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– Está bien, está bien -dijo alzando un poco la voz, como si le divirtiera que hubiéramos llegado tan lejos-. A ver si ahora puedo contarte lo que antes no he podido. Escucha, quería decirte que en aquel prado no estaba sola, me parecía que habíamos estado echados entre la hierba alta, hacía sol, en el cielo había nubes blancas, nubes de verano, quietas, zumbaban los insectos, las avispas, las abejas, pero no creas que era tan hermoso, porque a veces una mosca se me paraba en la piel y, por más que yo movía el brazo o el pie, era inútil, la mosca se iba pero volvía al momento, y es que, con el calor de mediodía, las moscas se ponen muy pesadas, porque era mediodía, ¿comprendes?, es como si lo hicieran adrede, para impedir que goces en paz de lo que deseas gozar, de la belleza del mundo, y no te dejan, quizá, simplemente, porque también ellas quieren disfrutar de algo, precisamente de tu piel, pero ya estoy divagando otra vez y no te hablo de lo que quería hablarte, pero ahora me doy cuenta de que no es un cuento para niños, y menos para ti, y que sería preferible callar, en fin, éramos tres personas en el prado, y el prado existe realmente, habíamos ido en la barca y la habíamos atado en el sitio en el que habíamos quedado citados con los demás, pero habíamos llegado los primeros y ahora estábamos tumbados en la hierba, lejos uno de otro, dos hombres y yo, y cuando has entrado tú y me he despertado, bueno, he cierto los ojos porque en realidad no dormía sino que sólo estaba prendida en la escena que acababa de ver desde arriba, como se ven las cosas en los sueños y pensaba en lo hermoso, lo increíblemente hermoso que era aquello, y es que todo ello es hermoso, aunque entonces me parecía un infierno, una ciénaga apestosa y no por las moscas sino porque no podíamos decidir a cuál de ellos pertenecía yo.

– ¿Y papá?

– Él también estaba.

– ¿Y cómo te decidiste?

– ¡No me decidí!

Fue como si quisiera decir más pero de pronto hubiera comprendido que ni ahora ni nunca podría añadir ni una palabra: tan brusco fue su silencio.

Y yo no pude seguir preguntando, nos habíamos quedado inmóviles como dos estatuas, o como dos animales de presa al acecho, en el momento en el que todavía no se sabe para quién será la pieza.

Más no podía decir, o hubiera rebasado el límite, al que mucho nos habíamos acercado, si no estábamos ya en él.

Por la más elemental prudencia, no podía continuar, ni yo hubiera podido soportarlo; me sonrió con dulzura, tranquila, una sonrisa que era sólo para mí, una sonrisa, sin embargo, que no parecía formar parte de un proceso, que no tenía principio ni final previsible, y yo la miré como el que contempla la fotografía de una cara que sonríe desde el pasado, aunque aquel momento parecía contener bastante más que una imagen y el flujo y reflujo de pensamientos que había suscitado y aunque parezca un sentimentalismo exagerado debo decir que aquel momento fue una revelación o, por lo menos, eso que, a falta de palabra mejor, solemos llamar revelación; yo miraba su cara, su cuello, la sábana arrugada, y cada pequeño detalle contaba una historia mucho más rica de lo que hubiera podido imaginar, un pasado lleno de emociones e imágenes insospechadas cuya interrelación sa me manifestaba ahora, aunque no en forma de relato coherente; por ejemplo, una imagen: estoy delante de la puerta del cuarto de baño, la puerta está cerrada, es de noche, está oscuro, quiero entrar pero no me atrevo porque sé que lo que excita mi curiosidad está prohibido, y con razón, pero no es el verlos desnudos, ellos nunca me habían ocultado su desnudez, era yo el que la consideraba un secreto, la envoltura de un secreto, porque cuando se presenta la ocasión de verlos, desnudos, a pesar de que se comportan con naturalidad, yo los miro con avidez, confuso, con una curiosidad insaciable, deteniéndome en las partes de sus cuerpos que normalmente están cubiertas; sus cuerpos eran para mí siempre nuevos, distintos, no podía acostúmbrame a ellos pero había algo que me dolía, que ofendía mi pudor y enconaba mis celos, porque aquella naturalidad aparente no era a mis ojos sino una piadosa comedia de ambos, yo lo notaba, para aquellos cuerpos, juntos o por separado, yo no contaba, no era nada, ellos lo eran todo el uno para el otro, sólo estaban completamente desinhibidos el uno para el otro y yo quedaba siempre excluido de esa relación, tanto si en aquel momento se odiaban, no se habían dirigido la palabra en varios días o fingían indiferencia como si acababan de amarse y cada mirada, cada risa, cada gesto de maliciosa complicidad tenía una ternura que me era completamente extraña, que me hacía sentirme como un intruso hasta cuando más cariñosos estaban conmigo, alimentándome, por así decir, con las sobras de su pasión, y ello casi era tan humillante como si no me hubieran hecho ni el menor caso, como si les pareciera un objeto molesto; pero aquella frase inesperada y ambigua que tantas posibilidades apuntaba y que había trocado nuestro coloquio en un tenso silencio parecía iluminar ahora los altibajos de su relación que tanto me intrigaban y revelarme el secreto que, insensiblemente, yo trataba de descubrir, porque yo deseaba fervientemente que su relación no fuera tan exclusiva como parecía, para poder hacerme un hueco entre ellos; dentro se oía rumor de agua, una charla a media voz, la risa de mi madre, y aquella risa, nueva para mí, me hizo recordar de pronto, con un ligero vértigo, que yo ya había estado antes en la oscuridad, delante de otra puerta, en pijama, y me pareció que aún seguía allí y que lo ocurrido entre aquellos dos momentos que no podía situar en el tiempo era sólo un sueño del que ahora despertaba y que no recordaba cómo había empezado; cuando, con una voz diferente, más sonora y firme, que conservaba un eco de aquella carcajada un poco excesiva, mi madre dijo desde dentro: «¿quién es el que, de noche y a oscuras, está delante de esa puerta?», yo, naturalmente, no contesté, ¿había crujido el suelo bajo mis pies?, ¿o tenía una presencia tanta fuerza como para hacerse notar a través de una puerta? «¿Eres tú, mi vida, o es un cuervo que quiere entrar?, ¡adelante quienquiera que seas!», yo seguía sin poder responder, pero ella no parecía esperar respuesta, «¡habla y entra!», sonaba casi como una cantinela, acompañada de la risa ahogada de los dos, y el chapoteo del agua en la bañera y en el suelo de mosaico, yo no podía irme pero tampoco era capaz de contestar y entrar, y entonces la puerta se abrió.

No era, pues, un error ni una ilusión de los sentidos la sensación de que yo ya había estado delante de una puerta, la imperiosa invitación de mi madre iluminó súbitamente una imagen aún más lejana, la de unos pies y un almohadón que tapaba una cabeza, fue como un fogonazo, pero bastó para que la sima a la que ahora me asomaba me Pareciera, en su misterio, más invitadora, una imagen de la que entonces, delante de la puerta del cuarto de baño, sólo podían acordarse mis sentidos, que a tientas buscaban en la memoria la impronta de una experiencia debidamente archivada, sabiendo con exactitud cuál era su momento y lugar y percibiendo todo su aroma, pero sin poder encontrarla, y ahora que no pretendía evocarla allí estaba, inserta en la otra imagen, porque la desnudez de los cuerpos las había asociado; mi cara de sorpresa apareció en el gran espejo del baño empañado por el vapor cuando mi padre, doblando el cuerpo fuera de la bañera, abrió la puerta; lo vi fuerte, enorme, de pie en la bañera, inclinado hacia el picaporte, su espalda era una mancha rojiza en el espejo velado, cuarteado por las gotas que resbalaban por su superficie: mi cara y su espalda; mi madre, sentada en la bañera, mesándose el pelo cubierto de champú, me sonrió parpadeando por el picor de la espuma y se sumergió rápidamente cerrando los ojos, para aclarárselo; también entonces sentí el mismo desvalimiento que ahora, como si el pijama fuera lo que sostenía mi cuerpo, que se sentía a merced de unas emociones que no entendía, como si el pijama fuera más real que yo, también aquella otra vez iba yo persiguiendo un sonido, un sonido lejano y sordo, apenas perceptible pero agudo, era de noche, me había levantado a orinar, cuando lo oí, no podía identificarlo pero no sentí miedo, era una noche de luna de invierno, clara y fría, en la que la claridad, que el marco de la ventana cortaba en planos rectilíneos, parecía flotar entre sombras densas y fluidas que envolvían todos los objetos conocidos, y estremecía un poco cruzar la nítida divisoria entre luz y oscuridad; el sonido venía del recibidor, en el espejo vi un momento mi cara que azuleaba de un modo inquietante al claro de luna, parecía que alguien gritaba o lloraba, pero en el recibidor no había nadie; impulsado por mi propio aturdimiento, seguí andando hacia la cocina, mis pies descalzos rozaban el suelo con suavidad, no se veíai nada, también la cocina estaba a oscuras, detrás de la puerta sonó un crujido y volvió el silencio, pero a mí me parecía un silencio de cuerpos vivos, como si aquí no hubiera sólo muebles impregnados de luz inerte, como si el silencio no lo hiciera sólo mi respiración contenida, cuando, detrás de la puerta abierta del cuarto de la criada, oí un jadeo ronco acompañado del acompasado chirriar y crujir de la cama, y me pareció que de aquel estertor que subía de tono a cada oscilación brotaba el grito agudo, en el que se mezclaban risa y sollozo, que me había traído hasta aquí; así pues, no me habían engañado los sentidos y sólo necesitaba dar un último paso para ver lo que había más allá de aquella puerta abierta -¡porque yo quería verlo!- pero me parecía que nunca podría llegar a la maldita puerta, todavía no, estaba lejos, aunque la voz ya me dominaba, sentía dentro de mí sus modulaciones y su ritmo y, por fin, como un autómata, di el ansiado último paso y pude ver lo que estaba oyendo.