el miembro penetra más, llega hasta el fondo, y la fina piel del prepucio, el dilatado borde del glande y las hinchadas venas frotan el clítoris que se contrae, acarician la vulva y penetran en la suave cavidad como en una caverna, y el pene, duro y poderoso, llega hasta el útero, último obstáculo y llena el espacio de manera que ya no se sabe quién es quién; esta extraña posición es, pues, la de mayor violencia y también de sublime voluptuosidad, porque qué puede ser más hermoso, qué puede haber más delicioso-, pero entonces yo sólo veía que mi padre arqueaba la espalda violentamente, que abría las posaderas como si fuera a defecar, que tenía una mano apoyada en el suelo y que sus grandes testículos se agitaban al comprimirse contra el lugar que deparaba a ambos un placer tan evidente; la fräulein dio un grito agudo y penetrante; mi padre tenía la boca abierta y eso me asustó, porque parecía que no iba a poder cerrarla nunca más, de la garganta le salía un ronquido profundo, sacaba la lengua y tenía la mirada extraviada; pero no me parecía que los gritos y los ronquidos estuvieran directamente relacionados con aquel placer, porque, cuando él penetró del todo, se quedó quieto, como si hubiera encontrado su abrigo definitivo, y su cuerpo, cubierto de grandes parches de vello oscuro, se agitó con un temblor convulso e interminable; tiraba del pelo a la mujer golpeándole la cabeza contra el suelo, y aunque entonces los gritos de ella eran más penetrantes y voluptuosos, también se retorcía, como si quisiera apartarse, para que él reanudara el movimiento de vaivén enérgico y delicado que le hacía sentir un placer más intenso; pero mi padre volvió a tirarle del pelo y le golpeó la cabeza contra el suelo con un ruido seco.
En aquel momento, pudo más en mí la voluptuosidad que la estupefacción y, olvidándome hasta de mi madre, me concentré en la escena cuya contemplación hacía que me sintiera feliz y más allá del bien y del mal, y ello no sólo se debía a que hubiera quedado satisfecha la natural curiosidad infantil -el conde de Stollwerk, mi amigo y compañero de juegos en Heiligendamm, que era varios años mayor que yo, ya me había revelado esos secretos- sino a que una serie de deseos, impulsos e inclinaciones crueles que hasta entonces estaban latentes en los repliegues del conocimiento se manifestaban ahora inesperadamente y me sentía como si me hubieran desenmascarado, como si la fräulein con sus gritos me hubiera pillado en flagrante delito; aquella escena despertó mi sensualidad, fue una revelación que tenía que ver no sólo conmigo, ni con un conocimiento abstracto, ni siquiera con mi compañero de juegos al que un día sorprendí en el páramo, masturbándose tumbado entre los juncos, ni tenía que ver con mi padre, sino con la fräulein, objeto de mi admiración y simpatía.