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Pero no era tan fácil marcharse, y no creo que ella deseara que yo hiciera lo que me pedía; con el silencio, creció la tensión entre nosotros y, como si quisiera acentuarla, repitió varias veces la última frase, «te vas, ¿eh?, a hacer los deberes, ¿sí?»; pero me oprimía la mano con más fuerza y, con la excusa de despedirme, me retenía, para retrasar el momento en el que yo, impulsado por el sentido del deber, me levantara y, un poco aturdido pero reconfortado, me fuera a otra habitación, aunque no había que romper el encanto tan pronto, aún podía esperar un poco, respirar al calor de su cuerpo febril, compartir aquella húmeda atmósfera en la que también yo parecía arder de fiebre, mientras rozaba con la boca la piel suave de la parte interna del codo, o palpar con los labios la tensión de los músculos y tendones del cuello, pero haciendo como si el roce fuera casual, abrir la boca y sentir dentro de los labios y en la lengua el olor y el sabor de su piel.

Ella nunca fingía no reparar en aquellos contactos amorosos, ni denunciaba mis pequeñas estratagemas, ni hacía como si las considerara señales de inocente amor filial, o como si no le gustaran, tampoco se escudaba en su enfermedad, como si únicamente su debilidad física hiciera posibles y necesarias estas peligrosas demostraciones de mutua ternura, no, ella reaccionaba con sencillez y naturalidad, me besaba tiernamente la oreja, el cuello o el pelo, lo que tuviera más cerca, y una vez, hundiendo la cara en mi pelo, dijo que olía a carnero joven, un olor que le gustaba, un olor que hasta entonces yo no había advertido pero que desde aquel momento traté de percibir, para descubrir qué podía ser lo que le causaba aquel momentáneo placer; todo ello daba la impresión de que quería hacerme una demostración práctica de lo que debe ser la naturalidad y dónde están sus límites, y cuando interrumpía o enfriaba el placer del contacto físico con una palabra, ello parecía tan justo y natural como el mismo contacto, y ni, remotamente, una medida de protección o autoprotección, sino más bien una prudente reconducción de unos sentimientos que no podían encontrar otro cauce.