Aquellas salidas nocturnas no habían dejado de tener consecuencias, ya que, si bien me gustaba estar solo en nuestra terraza común, me alegraba encontrarla allí y que ella me apretara contra su cuerpo caliente de la cama y de la desazón que no la dejaba dormir.
Era un cuerpo que irradiaba belleza, aunque su belleza no residía en la estética de las formas ni en la regularidad de las facciones, sino que impregnaba la carne y hacía resplandecer la piel; no reflejaba el ideal clásico, evidentemente, pero su atractivo era más poderoso que el de cualquier ideal; por fortuna, nos fiamos más del tacto de nuestras manos que de rígidos cánones de belleza, y puedo decir que ni mi madre era insensible a ese poderoso y desconcertante atractivo, a pesar de su talante respetuoso con las normas; en este caso, también ella se fiaba de sus ojos, estaba entusiasmada con la fräulein, le tenía viva simpatía y seguramente hasta había pensado en entablar con ella una amistad como la que existía entre mi padre y Frick; los ojos castaños, brillantes y confiados, la piel meridional, agitanada, tirante sobre los anchos pómulos, la nariz fina y los labios carnosos, rojos y hendidos no sólo en sentido horizontal sino vertical, como por cortes rituales, ejercían en ella un efecto electrizante; en vano mi padre, que tampoco estaba exento de malicia, señalaba que, en realidad, la fräulein era «de lo más vulgar», ella no reparaba en sus modales un poco bastos, cerraba los ojos a su desenvoltura rayana en la mala educación y no paraba mientes en la frente estrecha y huidiza, síntoma de una limitación mental que la fräulein no trataba de disimular con discreción, sino que exhibía con su particular desenfado; yo conocía aquel cuerpo que ahora estaba en el suelo: los senos pequeños, duros y separados, la cintura que, con ayuda de vestidos sabiamente cortados, parecía mucho más esbelta de lo que era en realidad y las caderas cuya opulencia acentuaba el corte de la falda; yo conocía bien aquel cuerpo porque en sus noches de insomnio, cuando salía a la terraza y me abrazaba con una ternura maternal un tanto exagerada -efusiones que, ahora lo descubría yo, estaban dirigidas a mi padre-, había llegado a hacérseme familiar, con toda su voluptuosidad y su irregular perfección, ya que ella no se echaba una bata por encima y, a través de la fina seda del camisón yo lo palpaba todo, hasta el suave vello de su vientre cuando mi mano se extraviaba como por casualidad y su perfume me envolvía.
Pero ya basta.
Porque el decoro y el buen gusto exigen que hagamos una pausa en nuestro recuerdo.
Y es que, en aquel momento, mi madre exhaló un gemido y se desplomó sobre las losas, sin sentido.
Chicas
El jardín era enorme, casi un parque, sombreado y perfumado al calor del verano: el olor ácido de los abetos, la resina que goteaba de las pinas que crujían al abrirse, los gruesos capullos de las rosas que estallaban en rojo, amarillo, blanco y rosa resplandecientes, aquí y allá, un pétalo rizado por el sol, que ya no podría seguir abriéndose e iba a caer; los lirios erguidos que atraían a las abejas con su néctar, las petunias lila, granate y azul que cabeceaban a la brisa, los dragones de alto tallo, los racimos de dedalera que festoneaban los senderos con sus colores llameantes, los destellos del rocío en la hierba al sol de la mañana, y, sobre todo, los arbustos, en macizos y en setos, saúcos, evónimos, lilos, jazmines que embriagaban con su dulce perfume, laburnos, avellanos y, a la sombra densa del espino blanco, una espesura húmeda en la que campaba por sus respetos la oscura hiedra de olor acre que con sus zarcillos se agarraba a cercas y paredes y abrazaba los troncos de los árboles, que echaba finas raíces aéreas y todo lo cubría, que se nutría de los hongos y la putrefacción que ella misma producía, una planta simbólica que, con sus tupidas hojas verde cardenillo, todo lo engulle, ramas, troncos, hierba, y en otoño se deja sepultar por la hojarasca rojiza para resurgir, lustrosa y robusta, en primavera; aquí se refrescaban los lagartos verdes, las culebras pardas y los limacos gordos, que trazaban complicados arabescos con su baba que, una vez seca, se volvía blanquecina y se te desmenuzaba en los dedos; hoy rememoro aquel jardín sabiendo que ya no existe, se arrancaron los arbustos, se talaron casi todos los árboles, se derribó la fresca glorieta pintada de verde por la que trepaban rosas carmesí, desaparecieron las piedras de la rocalla, destinadas a otros usos y, con ellas, las siemprevivas, los heléchos, el sedo, los írides y los amarantos, se secó el césped y creció la maleza, se pudrieron las silias blancas, la estatua de piedra de Pan tocando la flauta, que con los años había empezado a desmenuzarse y que una noche de tormenta cayó y desde entonces estaba tumbada en la hierba, habrá ido a parar a algún sótano, y ni el pedestal quedará, los adornos de estuco del la fachada han saltado, las diosas de boca abierta que descansaban en conchas marinas encima de las ventanas se han caído, lo mismo que las falsas columnas jónicas, el porche acristalado está tapiado y, después de esta llamada reforma, la vid silvestre, paraíso de hormigas, escarabajos e insectos varios, fue arrancada de la pared, pero, pese a que sé de todos estos cambios y a que el jardín vive sólo en mi recuerdo, aún oigo el susurro de las hojas, respiro los perfumes, veo los reflejos de la luz y siento la brisa lo mismo que entonces, y me basta desearlo para que vuelva a ser verano, haya silencio y llegue la tarde.
Y aquí está el niño que era yo, de cuerpo frágil pero bien proporcionado, aunque él se ve feo y tan fachoso que, por mucho calor que haga, no se quita la camisa o, por lo menos, la camiseta, y siempre lleva pantalón largo porque prefiere sudar a enseñar las piernas, a pesar de que le repugna oler a sudor; hoy nos hacen sonreír con indulgencia sus manías, y comprendemos con amargura que raramente somos conscientes de nuestra propia belleza, que sólo los demás parecen apreciar y que nosotros no descubrimos sino al mirar atrás con nostalgia.
Estoy en el empinado sendero del jardín, es uno de los raros momentos en los que no pienso en mí, mejor dicho, la espera me absorbe de tal modo que he pasado a formar parte de una escena que se desarrolla según unas reglas desconocidas y, excepcionalmente, en este momento, no me preocupa no llevar camisa ni pantalón, sino sólo un calzoncillo azul, descolorido por los muchos lavados, a pesar de que ella ya no puede tardar.
Sencillamente, estoy allí, en el jardín, y al otro lado de la calle está el bosque, en la mano tengo una rebanada de pan con una gruesa capa de manteca y unas tiras de pimiento verde por encima que he cortado cuidadosamente, a lo largo y, cuando me llevo el pan a la boca, las sujeto con los dedos, para que no se muevan, pero se escurren, y es que no puedo apretar, porque me untaría la cara de manteca.
El calor pone un velo gris en el cielo, el sol quema, es la hora más tórrida de la tarde, no se mueve ni un insecto, pero a mí me parece sentir en la piel húmeda un soplo de aire refescante que a esta hora no puede percibirse más que en este sendero.
Los lagartos están escondidos y hasta los pájaros callan.
El sendero sube hasta la verja de hierro forjado sostenida por pilares de piedra labrada, fuera, en la calle, tiemblan ligeramente las sombras, al otro lado está el bosque y de allí llega esta brisa fresca y seca que me acaricia la piel; estoy un poco aturdido, pero alerta, porgue tengo que reconocer que mi aturdimiento es fingido, que lo simulo para salvar mi amor propio.
Así me evito reconocer que estoy esperándola, ya la esperaba en la grata penumbra de la habitación, mientras hacía como que leía, la esperaba al dormirme y la esperaba al despertarme, la he esperado durante horas, días y semanas, la esperaba en la cocina, mientras untaba el pan y cortaba el pimiento, quién sabe las veces que mis ojos se han vuelto hacia el ruidoso despertador, como si se extraviaran y tropezaran con las manecillas por casualidad, pensando que quizá también ella estuviera pendiente del reloj para salir precisamente en ese momento, porque pasaba todos los días casi a la misma hora, las dos y media, y no podía ser casual tanta exactitud, pero, al mismo tiempo, sin poder desechar la horrible idea de que quizá yo estuviera equivocado y que ella no pasaba por mí sino por que le gustaba el camino. Unos minutos más y podría acercarme a la valla, como si tuviera algo importante que hacer allí, unos minutos, media hora a lo sumo, si se retrasaba para fingir indiferencia, como hacía yo cuando me escondía en el seto; me preguntaba si tendría que esperar mucho rato, porque una vez, una sola vez, no vino; la esperé hasta la noche, no podía hacer otra cosa, oscureció y yo seguía al lado de la valla, ella no. vino, y aquella tarde descubrí lo abismal que puede ser el tiempo cuando uno espera y no puede hacer más que esperar. Y entonces apareció de repente.