Выбрать главу

– Esperaré a que se cambie, ¿de acuerdo? Después hablaremos -dije en voz baja-. ¡Pero dése prisa!

Aún me miraba, aún eran para mí los pliegues de su risa, los frunces de debajo de los ojos y los finos trazos curvos y muy juntos que casi borraban las líneas más profundas y oscuras que la amargura y la tristeza habían puesto en torno a su boca, pero despacio, cuidando que la transición fuera suave, para no descomponer el gesto, retiró su brazo del mío y por el brillo de sus ojos se adivinaba que ya no iba a disponer de más tiempo para recibir mis atenciones; ya había conseguido lo que quería y no tenía por qué seguir con lo mismo, y se daría prisa, sí, pero no porque yo se lo pidiera ni porque quisiera cambiarse sino porque tenía otros planes.

– ¡A mí ya me perdonaréis, pero no pienso ir con vosotros! No contéis conmigo -dijo frau Kühnert en tono ofendido y cargado de reproche, con una voz de falsete que no podía dominar, pero Thea, que ya se había soltado de mí y corría por el pasillo en dirección al camerino de Hübchen, gritó por encima del hombro: «Ahora no tengo tiempo para ti.»

frau Kühnert se echó a reír bruscamente, como si acabara de oír un buen chiste, porque no podía hacer otra cosa: cuando son tan grandes la desfachatez y la desconsideración, ya no nos es posible reaccionar con el enojo, porque éste denota un afecto que halaga al que nos ha ofendido, saboteando así nuestro propósito de castigarlo; se acercó a mí y, como si quisiera ocupar el lugar, caliente todavía, que había dejado su amiga, instintivamente, con un movimiento maquinal, me tomó del brazo y, al darse cuenta de lo que hacía, su risa se crispó en una sonrisa de azoramiento que, sin transición, se convirtió en un gesto de honda desolación.

Comparadas con la cara de Thea, todas las demás, incluida la mía, me parecían bastas y vulgares, caras que reflejaban los sentimientos de un modo primitivo, incontrolado, crudo, tosco; y esto me ocurrió entonces, cuando sentí el brazo libre de la presión de la mano de frau Kühnert, que la había retirado con rapidez, pero los dos nos demorábamos en la huella de Thea, indecisos, y entonces la mujer, en su confusión, se dejó dominar por una expansiva sinceridad, que no estaba justificada por la situación y acrecentó aún más mi disgusto y nos violentó a ambos con una turbación común, que hubiera podido calificarse de solidaria, de no ser porque ninguno deseaba semejante solidaridad.

– ¡Le ruego que no vaya usted! -me dijo, o mejor, me gritó aferrándose a mi brazo-. ¡No se mezcle en este asunto, por favor!

– ¿Se puede saber qué asunto? -pregunté con una sonrisa boba.

– ¡No sabrá usted desenvolverse, ni falta que le hace! Tengo la impresión, y no es mi intención ofenderle, de que a veces ni siquiera entiende de qué hablamos, y podría figurarse que está chiflada o qué sé yo, perdóneme, pero es algo que no se puede explicar, ¡es de locura, créame, de locura!, y aunque yo trato de frenarla todo lo que puedo, a veces tengo que ceder, porque de otro modo no podría controlar esos ramalazos de puta, porque de eso se trata, y entonces sí que perdería la cabeza, por eso le suplico que no abuse de su situación, porque si en lugar de usted fuera otro, se iría con ese otro. ¡Si no me cree, oiga lo que pasa ahí dentro!

Porque en el camerino de Hübchen había alboroto, se oían gritos de hombre, chillidos de Thea, golpes de objetos contra el suelo, siseos y risas ahogadas que culminaron con el gorjeo desafiante de una risa cantarina, altiva y un tanto afectada; la puerta se cerró con estrépito y momentáneamente quedaron amortiguados los sonidos lascivos, pero enseguida volvió a abrirse, y aunque yo entendía lo que me decía frau Kühnert, me parecía muy ventajoso el papel de candido que ella me había adjudicado, porque ¿hay en el mundo alguna historia de la que no desee uno saber más? ¿Hay detalles que no nos hagan desear buscar otros detalles más reveladores? Así pues, si seguía haciéndome el tonto, podría reunir más información y quién sabe si descubrir aspectos insospechados.