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Sus ojos estaban en mis ojos, mi cara sentía su cara, pero mi cuello percibía el riesgo, el peligro al que ella se exponía al volverse hacia mí, y era la nuestra una atención sostenida, parecía que no habíamos cerrado los ojos ni una sola vez, que ni el parpadeo podía interrumpir aquella mirada interminable.

Estamos desafiándonos, a ver quién aguanta más, pensaba yo, pero hoy, al indagar en la memoria, me parece una idea absurda, porque, frente al diálogo de los ojos y la cara, el monólogo interior es una pobre defensa, un engaño o, por lo menos, una equivocación, y aquella mirada no era un desafío, por supuesto.

Ahora bien, no es de extrañar que busquemos una interpretación inmediata para todo sentimiento fuerte, y es que ese organismo al que llamamos personalidad tiene sus tics e instintivamente trata de explicarse la situación, para defenderse de todo lo que pudiera ser una amenaza para su sistema.

Yo no entendía nada.

No sabía qué me pasaba, qué me había pasado, qué me pasaría, ni adonde nos llevaría esta sensación, poderosa e inexplicable, de felicidad y armonía que nos infundía aquel intercambio de miradas, y empezaba a tener miedo, ahora también de ella, o de que Prém se volviera como el rayo, ahora que por fin me sentía seguro y me pegara delante de ella, y tener que devolverle el golpe, algo que había que evitar a toda costa, por las complicaciones que traería; tampoco entendía por qué tenía que ocurrir eso precisamente ahora y aquí, ya que no habían faltado ocasiones en otros momentos y lugares, al fin y al cabo, no se había producido ningún milagro que me acercara su cara aquí y ahora, y sería exagerado y engañoso afirmar que la fuerza de los sentimientos anulaba la distancia, no, yo la conocía muy bien como para no poder sentirla cerca, pese a los metros, las cabezas y los hombros que nos separaban; no era la primera vez que la veía, a pesar de que en aquel momento me parecía tan extraña como esa cara que elegimos entre la multitud cuando nos sentimos perdidos, porque, inexplicablemente, nos parece simpática, conocida y hasta familiar, la cara de alguien a quien hemos tratado; yo conocía su cara, su figura y su manera de moverse, las conocía bien, sólo que hasta este momento no había sabido que las conocía ni que, por alguna razón, este conocimiento podía ser importante para mí, ni yo mismo sabía por qué no me había fijado en ella hasta ahora, porque hubiera sido lo más naturaclass="underline" hacía seis años que íbamos a clases paralelas de la misma escuela y mis sentidos habían registrado, con indiferencia y sin aderezo sentimental alguno, los rasgos de su cara y, pensándolo bien, ninguna característica de su inocente y modesta persona podía habérseme escapado, ya que durante todos aquellos años teníamos que habernos tratado mucho, porque ella era íntima de Hedi Szán y de Maja Prihoda -dos chicas con las que yo mantenía una relación ambigua y apasionada, peculiar y característica en mí, que no podía llamarse amor, porque era menos que amor, ni amistad, porque eral más que amistad-, una especie de dama de honor, la sombra callada de aquellas dos bellezas, mediadora entre las dos grandes rivales en sus horas de mal humor, pero, siempre, una subordinada, un alma servicial, función que no parecía molestarla, dado su buen carácter y su sentido común, y la misma serena sensatez mostraba cuando ellas la trataban como a una criada que cuando, en sus momentos de magnanimidad, exageraban la nota de la benevolencia y le dedicaban todas las atenciones que pudiera desear una compañera de juegos.

Aquella tarde de verano, cuando ella salió del sendero del bosque a la calle, las suelas de sus sandalias rojas rechinaron varias veces, y entonces, antes de que llegara a mirarme a los ojos, se hizo un silencio trémulo y sofocante en el que yo no percibía más que la aproximación de su mirada; yo estaba, como siempre, al lado de la valla, entre los arbustos, esperando ansiosamente algo, no sabía qué, algo inminente pero imprevisible, porque, cuando ella aparecía, me sentía incapaz de tomar iniciativas para convertir en actos mis inocentes fantasías; acababa de tragar el último bocado de pan con manteca, teil nía una mano apoyada en la valla y la otra se había quedado inmovilizada en el muslo, donde había empezado a limpiarme los restos de manteca, cuando nuestras miradas se encontraron y ya no pudieron separarse, nos mirábamos a los ojos, tan quietos como aquel día en el gimnasio, donde, sin que nosotros lo advirtiéramos, estábamos protegidos por la distancia y la gente, pero ahora nos hallábamos desamparados, a merced de nuestros fuertes sentimientos; de todos modos, nuestra situación era tan inexplicable y tan casual como entonces, porque, a pesar de que no nos habían faltado oportunidades de mirarnos y aproximarnos, no habíamos vuelto a hacerlo, nos seguíamos con la mirada de lejos y de cerca, pero con prudencia, con disimulo, secretamente, dejando pasar la ocasión, dándonos la espalda o desviando la mirada, para volver a buscarnos con los ojos y averiguar si el otro sentía la misma ansiedad y el mismo deseo; un día, al escapar corriendo, miró hacia atrás, tropezó y cayó al suelo, rápidamente, se levantó y siguió corriendo, y a mí me pareció que se movía con tanta gracia y agilidad que no me reí; ahora, al recordar aquella mañana, comprendía que muchas cosas habían cambiado desde entonces, la relación que había empezado a tejerse entre nosotros no era un secreto, a pesar de que no habíamos hablado de ella con nadie, había empezado a correr el rumor de que Livi Süli se había enamorado de mí y, al cabo de unas semanas, todo el mundo lo daba por descontado.

No era de extrañar que se supiera, porque ya aquel día, en el gimnasio, nos habíamos delatado cuando Livia, discretamente, volvió la cara hacia otro lado pero mantuvo la mirada dirigida a mí, aunque entonces me di cuenta de que sus ojos ya no me miraban, que había puesto fin a aquel momento del que ninguno sabía cuándo había empezado exactamente; apartó la mirada como si todo hubiera sido una equivocación, como si no hubiera querido mirarme a mí sino a Prém, pero era indudable que había coquetería en aquella desviación, un truco muy revelador, a pesar de que su gesto era serio y formal, como si no tuviera más deseo que el de cumplir con las exigencias del momento y todo hubiera sido un hecho fortuito, una mala interpretación; y yo, ¿qué podía hacer yo?, también desvié la mirada, avergonzado de haberme mostrado tan impresionable, pero aun así quería volver a mirar, porque me parecía que se me había arrebatado algo importante, algo cuyo valor no había descubierto hasta aquel momento, pero importante no por lo que pudiera darme, sino por lo que podía perder si me lo quitaban, como si, a partir de ahora, cada momento que tuviera que pasar sin mirarla fuera tiempo desperdiciado, vacío, insoportable, un tiempo en el que yo no existía, sus ojos me eran indispensables, los ojos sobre todo, pero también la boca y la frente, yo tenía que ver aquello que era tan importante para mí porque no podría suplirlo con el ensueño ni la imaginación; si no la veía, todo parecía perderse en una niebla sofocante y densa; a pesar de todo, no la miraba, lo que me exigía un gran esfuerzo de voluntad, poco a poco, la cara, el cuello, los hombros y el brazo se me quedaron insensibles, no quería mirar, pero la resistencia a la tentación es siempre una prueba ardua y desesperada, no se pueden tensar demasiado las cuerdas o se rompen; cuanto más tiempo pasaba desde que había quedado abandonado a mí mismo, más clara y dolorosamente reconocía que no podía existir sentimiento más absurdo, era como si mi cuerpo se hubiera hinchado y absorbido al otro, como si mi piel no cubriera sólo mi cuerpo, como si mi propio cerebro pensara con otro cerebro y cuanto más doloroso se hacía este estado y más deseaba yo que terminara o que llegara una satisfacción, más crecían mi amargura y mi rabia, ya que tenía que reconocer cuál era la situación real, la verdadera relación de fuerzas, y en estos casos mucho nos cuesta no ser el que manda, porque, al fin y al cabo, ella había atraído mi atención y luego me había abandonado, por eso yo no podía volver a mirarla, porque así quedaría demostrado que la más fuerte era ella, que ella había vencido, que había otro que era más fuerte que yo, otro que estaba por encima de mí, y este otro era una criada, una chica fea, una chica, una criada, y estas palabras que yo repetía con rabia tenían algo de verdad, ya que ella era para Hedi y Maja lo mismo que Prém era para Kristian y Kálmán Csuzdi, y en mi confusión me juré a mi mismo que, aunque ella no hiciera en toda su vida nada más que mirarme, yo no volvería a dirigirle ni una mirada, para no darle ocasión de que volviera a hacerme esto, aunque se le cayera la nariz de tanto mirar; que me devorase con los ojos si quería, yo tendría a alguien que me contemplaba sólo a mí y haría como si no me importara lo más mínimo; cuando no pude resistir más y volví los ojos la vi muy colorada, y nada hubiera podido impresionarme tanto como su mirada, ella miraba y miraba, ¿y por qué?, yo había cedido, sólo un momento, para incitarla a seguir mirando y luego hacerle sentir con más fuerza la ausencia de mi mirada cuando yo la retirara; pero no me miraba ella, había vuelto a engañarme mi intuición: era Hedi, que estaba varías filas más atrás, que había tenido ocasión de observarnos a los dos y que seguramente lo había visto todo, porque hizo una mueca amistosa, comprensiva y condescendiente no exenta de crueldad.