Desde luego, si hoy buscara una explicación, ya que no una disculpa, tendría que aducir que la gracia de aquellas visitas dominicales consistía en hacerlas estando medio dormido, para que, al despertarme después al calor del cuerpo de mis padres, pudiera llevarme la grata sorpresa del cambio de lugar y todos nos admiráramos del pequeño milagro escenificado por mí, por el que, en estado de semiinconsciencia, realizaba ese desplazamiento en el tiempo y el espacio que en el sueño se consigue sin esfuerzo; naturalmente, esto no es disculpa ni explicación; sin embargo, tampoco hay que desdeñar esta apreciación, habida cuenta de que, normalmente, consideramos terminada nuestra niñez tan pronto como la sombra de un piadoso olvido cubre sus crueles juegos y cada uno de nuestros nervios descubre que debe resignarse a supeditar los deseos que se manifiestan en nuestras fantasías a las limitadas posibilidades que las reglas de la convivencia social nos ofrecen como realidad, es decir, a aceptar la realidad, pero el niño no tiene elección, él no puede sino seguir de un modo anárquico las leyes de su naturaleza interior -que nosotros, reconozcámoslo, no consideramos menos realistas ni verdaderas- quizá porque el niño no distingue claramente las leyes de la noche de las leyes del día, tendencia unificadora a la que nosotros seguimos siendo susceptibles; el niño tiene que explorar los límites de lo aceptable y lo inadmisible, y seguimos siendo niños mientras existe el impulso de saltar barreras y, a través de la reacción del entorno que con frecuencia suele estar en trágica contradicción con la propia naturaleza, descubrir el sitio de cada cosa, su momento y su nombre, al mismo tiempo que las sacrosantas reglas de las hipócritas vías de escape, el bello camuflaje de las apariencias, el correcto accionamiento de las puertas secretas de un laberinto, cuyo conocimiento nos permitirá satisfacer no sólo los llamados deseos reales sino también los más elementales y verdaderos, en suma: lo que llamamos educación y, puesto que estamos escribiendo un Bildungsroman, es decir, una novela que describe la formación de una persona, podemos hablar claro, y es precisamente la piadosa ambivalencia del proceso educativo lo que nos permite manifestar nuestros pensamientos secretos, a saber, que a veces hay que tocar los genitales paternos para saber con exactitud lo que es esa moralidad cuyos dictados, pese a presiones y buenas intenciones, no conseguimos asumir plenamente; cuando desperté, con mi cuerpo desnudo apretado en sudoroso abrazo contra el de mi padre dormido, sintiendo en los dedos el vello de su pecho, me pareció que me había engañado a mí mismo, que había tenido que burlarme a mí mismo, no a él, para pegarme a su espalda y posaderas, enlazar sus piernas con las mías y sentir su desnudez; por un lado, indudablemente, me producía sorpresa y alegría que, durante aquel sueño corto y profundo, nuestros cuerpos se hubieran fundido de manera que hasta pasados varios instantes no conseguí distinguir uno de otro; por otra parte, no cabía la menor duda de que yo mismo había provocado aquel despertar; para la sensibilidad, más importante que el elemento consciente es el inconsciente, intuitivo, del sueño, incluso diría que éste era el objeto de mi experimento, que este estado quería yo prolongar hasta el infinito, porque me permitía experimentar la sensación de plenitud en la que el deseo y la imaginación se hermanan armoniosamente con la mentira y la argucia; así, fingiendo dormir, como si jugara al escondite conmigo mismo, despacio, muy despacio, deslicé los dedos por su cuerpo, sintiendo cómo su piel se estremecía por el contacto, cómo le crecía la saliva, cómo suspiraba, espiando si seguía durmiendo, pero mientras iba hurtándome a mí mismo estas sensaciones, recordé con un sobresalto que yo estaba ahora en la cama que había calentado el cuerpo mi madre, ocupando su lugar, robándole estas sensaciones.
Era como si tuviera que tocar a mi madre con la boca y a mi padre con la mano.
En el vientre mi mano tuvo que abrirse para abarcar su suave curva. Desde aquí sólo tenía un pequeño trecho que recorrer y tras enredarse un momento en el vello púbico, se cerró sobre el miembro. El momento se dividió en dos fases diferentes. En la primera, su cuerpo, en modo alguno indiferente y hasta bien dispuesto, se estremeció y él despertó.
En la segunda, con una convulsa sacudida, se desasió de mí y dio un alarido.
Como el que, en la cama caliente, se tropieza con un sapo frío y viscoso.
Hacia la mañana el sueño es más profundo y pesado y, si yo no le hubiera despertado de este sueño profundo, seguramente él hubiera tenido la posibilidad de recordar que también era protagonista de la misma novela de formación, a la que nada que sea humano puede ser ajeno, es decir, que lo ocurrido no era tan extraordinario como para justificar una reacción tan brutal; por otra parte, si él quería evitar que su rechazo tuviera consecuencias imprevisibles, es decir, si no quería provocar en mí una reacción negativa, sino que, como pedagogo consecuente, deseaba alcanzar un efecto positivo, hubiera tenido que proceder con más precaución y, sobre todo, con la prudencia del superior, sabiendo que una persona y, sobre todo, un hombre de su edad, más de cuarenta años, debía comprender que esto puede ocurrirle a cualquiera por lo menos una vez en la vida, ya sea con la imaginación, o en la realidad, simbólicamente o con las propias manos, que cada cual, por lo menos una vez, tiene que herir el pudor de su padre, quizá para autoinmunizarse uno mismo y que eso, de una forma o de otra, lo hacen todos, aun en el caso de que, después de esta dura prueba, no le queden fuerzas para reconocerlo ni ante sí mismo, esta negativa está dictada por el instinto de conservación y un sentido moral que aparece sólo en los casos extremos; pero mi padre despertó bruscamente, debió de sentirse traicionado por el primer movimiento instintivo de su propia naturaleza y tuvo que gritar.
– ¿Qué haces aquí? ¿Qué es esto?
Y de un empujón me lanzó al suelo, encima de la manta de ellos dos.
Después de aquello, durante varios días, me dominó la consternación del pecador, el tenso torpor de la espera, en el que, preparados para las consecuencias, para el castigo, magnificamos lo sucedido, que hasta puede parecemos emocionante, pero no pasaba nada, en vano los observaba a ambos con la mayor atención, ni siquiera pude averiguar si mi padre había contado a mi madre lo ocurrido, como hacía en otros casos, cuando en relación con alguno de mis delitos trataban de observar respecto a mí una conducta unitaria, lo cual no siempre conseguían tan plenamente como para que yo no pudiera advertir sus diferencias de criterio; esta vez, empero, ambos fingían total ignorancia, como si nada hubiera ocurrido, como si yo lo hubiera soñado todo, tanto el contacto como los gritos, y, esperando el castigo convencional, se me escapó esa reacción que era mucho peor que cualquier castigo -hoy, un adulto razonable, me pregunto qué clase de castigo podía yo temer, ¿una paliza?, porque, ¿qué castigo se puede aplicar al niño que se enamora de su padre? ¿No es bastante castigo este amor terrible e insaciable, que trastorna cuerpo y alma?-, yo no me daba cuenta -o no quería darme cuenta, quizá no podía hacer otra cosa- de que desde aquel día mi padre se mostraba conmigo más reservado y precavido, rehuyendo todas las ocasiones de contacto físico, no me besaba, no me tocaba, ni siquiera me pegaba, como si le pareciera que hasta los golpes podían ser la manifestación de que correspondía a aquel amor, se apartó de mí, pero con discreción, con una reserva bien disimulada, con una sutileza que sin duda nacía del miedo, y ni yo mismo podía observar la relación entre el hecho en sí y las consecuencias, quizá tampoco él se daba cuenta, y hasta olvidé la causa de su distanciamiento, como olvidé que lo había visto con Maria Stein en la cama del cuarto de la criada; es posible que él lo hubiera olvidado también, y lo único que me mortificaba y a lo no podía acostumbrarme era que mi padre no fuera tan adusto como para dejarme indiferente, ni tan sensible como para quererme; ahora, cuando abrió la puerta para que yo entrara en el cuarto de baño, se observaba claramente, en su cara seria y en la ostentosa desnudez de su cuerpo, esta reserva, cierto recelo, una timidez bien disimulada, y también una desgana que indicaba que hacía aquello para complacer a mi madre y a regañadientes, que no le parecía tolerable que yo anduviera espiando, y que él, en lugar de dejarme participar en aquel atrevido idilio familiar, me hubiera mandado a la cama. «¡Fuera de aquí!», hubiera dicho y asunto concluido; pero frente a mi madre se sentía por lo menos tan desamparado e indefenso como yo frente a él, lo cual no dejaba de ser un consuelo para mí, y si alguna posibilidad tenía de hacerme un hueco entre ellos era la de asegurarme el favor de mi madre, conquistando su benevolencia y halagando su sensibilidad; a mi padre no tenía acceso directo.