Al igual que todos los momentos que consideramos trascendentales, también ése fue insulso, como si tuviéramos que anunciarnos a nosotros mismos que lo que tanto esperábamos ya ha ocurrido, porque nada cambia, todo sigue como estaba, simplemente, ella había llegado, la espera había terminado.
Yo estaba entre los arbustos, detrás de la valla, tenía el observatorio cerca de la verja, exactamente delante del sendero que salía del bosque y, casi escondido, serpenteaba entre las matas, bajo las ramas de un enorme sauce llorón y salía a la calle por la que a aquella hora no pasaba nadie; yo podía estar seguro de que, si me mantenía alerta, no perdería ni un segundo de su presencia, eran momentos preciosos para mí y, trabajosamente, me abría camino por entre los arbustos, de los que conocía cada rama que me golpeaba la cara, y la acompañaba hasta la cerca del vecino, y desde allí la seguía con la mirada, hasta que el rojo y el azul de su graciosa falda se confundían con el verde, y todo ello duraba bastante tiempo; la única sorpresa podía ser que no viniera por el bosque, para evitar que nuestro mudo juego se hiciera rutinario y a veces daba un gran rodeo, y, en lugar de salir del bosque, aparecía por donde la calle se elevaba en una pronunciada subida para descender enseguida; la calzada había estado asfaltada, pero las heladas habían cuarteado y hecho saltar el asfalto, y sus precauciones eran inútiles; en aquella quietud, ni el oído más fino percibía el lejano y monótono zumbido de la ciudad, entre la sinfonía que formaban el susurro de las hojas, los trinos de los pájaros, el ladrido de algún que otro perro y el sonido de una voz humana, pero aquella atenta espera me había enseñado a distinguir los distintos tonos del silencio y de cada sonido, y era inútil que ella tratara de sorprenderme viniendo por la calle, porque la tierra rechinaba bajo sus pies, y no podía ser nadie más que ella, yo conocía bien sus pasos.
Aquel día, al salir del sendero del bosque, se paró, y, si la memoria me ha conservado fielmente su imagen, que es lo más probable, llevaba la falda roja con lunares blancos y una blusa blanca, las dos cosas, bien almidonadas y planchadas con brillo, de modo que el pequeño relieve de sus pechos casi desaparecía bajo la rígida tela, y sus finas rodillas golpeaban airosamente la falda de algodón haciéndola crujir; cada prenda de su modesto vestuario revelaba u ocultaba alguna parte de su cuerpo, y por eso yo conocía bien todas sus faldas, vestidos y blusas, prendas que quizá ella elegía con esmero pensando en mí; se paró, pues, y, estirando el cuello hacia adelante, muy despacio, con fingida indiferencia, volvió la cabeza primero hacia la derecha y después hacia la izquierda y, durante este movimiento, sus oíos, como por casualidad, se posaron en mí no más de una fracción de segundo -en vano yo trataba de retener su mirada, sólo un día conseguí que me mirara más larga y valientemente, pero de eso hablaré más adelante-, era evidente que me buscaba, porque, cuando yo no estaba en mi sitio, si me agachaba o me escondía detrás de un árbol, para que no me viera enseguida y así ponerla en desventaja, sus ojos vacilaban y su rostro reflejaba la desilusión que yo pretendía provocar con mi argucia que a ella, tan discreta, debía de parecerle de una coquetería imperdonable; sólo una mirada me lanzó mientras yo atisbaba, desvalido, desde la sombra caliente de los arbustos.
No era bonita, y ese reconocimiento exige una explicación inmediata, porque el que no fuera bonita me producía una mezcla de vergüenza y de pesar -¡aunque a mí sí me lo parecía!-, y tan pronto como ella doblaba la esquina de la calle y la perdía de vista, sentía como si tuviera que avergonzarme ante los demás de que la chica de la que estaba enamorado no fuera bonita sino fea o, dicho con más delicadeza, no fuera una belleza, y esto empeoraba las cosas y aumentaba mi confusión y mi vergüenza, porque, como llevaba ya tantos días soportando la tortura de la espera y rebelándome en vano, no tenía más remedio que reconocerlo, sí, tenía que pregonarlo, que gritarlo y, con la esperanza de liberarme, gritaba al aire que estaba enamorado, enamorado de esa muchacha, pero sólo era feliz mientras duraba el grito, porque cuando cesaba descubría que no me había liberado del triste convencimiento de que tendría que seguir esperando y esperando hasta las dos y media; y cuando llegara tendría que esperar a que se fuera para después seguir esperando hasta el día siguiente, lo que sin duda era absurdo y enfermizo, más incomprensible aún que rehuir a Kristian para evitarme el dolor de su presencia.
Ya que tenía, pues, que verla todos los días, por lo menos hubiera podido ser bonita, eso deseaba yo, porque su hermosura dejaría en mí su estela cuando ella se fuera y yo no tendría que avergonzarme de mis sentimientos; yo creía que su belleza hubiera podido redimirme, pero siempre tendría que sufrir la misma tortura, la misma dolorosa sed de belleza, diría hoy, con una viva mortificación que debía ocultar a todos, lo mismo que mi amor por Kristian, aunque por otras razones, y me sentía humillado; humillado, sí, porque sus ágiles movimientos, su extraña sonrisa, su tristeza arisca, su risa maliciosa, la luz de sus ojos verdes, la vibración nerviosa de sus músculos, todo ello me lo hacía familiar, yo lo asumía, lo integraba en mi cuerpo, por eso en las situaciones más inesperadas podía manifestarse en mí, era casi como si él ocupase mi lugar y yo me hubiera convertido en él; por eso, con uno solo de sus gestos imaginarios, con su sonrisa y con sus miradas podía destrozar todo lo que era importante para mí o podía ayudarme en dificultades que yo solo quizá no hubiera podido vencer, su presencia tenía una doble cara, una cara amable y una cara hosca, pero, en cualquier caso, imprevisible; no me dejaba solo, era mi muleta, o mi ideal oculto, era como si yo no existiera más que como su sombra; también ahora estaba presente en espíritu, aparecía y desaparecía, se encogía de hombros, sonreía o fingía indiferencia, pero se mantenía al acecho; así pues, esa muchacha podía hechizarme y su sola presencia, barrer mis dudas estúpidas, pero no era yo su único observador; no era capaz de juzgarla fiándome sólo de mis sentimientos, influido como estaba por un sentido crítico que, en cuestión de belleza, yo consideraba más competente, porqué, ¿qué opinión podía ser más válida que la de él?
Durante aquel tiempo, yo la observaba, ¿y quién si no iba a observarla?, la esperaba, me alegraba cuando la veía aparecer, y desde entonces nunca he encontrado en un rostro ni en un cuerpo algo que me impresionara más, o, para decirlo con más exactitud, es como si desde entonces, en cada una de las personas del sexo femenino que me gustan, buscara aquello que recibía de ella, precisamente porque ella nada me daba, con lo que me hacía dolorosamente consciente de una carencia y era esta carencia lo que, aun sin saberlo, yo siempre estaba tratando de llenar; pero si, a pesar de que ella poseía una belleza indiscutible, hoy lo sé por fin, porque su perfección se me manifestaba día tras día, aunque sólo durante un instante, a mí y sólo a mí, ¿y qué es la belleza sino revelación involuntaria de lo que nosotros mismos ignoramos poseer?, y yo, por extraño que pueda parecer, no podía llamarla hermosa, era porque contra todas las apariencias nunca estuve a solas con ella, ni un momento, siempre había alguien conmigo, detrás de los arbustos y yo notaba cómo esos otros me sujetaban los brazos para no dejar que la abrazara y cómo hacían que se me pusiera la piel de gallina para que no reconociera mis sentimientos; quizá hacían bien, me digo hoy con suficiencia, porque ese dolor nos enseña lo que nos está permitido y lo que nos está vedado; y no era él el único que hablaba contra ella -absurdamente, yo creía experimentar también los celos que hubiera podido sentir a causa de Livia aquel Kristian que yo imaginaba llevar dentro de mí-, sino que, por extraño que pueda parecer, éramos varios los que la observábamos desde mi persona, no únicamente yo, que tanto deseaba amarla, sino también todos los otros chicos, aunque entonces yo no era consciente de ello, y todos me mortificaban observando a esa muchacha, y lo peor no era que no la encontraran bonita sino que ni siquiera la encontraban fea, porque, aparte de mí, creo que nadie se había fijado en ella.