Yo no me defendía, tampoco me di cuenta de cuándo dejó de gritar, ya ni me esforzaba por sujetarla, pero aguanté el ataque y quizá nuestra relación nunca tuvo un momento de sinceridad como aquél, yo dejaba que me pegara, me arañara, me pateara y me mordiera, es más, contestaba a sus ataques tiernamente, con caricias y besos, que, en aquella situación, le hacían tan poco efecto como a mí sus blandos puñetazos de niña; en aquella escena, ella era el chico, y yo, la chica; los ojos desorbitados, los dientes amenazadores, los tensos músculos del cuello intimidaban, pero yo no me dejaba lanzar al suelo y, en el repentino silencio, sólo se oía su jadeo, el rechinar y crujir del sofá y el chasquido de los golpes.
Me empujaba por los hombros, para tirarme al suelo, pero cuando mis manos rozaron su muslo, pareció que el furor y el odio se evaporaban de sus miembros, sorprendiéndola a ella misma, su cuerpo se relajó al instante y, como si me viera por primera vez en su vida, pareció asombrarse de tenerme tan cerca y de que mi proximidad le agradara, y puso ojos redondos, pero ahora tenían su mirada de sorpresa habitual, no de loca.
Contenía la respiración, como si quisiera evitar que su aliento rozara mi boca, porque estábamos muy cerca, y muy acalorados.
Sentí estremecerse su piel bajo mi mano, como si hasta este momento no se hubiera dado cuenta de que la tocaba.
¿Y cómo había llegado allí mi mano?
Entonces volvió a echarse a llorar.
Era como si la proximidad y el calor hubieran provocado sus lágrimas, pero ahora había en ellas un dolor verdadero, casi diría un dolor tranquilo y lúcido.
Un dolor que no busca el desahogo del estallido violento, tampoco era un llanto propiamente dicho que pudiera compararse al de antes, sino un gemido acompañado de suspiros temblorosos.
Estos sonidos me conmovían más profundamente que los otros, despertaban eco en mí, y también mi garganta exhaló un quejido largo, pero yo no podía expansionarme con el llanto y me ahogaba, y en mi pecho y en mis muslos vibraba una fuerza imperiosa y paralizadora a la vez que, si bien impedía el desfallecimiento y la total claudicación, me empujaba hacia ella, como si hubiera resultado infundada la sospecha de que, con su arrebato, trataba de convencer a su cuerpo de la existencia de un dolor imaginario, para engañarme y distraer mi atención, buscando mi compasión y, con ella, la capitulación y el sometimiento, y algo la hiciera sufrir realmente, y la hacía sufrir el descubrimiento de que también ella me quería.
Me acerqué, y ella, lejos de rechazarme, pasó su brazo por detrás de mi hombro y me atrajo cariñosamente, y entonces, aunque no fuera más que para corresponder a su movimiento, subí la mano por su muslo y deslicé los dedos debajo de las bragas.
Así nos quedamos.
Su cara ardiente en mi hombro.
Como si estuviéramos en un charco grande, profundo, viscoso y blando, en el que no se siente el paso del tiempo, porque, en realidad, no importa.
Yo la mecía suavemente, como para hacernos dormir a los dos.
Así había estado yo con mi hermana pequeña, debajo del escritorio en un tiempo que surgía de más allá del recuerdo, cuando experimentaba con los alfileres y ella, buscando refugio y creyendo que lo encontraría a mi lado precisamente, con un grito más de espanto que de dolor, se arrojó sobre mí, como si quisiera confiarme su cuerpo grueso y contrahecho que hubiera repugnado a cualquier otro, y darme a entender que no sólo comprendía mi juego cruel sino que me lo agradecía, porque yo era el único que, gracias a estos juegos, había descubierto un lenguaje con el que era posible entenderse con ella; también ella y yo nos habíamos mecido entonces, medio echados en el frío suelo hasta que, abrazados, nos dormimos a la última luz de la tarde.
– Un día comprenderás que me atormentas sin motivo, sin ningún motivo -me susurró después y, con el balanceo, sus labios casi rozaban mi oído-. Aunque no lo creas, a nadie quiero como te quiero a ti.
Era como si la voz viniera de aquel otro tiempo, de aquella otra tarde, del cuerpo de mi hermana pequeña, cosquilleándome en el oído, un poco chillona y un poto cantarína, y me parecía abrazar el cuerpo deforme de mi hermana, aun sabiendo que era el esbelto cuerpo de Maja.
Mientras, ella no paraba de murmurarme al oído, agradecida y feliz.
– Ayer le dije que, por muy pesado que se ponga, tú eres mi número uno, no él, que eres bueno y no un hipócrita como los otros, que sé bien que si vienen detrás de mí es sólo para luego contar a Kristian lo que hacemos. ¡En serio, él es sólo el número dos!
Calló un momento, como si no se atreviera a decirlo, y entonces sentí en el oído, como un chorro de aire caliente:
– Para mí eres como mi muñeca, me encanta jugar contigo. Y no te enfades si hago como si estuviera enamorada de él. En cierto modo, me interesa, naturalmente, pero es sólo un juego, es para darte celos, nada más, pero a nadie, puedes creerlo, a nadie quiero como a ti. Y menos a él, que es muy bruto y nada cariñoso conmigo. A veces pienso que tendríamos que jugar a que eres hijo mío. Me gustaría tener un niño como tú, un corderito duce y cariñoso, y rubio.
Volvió a callar, sus verdaderos sentimientos atemperaron su sensiblería ardorosa.
– Pero también eres ruin. Y también me haces llorar, porque siempre quieres saberlo todo, me atosigas, no me dejas tener ni el más pequeño secreto, a pesar de que tú y yo tenemos un secreto muy grande y es imposible que pienses en serio que yo pueda engañarte con otra historia, eres lo más importante para mí y siempre lo serás, pero tu te callas algo que yo sé desde hace tiempo, y es que no es a Livia a quien quieres sino a Hedi y que con ella me engañas.
Nada había cambiado, seguíamos meciéndonos, pero algo me advertía que no debía entregarme a aquella voz, parecía que ya no era yo el que la acunaba sino ella la que trataba de adormecerme y aturdirme con su voz, y que debía procurar que ninguno de los dos traspusiéramos el umbral del sueño.
– Ahora ya puedes contármelo -dije en voz alta, con la esperanza de que mi voz me ayudara a zafarme de aquel delicioso torpor.
– ¿Contarte, el qué? -preguntó ella, también en voz alta.
– Lo que hicisteis ayer tarde.
– ¡No fue por la tarde sino por la noche!
– ¿Por la noche?
– ¡Sí, señor; por la noche!
– ¿Ya empiezas otra vez con tus mentiras?
– Bueno, casi por la noche, a última hora, muy última hora, de la tarde.
Como si ahora empezara otra maniobra de distracción, un cuento que me inspiraba tanta curiosidad como la verdad, pero ella no dijo más y entonces dejé de mecerla.
– ¡Cuenta ya!
No contestó y también su cuerpo había enmudecido en mis brazos.
El ático de Melchior
Él iba de un lado al otro de la habitación con paso ligero y elástico, como el que ejecuta unos movimientos bien aprendidos; el suelo de madera, pintado de un blanco puro y provocativo, crujía ligeramente bajo sus pies, calzados con unos zapatos negros y puntiagudos que parecían muy sucios y estropeados sobre la mullida alfombra granate que cubría aquella blancura; y, como si preparara un rito secreto, desconocido para mí, una especie de ceremonia de iniciación, encendía velas, agitando la caja de los fósforos y, con una cortesía que rayaba en lo impersonal, me ofreció una butaca de aspecto confortable; pero la cortesía no disimulaba la oficiosidad de aquellos preparativos injustificados, con los que parecía querer manifestar el propósito de hacer agradable y, sobre todo, cómodo nuestro cara a cara, y animarme, con su ajetreo, a unirme a su intento; se quitó la chaqueta, aflojó la corbata, desabrochó los últimos botones de la camisa y, paseando, abstraído, la mirada por la habitación, se acarició el vello del pecho con fruición, como si yo no estuviera, fue hacia el bello arco de la puerta, salió a la sala y, al cabo de unos momentos de un trajín incomprensible, empezó a sonar, por altavoces escondidos, suave música clásica; pero yo era reacio a abandonarme a aquel ambiente preparado con exquisitez pero también con una intención transparente e intrusiva, y me quedé de pie.