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Naturalmente, mi padre no me parecía fuerte y enorme porque lo fuera realmente, era más bien delgado y anguloso, y el empleo involuntario de la palabra «enorme» me traiciona, me hace comprender las inhibiciones y torturas de décadas de obcecación con las que tengo que habérmelas ahora, cuando me propongo hablar de algo de lo que no se acostumbra a hablar por pudor, pero que, como forma parte del llamado desarrollo psíquico de aquel niño que era yo, no se puede soslayar, habrá, pues, que respirar hondo y, antes de que vuelva a fallarnos la voz, hablar de aquel lejano recuerdo que, por suerte o por desgracia, se había borrado de mi memoria hasta aquel momento, en que volvió a mí de forma repentina e inesperada, cuando mi madre me habló de aquel prado: el recuerdo del cuerpo de mi padre, en la cama de la criada, atenazado por unas piernas femeninas, un secreto bien guardado que ni siquiera ahora debería traicionar; no le veía la cara, pero descubrí que los gritos de placer y dolor sonaban amortiguados porque mi padre, con la mano abierta, apretaba un almohadón contra una cara, y observé que las piernas que rodeaban sus flancos no eran las de mi madre, ¿cómo iba a estar aquí mi madre?, ¿y cómo no reconocer un muslo, el empeine de un pie o la curva de una pantorrilla con la misma claridad con que se reconoce una nariz, una boca o unos ojos? Lo sorprendente no era que no fueran sus piernas ni fuera su voz la que sonaba debajo del almohadón, yo sabía quién dormía en la habitación de la criada, lo que me angustiaba y confundía era que yo deseara que fuera mi madre, yo no tenía ni la más remota idea de lo que estaba ocurriendo, pero aun en mi misma ignorancia tenía la convicción de que mi padre sólo podía compartir un placer como éste con mi madre, es decir, que lo que aquí ocurría, por agradable que pudiera parecer y, por lo tanto, natural a los ojos de un niño, me repugnaba, pero aquello nada tenía que ver con la impresión de fuerza que me producía mi padre y que, probablemente, tuvo su origen en ese momento en que, inclinándose fuera de la bañera, me abrió la puerta y, con su habitual seriedad, se irguió frente a mí de manera que su pubis, la parte más oscura de su cuerpo mojado, que relucía a la luz cruda del cuarto de baño, quedó a la altura de mis ojos, literalmente delante de mis narices, y yo sabía que tampoco esta vez ninguna de mis involuntarias miradas ni movimientos escaparía a su atención; su pelo, pegado a la cabeza, dejaba la frente libre de aquel mechón veteado de rubio que solía suavizar sus facciones dándole un aire despreocupado y hasta juvenil y atemperando la fría mirada de sus ojos azules, la mirada que había ahora en su cara desnuda, atenta y huraña, del que tiene algo que reprochar al mundo, irguiéndose no ya por encima de mí, sino a una altura inalcanzable para cualquiera, la altura de la seguridad absoluta, desde la que toleraba que otros se acercaran a él con deseos e instintos mezquinos y emociones sórdidas, mientras él observaba y juzgaba, aunque raramente ponía en palabras sus juicios; visto desde mi estatura, su cuerpo me parecía perfecto o, por lo menos, lo que suele considerarse un cuerpo de hombre perfecto, y si recurro al canon es para evitar toda sospecha de parcialidad y no llamarle hermoso, muy hermoso o, incluso, irresistible, porque llamarle hermoso equivaldría a reconocer que estábamos indefensos ante él, entregados y, cediendo al impulso natural, entregados con gusto, que nuestro más ferviente deseo era hacerlo nuestro, apropiárnoslo, aunque no fuera más que resiguiendo su contorno con la yema del dedo, percibiendo por el tacto lo que ya los ojos han considerado hermoso; los hombros anchos, con músculos desarrollados por el remo y la natación, cubriendo casi los ángulos y protuberancias de los huesos, no exentos de atractivo, del hombro y la clavícula, lisa y suave, pero también bien definida, la musculatura de los brazos, el pecho, suavemente abombado, cuya delicadeza velaba a la par que acentuaba el vello rubio que era mucho más atractivo mojado que seco, porque los pelillos adheridos a la piel formaban en el oscuro pezón una aureola que atraía la mirada, que podía optar entre seguir a lo largo de la línea del costado que, en suave sangrado, se recogía hasta la cadera, y deslizarse por la ondulación de los músculos que cubrían las costillas, para cruzar al vientre, donde el hoyo del ombligo y la oscura cuña de vello atraerán nuestra mirada pero no la detendrán, ya que los ojos, por su natural configuración física, siempre buscan los puntos más oscuros o los más claros, por lo que, irremisiblemente, llegarán al pubis; y, si se presenta la ocasión y nuestra mirada es tan precavida que el otro no la advierte -pero él la advertirá, porque sus ojos reaccionan del mismo modo en una situación análoga, pero quizá por pura benevolencia, no se da por enterado o da media vuelta o se cubre con lo primero que encuentra y, para no delatar su turbación, hace una observación casual- o si posee un conocimiento tan profundo del alma humana que, dejando aparte toda consideración moral, simplemente, acepta nuestra mirada, entonces nos demoraremos aquí porque nos gusta contemplar esta complicada región, explorar cada detalle para calcular todas sus posibilidades, sabiendo que el camino recorrido hasta ahora por nuestra mirada no era sino una dilación, una preparación, un preludio; por fin hemos llegado al objetivo de nuestra mayor curiosidad, sólo aquí podemos encontrar el conocimiento necesario para juzgar el conjunto del cuerpo, por lo que tal vez no sea exagerado afirmar que también desde el punto de vista moral hemos llegado al punto crítico.

Al igual que otra vez, cedí al deseo de tocarlo con la mano.

Fue una mañana de domingo de verano, estaban abiertas las ventanas y por las rendijas de las cortinas blancas ya entraba el sol cuando entré en la habitación de mis padres para meterme en su cama, como de costumbre, sin adivinar que aquella mañana tendría que despedirme para siempre de esa agradable costumbre, en la cama en la que ahora estaba mi madre, sola, envuelta en el olor denso de su enfermedad al que casi no podías acostumbrarte, una cama ancha, un poco más alta de lo normal, que parecía dominar la austera habitación, con el cabezal de madera lacada en negro, lo mismo que el resto del mobiliario, la cómoda lisa, el tocador, el marco del espejo, el sillón tapizado de seda blanca y la mesita de noche, no había más, las paredes, desnudas, lo cual, curiosamente, no hacía que la habitación pareciera destartalada ni poco acogedora; en el suelo, arrugada, Ia manta; mi madre ya no estaba, seguramente habría ido a preparar el desayuno, pero mi padre seguía durmiendo, de lado, con las piernas encogidas, cubierto sólo por la sábana; aún no sé qué me hizo abandonar todo mi pudor y mis inhibiciones, no pensé que olvidaba algo importante ni que infringía una ley no escrita, quizá era el aire de la mañana de verano, la suave brisa que traía hasta nosotros el olor a tierra fresca y húmeda de rocío y que, con su cálido soplo, anunciaba el tórrido calor de mediodía, aún piaban los pájaros, en el apagado zumbido de la ciudad lejana se mezclaban sones de campanas, del aspersor hincado en la hierba de un jardín vecino brotaba el agua con siseo monótono, y te sentías alegre y optimista sin saber por qué; yo me quité el pijama y, pisando la manta que estaba en el suelo, me metí debajo de la sábana, al lado de mi padre.