Quizá en aquel momento yo descubrí esa esencia, o, más exactamente, ese estrato de su personalidad en el que anidaban sus facultades para la simulación, su exhibicionismo, su temperamento teatral, su hipocresía, sus propiedades camaleónicas, sus mentiras y su constante, implacable y autodestructiva lucha consigo misma: era el terreno firme en el que se apoyaba en sus momentos de cansancio, inseguridad y desesperación, ese lugar seguro del que se alejaba con sus juegos y simulaciones, tan seguro que podía abandonarlo cuando quisiera, y al que quizá volvió durante aquel trayecto de breves minutos entre los dos teatros, para poder aparecer ante Melchior en el salón de descanso con su verdadera faz, en su mejor forma, con su belleza recuperada, transformación que mostraba también los secretos caminos que tenía que recorrer para representar en el escenario los más diversos personajes.
Quizá no era niña ni era niño, sino esa criatura sin sexo que aún no necesita calcular ni recelar, porque no imagina que alguien pueda dejar de quererla y por eso se acerca a nosotros con tanta seguridad, haciéndonos ofrenda de su confianza, quizá frau Kühnert amaba en ella a esa criatura, se sentía madre de esa criatura a cuya confianza había que corresponder aunque no fuera más que con una sonrisa involuntaria; así entró en la sala de descanso, ligera, bella, alegre y un poco infantil, y fue rápidamente hacia Melchior, que estaba en lo alto de la escalera con su amigo francés, destacando por su estatura entre el ruidoso público que entraba en la sala; si al vernos asomó a su cara un gesto de contrariedad, su expresión se suavizó mientras bajaba rápidamente la escalera y se acercaba a Thea, como si, mal que le pesara, se le hubiera contagiado la sonrisa de ella, en la que no había ni el menor vestigio de aquella cínica insistencia con que había promovido ese encuentro, ni rastro del furor apasionado y brutal con que apuntaba con la espada al pecho desnudo de Hübchen, ni del temor con que había buscado apoyo en mis ojos, ni nada que indicara que para ella Melchior fuera un «chico» como Hübchen, por ejemplo, con el que podía retozar a placer; Melchior era un joven apuesto que parecía formal, tranquilo y equilibrado, un burgués que no podía imaginar la tormenta de pasiones y sentimientos que Thea había dejado atrás al salir de la sala de ensayo, un hombre simpático, desenvuelto y risueño, de porte erguido y quizá un poco rígido, lo cual podía indicar tanto buena educación como autodisciplina, y en aquel momento en que iban el uno hacia el otro, se advertía que nosotros, los testigos del encuentro, simplemente, habíamos dejado de existir.
Se abrazaron, Thea le llegaba al hombro, su fino cuerpo casi desapareció en los brazos del hombre.
Melchior la apartó suavemente, sin soltarla.
– ¡Estás preciosa! -dijo con una voz profunda y cálida y una risa suave.
– ¿Preciosa? Dirás muerta de cansancio -respondió Thea, que le miraba ladeando la cabeza con coquetería-. Quería verte, aunque no fuera más que un momento.
Y entonces llegaron aquellas semanas, pocas, quizá un mes, durante las que cada hora que pasábamos separados nos parecía tiempo perdido, y era inútil que tratáramos de alejarnos, a pesar de que hubiéramos tenido que poner distancia entre nosotros o, por lo menos, si no podíamos separarnos, marcharnos a cualquier otro sitio, para no estar aquí ni estar tan juntos; porque la mayor parte del tiempo, descuidando otras obligaciones, la pasábamos en esta habitación, en este ático al que mis ojos no acababan de habituarse, que se me antojaba a la vez asfixiante y helado, y que, a la luz de las velas, parecía el salón de un burdel de lujo o un santuario misterioso, aunque no es mucha la diferencia, era frío y sensual, extraña combinación de cualidades, que te desconcertaba y no se convertía en un lugar habitable a la medida del ser humano hasta que el sol entraba por las sucias ventanas y revelaba el fino polvo que cubría los muebles, los marcos de las fotografías, los pliegues de las cortinas, y la pelusa de los rincones, y, con la pálida luz otoñal, fatigada y oscilante, se asomaba a la habitación el paisaje rectilíneo, desvaído e inmóvil de muros de incendio, tejados y patios traseros, aquel mundo exterior adusto y bello del que su sensibilidad le hacía aislarse a fuerza de sedas, alfombras de dibujo barroco y cortinajes de terciopelo y al que, al mismo tiempo, se aferraba; al fin y al cabo, era indiferente donde estuviéramos, quién iba a preocuparse por banales diferencias de gusto ni por lo que suele llamarse la limpieza, si más no, porque parecía que sólo en esta habitación podíamos estar juntos al abrigo de la gente, estas paredes nos ocultaban y protegían y a veces hasta ir a la cocina a preparar algo de comer nos parecía una penosa excursión, y es que hacía frío en la cocina, Melchior tenía la manía de dejar la ventana abierta y era inútil que yo tratara de convencerle de que en el aire frío se notan más los olores, él odiaba el olor a cocina y por eso tenía que estar abierta la ventana, así que solíamos sentarnos frente a frente en la caldeada habitación -él encendía la estufa de cerámica blanca por la mañana-, yo, en la butaca de la primera noche que se había convertido en mi lugar fijo, y nos mirábamos, me gustaba mirarle las manos, la media luna blanca de sus uñas alargadas y abombadas y rozar, con las mías, planas y achatadas, su dura superficie, finamente estriada, ¡y los ojos!, la frente, las cejas, nos dábamos las manos, yo le acariciaba los muslos, el bulto del vientre, el empeine de los pies dentro de las zapatillas, nuestras rodillas se rozaban, charlábamos y, al volver la cabeza, veía por la ventana el álamo del patio, entre tejados y ciegos muros de incendio, un álamo muy alto, más que el quinto piso, que asomaba por encima del tejado recortándose en el límpido cielo del otoño y que iba soltando hojas, que caían girando en el aire, y pronto estaría desnudo.
Digo que charlábamos, pero quizá debería decir que contábamos, aunque tampoco esta palabra define con exactitud aquel afán de decir ni aquella ansia de escuchar con los que tratábamos de completar, pero también de tapar y oscurecer, nuestro contacto físico, la percepción constante de nuestros cuerpos, con señales ajenas a esta proximidad, con la música de la voz y el significado de la palabra; perorábamos, relatábamos, discurseábamos, nos sepultábamos en palabras y, como el engarce, el acento, la entonación y la cadencia de las palabras tienen también un valor sensual y físico, agregado a su significado semántico, sublimábamos con él la proximidad de nuestros cuerpos, como si comprendiéramos que, en definitiva, la palabra no es sino la señal de la vida espiritual, de lo que existe más allá del cuerpo, porque las palabras pueden ser ciertas pero nunca lo dicen todo; y aunque hablábamos ininterrumpida, insaciable e incesantemente de nuestras caóticas vidas, entre otras razones, para incorporar al otro en la propia historia, para compartirla como compartíamos el cuerpo, parecía también que con nuestro relato pretendíamos resistirnos a tanta entrega y tanta interdependencia, poniendo de manifiesto que había existido un pasado alegre en el que habíamos sido independientes uno de otro, ¡y libres!, pero, al mismo tiempo, por una especie de instinto, no dábamos especial importancia a estas historias, no por frivolidad, sino porque no nos conformábamos con contarnos sólo una parte, queríamos decirlo todo, referir cada momento completo, y comprendíamos que era un empeño vano y ridículo; nos perdíamos por completo en nuestros relatos, sin que yo pudiera adivinar por qué teníamos tanto que contar, no recuerdo frases concretas, a pesar de que ahora que rememoro todo aquello puedo afirmar que probablemente no haya nada objetivo que yo no supiera de él, pero cada historia traía consigo cien detalles que referir, no podíamos llegar hasta el final, a pesar de que nos lo proponíamos firmemente, ¿quizá para comprender al fin por qué me quería él y por qué le quería yo?, ni que decir tiene que estos relatos, que reflejaban dos mundos diferentes, con elementos históricos, sociales, culturales y psicológicos diferentes, constituían una especie de texto intelectual, muchas de cuyas palabras exigían el complemento de otras cien, aparte del hecho de que él era el único que hablaba en su lengua materna, ventaja que aprovechaba con fruición, suscitándome infinidad de dudas, por lo que teníamos que dedicar una parte importante de nuestro tiempo y atención a la creación y estructuración de un lenguaje común, y todo quedaba un poco en el aire; yo nunca estaba seguro de haber entendido bien, él tenía que completar significados y adivinar lo que yo trataba de decir, perdíamos mucho tiempo aclarando malas interpretaciones, explicando conceptos, expresiones, giros, modismos, reglas gramaticales y excepciones, lo que para él parecía ser un juego que halagaba su ego y para mí, tiempo muerto; en realidad, era un obstáculo natural y también simbólico para un entendimiento, un conocimiento, una toma de posesión que no siempre podía, ni debía, conseguirse con argumentos razonables, porque, al tratar de asimilar las complejas reglas de una lengua, continuamente, y siempre de modo inesperado, nos tropezamos con obstáculos en los que el planteamiento lógico y racional, lejos de ayudar, estorba; nuestros torrentes de palabras, aquella verborrea que unas veces se remansaba y otras se desbordaba, este ofrecerse al otro, este abrirse por medio de las palabras, también languidecía, y entonces venía la divagación, la mirada se extraviaba, la sangre palpitaba en las yemas de los dedos, o la llama de la vela se agitaba a una corriente de aire y la pupila brillaba como si estuviera iluminada desde dentro y fuera un lugar transitable, y la mirada pudiera entrar por la oscura puerta de la pupila en el azul del ojo; él decía que aquí no podía vivir, pero lo decía como si no hablara de sí mismo sino de un extraño, y sonreía, no, él aquí no podía existir, sencillamente, y no porque le molestara ni lo más mínimo el que aquí todo fuera falso de arriba abajo, todo, corrupción e hipocresía, que todo tuviera un doble fondo, que todo fuera sucio e incoherente, no, eso más bien le divertía, estaba acostumbrado y hasta consideraba una suerte haber nacido en un lugar del mundo en el que -figúrate- desde hacía más de medio siglo imperaba el estado de sitio, en el que desde hacía más de medio siglo no se decía en público ni una sola palabra normal, ni siquiera entre vecinos, y en el que Adolf Hitler había ganado por mayoría aplastante, porque aquí, por lo menos, las personas no alimentaban ilusiones vanas, y a partir de cierto punto, «punto que hemos dejado atrás hace tiempo», él consideraba la mentira como algo humano y hasta normal, y por ello le producía un placer perverso no llamar inhumano a este sistema alimentado de mentiras y lubrificado con mentiras, no tacharlo de fascista, como hacía todo el mundo, porque ¿no es decente, no es asquerosamente decente decir siempre lo contrario de lo que uno piensa y hacer siempre lo contrario de lo que uno quiere hacer, abonarse a la mentira, la simulación, la holgazanería y el trapicheo, en lugar de regirse por la verdad, la transparencia, la sinceridad y la llamada justicia, que por cierto no son menos difíciles de soportar? Y así como el humanismo se esfuerza por institucionalizar la razón natural, el fascismo ha institucionalizado la mentira natural, lo que no deja de ser lógico; si se quiere, esto no es sino otra forma de verdad, aunque una verdad que el mundo ha desconocido hasta ahora, por lo demás, a él todo le importaba un pimiento, todo lo que había dicho hasta ahora era simple política y él se cagaba en la política, en sus verdades y en sus mentiras, también en las suyas propias, él se cagaba en las teorías y en los sentimientos, y no digamos en los suyos propios, en los que también se cagaba, aunque sin mala intención, sólo por capricho, porque conocía muy de cerca la naturaleza interna de la mentira como para no saber apreciarla, la consideraba algo sagrado, mentir era bueno, necesario y divertido, él mentía continuamente, a conciencia, incluso ahora me mentía a mí, por lo que me rogaba que no creyera nada de lo que me decía, que lo tomara a broma, que no me fiara de él ni de sus palabras, que en lo que a él se refería no diera nada por descontado, por ejemplo, a pesar de mi discreción, le constaba que esta habitación me parecía detestable, porque aquí todo era mentira -tendría que perdonarle pero aún percibía en mí resabios de burgués, porque mentía con escrúpulos, como envolviendo la mentira en papel de seda- y a él la habitación le gustaba precisamente por esto, no es que la hubiera decorado a su gusto, porque no tenía ni idea de cuál debía ser el aspecto de la habitación que él pudiera llamar suya, ¡ni lo sabía ni quería saberlo!, pero, si la hubiera dejado vacía como pensó en un principio, no hubiera sido menos falsa, ¿y en el fondo no era indiferente cuál de las dos mentiras hubiera elegido?, sencillamente, no quería una habitación como es debido porque tampoco él era un hombre como es debido, así que seamos consecuentes en la mentira, no pongamos lo feo al lado de lo bello, a lo malo le corresponde lo peor y así sucesivamente, y a la mentira, la mentira, y tampoco se le escapaba de qué forma le engañaba yo, naturalmente, esto que él hacía era definirse, era un acto de protesta, un desafío y una agresión, y reconocía que por ello no podía negar su condición de alemán, si no que recordara a Nietzsche, si lo conocía, el virulento radicalismo con que negaba a Dios, a él siempre le había dado risa que, de este modo, por la misma negación de Dios, por la ira y la desesperación que provocaba en él esta ausencia, hubiera creado a ése al que tanto echaba de menos, ¡pero al que, de haber existido, hubiera destruido!; sí, por el hecho de no poder vivir aquí -a pesar de que aquí vivía-, él quería demostrar que vivía aquí, a pesar de que continuamente tropezaba con objetos extraños y superfluos, pero por lo menos sabía orientarse en medio de ellos, amaba su falsedad, y aunque no creía que en otro sitio pudiera irle mejor, pensaba marcharse estaba harto de todo esto; aunque le costara la vida, intentaría marcharse, ni siquiera esta posibilidad podía detenerle, con lo que no quería dar a entender que pensara convertirse en suicida, pero, si tenía que morir hoy, mañana o cuando fuera, nada tenía que objetar, que tratara de imaginarme una vida en cuyos veintiocho años hubiera habido tan sólo un momento que pudiera llamarse real o auténtico, él sabía bien qué momento era, aquél en el que empezó a recuperarse de la enfermedad que estuvo a punto de costarle la vida; ya me había hablado de aquello cuando le pregunté de qué eran las dos largas cicatrices que tenía en el vientre y él me habló de las dos operaciones, tenía diecisiete años, se había levantado de la cama muy despacio, era la primera vez que intentaba ponerse de pie, y se movía con cautela, apoyándose en los muebles para no perder el equilibrio, por lo que no se daba cuenta de que iba hacia la estantería en la que estaba el violín, en su estuche, cubierto de polvo ¿podía yo imaginar lo que para un violinista significa un estuche negro como aquél?, no se dio cuenta de lo que hacía hasta que tuvo el violín en la mano y sintió deseos de destruirlo, quizá destruirlo no, dejarlo inservible, golpearlo contra el canto de la estantería, por ejemplo, agrietar la madera, naturalmente, no tenía fuerzas para eso, alrededor de él todo era vago, sin contorno definido, nebuloso, pero los ruidos le llegaban con fuerza, como si una sierra mecánica mordiera la madera con un chirr