Por todo ello, no he podido olvidar el momento en que sentí que alguien me miraba; el miedo me lo ha grabado en la memoria.
Aunque no podría decir cómo ocurrió, porque resulta inexplicable y misterioso que cuando alguien nos mira, habla de nosotros o, simplemente, piensa en nosotros, involuntariamente, nos volvamos hacia esa fuente de atención y hasta después no comprendamos por qué; es una sensación, sin duda, pero ¿qué sensación?, es como si nuestros sentidos reaccionaran de un modo mucho más preciso y natural que nuestra razón o, dicho con más exactitud, como si la razón sólo pudiera procesar -con retraso, desfase e inseguridad- los materiales y energías que le transmiten nuestros sentidos y, a pesar de todo, subsiste la pregunta de qué fuerza, qué energía o qué sustancia es la que, incluso a través de grandes distancias, transmite a nuestros sentidos señales de otras personas y cuál es la naturaleza de esas señales que captamos y emitimos inconscientemente; aun cuando, aparentemente, nosotros nos limitamos a mirar al otro, pensar en el otro o hacer en voz baja alguna observación, el aire se carga, pierde su neutralidad, transmite señales hostiles o amistosas y, sin que nosotros nos demos cuenta, nos hace llegar los más complejos mensajes; yo no creo que ella quisiera llamar mi atención, por muchas razones, era inconcebible tal propósito, su mirada era, pues, tan involuntaria como mi respuesta: de pronto, dos personas se miran a los ojos, franca y espontáneamente, con avidez y sin recato, a pesar de que ahora teníamos que ser prudentes, los profesores estaban en el escenario, observando, aunque, a causa del carácter excepcional del acto, tampoco ellos podían moverse ni gritarnos los consabidos: «¡Todo el mundo quieto!» o «Como no te calles ahora mismo te vas a acordar de mí!», advertencias que tenían que sustituir por miradas, lo que hacía que el silencio fuera más amenazador y opresivo, mucho más que los gritos; alzando una ceja o insinuando apenas un movimiento de cabeza, te daban a entender que cualquier indisciplina, gesto de impaciencia o risa mal contenida no quedarían impunes; pero ella era una de esas personas que pasan inadvertidas, que en ningún momento y de ninguna manera llaman la atención, era muy reservada y, sobre todo, muy dócil como para arriesgarse a desafiar las reglas, por ello ni se me ocurrió pensar que trataba de tontear conmigo ni que buscaba distraerse con un coqueteo; me resultaba imposible descifrar su mirada.
Y es que aquella mirada, cuando tuve tiempo para reflexionar, me había llamado la atención porque no nacía de un sentimiento infantil; la prueba era que, a mi gesto de interrogación y perplejidad, ella no sonrió tratando de disimular, sino que se mantuvo impasible, tampoco tenía el aire ausente, simplemente me miraba, seria. «¿Qué mira esa mema?», me pregunté y la misma interrogación puse en mi mirada, mientras repetía mentalmente la socorrida frase con que solemos cortar estas incómodas situaciones: «¿Tengo monos en la cara?», pero tampoco surtió efecto, no observé reacción alguna, a pesar de que mi sonrisa tenía que indicarle claramente lo que estaba pensando; aunque en mí sí advertí un cambio, ya no podía desviar la mirada, me parecía que, después de sonreír con suficiencia, había pasado bruscamente de un espacio poblado de los ecos de mi miedo y ansiedad, a la masa blanda de un agua gris e infinita, un elemento extraño y familiar a la vez, en el que no podía asirme a nada conocido, aparte de aquella mirada franca que no perseguía efecto alguno y, precisamente por ello, era tan efectiva que renunciaba a todo objetivo, que nadaí buscaba, que nada trataba de disimular ni comunicar, que, simplemente, utilizaba los ojos para lo que deberían servir, ver y mirar, reduciéndolos a su función meramente biológica, la captación del objeto, y eso me parecía tan extraordinario porque me recordaba lo que yo había deseado en vano para mi relación con Kristian, porque él siempre encontraba la manera de rehuirme; por eso me resultaba tan familiar la sensación, pero tenía que desconfiar, si más no, porque una mirada franca y natural en muy poco se diferencia de esa otra mirada que, por estar vuelta hacia el interior, no advierte que está fija en alguien y como parece más importante lo de dentro, la pupila no acaba de decidirse entre enfocar el objeto interior o el exterior y, sin querer, mostramos a aquel a quien parecemos observar una cara inerte; pero no era así en este caso, en su cara no se advertía esa impavidez del ensimismamiento, era una cara inescrutable pero afable, su mirada parecía la de un animal, y no cabía la menor duda, me miraba a mí y a nadie más.
La veía entre cabezas y hombros, ella, por ser de las más bajas, es taba en primera fila y yo, no mucho más alto, en la tercera, la distancia entre nosotros era grande, en el gimnasio, chicas y chicos estábamos separados, por lo que su mirada no sólo tenía que atravesar la ancha tierra de nadie que, según el reglamento, separaba a uno y otro sexo y por donde, en otras solemnidades, desfilaban con ensordecedor redoble de tambores las banderas adornadas con cintas de los grupos de pioneros, sino, además, desviarse, obligándola a volver un poco la cabeza, pero a pesar de todo yo la sentía muy cerca, delante de mí, aunque no podría decir cuánto tiempo transcurrió hasta que se disiparon mis recelos y la acogí en mi interior; el blanco de los ojos, que se destacaba en su tez oscura, empalidecida por el invierno, las pronunciadas ojeras, en las que se transparentaban venitas que hacían azulear la piel morena, la nariz afilada, la boca pequeña con el labio superior que se respingaba con descaro y aquella frente que llegaría a hechizarme, en el verano, con su color tostado uniforme y, en el invierno, con aquellas zonas más claras en las que se transparentaba la fina estructura de los huesos y que acentuaban el sombreado de las sienes, y el tono oscuro del pelo, rebelde, grueso y espeso, sujeto con los pasadores blancos, y de las cejas, pobladas y bellamente arqueadas; así era esa niña entonces, mejor dicho, así la veía yo, esto captaba yo de ella, sí, y el cuello que asomaba de su blusa blanca era recio y erguido como el de un muchacho y ahora estaba un poco doblado para volver la cabeza con discreción; no miré su cuerpo hasta mucho después, ahora lo más importante era su mirada, quizá también el entorno inmediato de aquella mirada, la cara, pero al fin todo se desvaneció, barrido por un sentimiento difuso y cálido, como un desvanecimiento, una seguridad de que ella ahora sentía lo mismo, una compenetración íntima pero vaga, sin ideas, ni cuerpo, ni miradas, todo se había diluido en sombras y lo que ahora ocupaba su lugar es algo de lo que no se puede hablar.