Y esta espera, la vibración de una decisión que estaba en el aire, la incapacidad de decidir, aquel tercero en discordia que influía en el e influía en mí, aquella fuerza que existía pero no operaba y que no se sabía si partía de mí hacia él, de él hacia mí o, simplemente, estaba «en el aire» como suele decirse con una imagen muy gráfica y acertada, recordaba y podía asociarse a lo que habíamos sentido aquella primera noche en que yo subí a su casa y él me dejó solo un momento para ir a la cocina a buscar el champaña.
Él había dejado la puerta abierta y yo hubiera tenido que oír algo, algún sonido, abrirse y cerrarse la nevera, tintinear copas, sus pasos, pero después, cuando aquello quedaba ya muy lejos como para que pudiéramos comprender algo y empezamos a contarnos mutuamente nuestra historia común, tratando de justificarnos, él, al referirse a aquellos minutos, dijo que creía recordar haberse quedado delante de la ventana de la cocina, viendo y oyendo llover y, sin saber por qué, no había podido moverse, como si no deseara regresar a la habitación, pero con el firme propósito de hacerme sentir el silencio de su desvalimiento, y yo lo había sentido, había percibido su espera y su indecisión, él quería que me diera cuenta de que entonces, para él, la lluvia, los tejados oscuros y el momento mismo tenían más importancia que yo, que le esperaba en su habitación, aunque tenía que reconocer que el que yo estuviera esperándole le hacía feliz, y era muy raro poder gozar de un sentimiento semejante, y le hubiera gustado compartirlo conmigo.
Él se levantó y vino hacia mí, como si quisiera ir también ahora a la cocina.
No sabíamos qué decidiríamos, pero comprendíamos que la decisión ya estaba tomada.
De pronto, como si hubiera cambiado de propósito y ya no quisiera ir a la cocina, se echó en la alfombra a mi lado y apoyó el codo en el suelo y la cabeza en la palma de la mano; semiincorporados, nos miramos a los ojos.
Era uno de los raros momentos en los que él no sonreía.
Su mirada venía de lejos, no me miraba a mí sino a la imagen en la que acababa de convertirme a sus ojos, y yo miraba su cara como se mira un objeto cuya hermosura o calidad reconocemos a pesar nuestro aun siendo distinta de la que nosotros podríamos amar, la hermosura que veíamos no era ni la que él amaba ni la que yo creía amar.
Y entonces dijo en voz baja: conque ésas tenemos.
Yo le pregunté en qué pensaba.
Pensaba en lo que yo sentía, me dijo.
Le dije que era odio, porque ya no era eso exactamente.
¿Podía explicarle por qué?, preguntó.
Una melena rubia, crespa, selvática, la piel tirante sobre la frente alta y abombada, de senos bien marcados, la suave depresión de las sienes, unas cejas, oscuras, pobladas e hirsutas, que se adelgazan y unen sobre el caballete de la nariz y se curvan en la frente, adornadas de pelos más largos y pálidos, para difuminarse en el cuenco de la sien, sombreando y realzando a la vez los gruesos párpados que, divididos por unas pestañas, largas, negras y rizadas, forman un marco vivo y móvil a la negra pupila que se contrae y se dilata en el centro del iris azul, ¡y qué azul!, ¡qué frialdad y qué fuerza!, ¡y cómo se destaca la orla negra de las pestañas en el cutis blanco como la leche, y qué contraste entre el negro de las cejas y el rubio del pelo!, ¡qué llamativo colorido!, ¡qué fino el caballete de la nariz, que se abre en el arco doble de las aletas y con qué elegancia se recogen éstas sobre sí mismas formando una elegante voluta barroca, para rodear los pequeños orificios y, tras desaparecer discretamente bajo la piel, levantan dos riscos verticales que enlazan simbólicamente la pared interna de los orificios nasales con el borde del labio superior que parece ir a su encuentro, uniendo dos facciones totalmente distintas, la verticalidad de la nariz y la horizontalidad de la boca, en el óvalo de la cara en la que los labios, que parecen casi en carne viva, presentan, cerrados, una forma que recuerda el círculo!
Le rogué que no se enfadara conmigo.
Sólo dándole un beso hubiera podido demostrarle que hablaba en serio, pero su boca ya no era una boca, sino la boca, y también la mía era la boca, por lo que no hubiera resultado.
¿Por qué iba a enfadarse?, él no estaba enfadado conmigo.
Quizá no eran los detalles de su cara sino el movimiento de sus labios al abrirse y cerrarse para formar las palabras, aquel movimiento mecánico, lo que, unido a su impasibilidad, me daba una impresión de infinita frialdad, ¿o era yo el frío?, ¿o los dos? Pero todo, todo había cambiado, su cara, su boca, sobre todo, su boca que se abría y cerraba, y también mi brazo que, bajo el peso de mi cuerpo y por lo forzado de la postura, empezaba a dormirse, y su mano, su forma de apoyarla, como si todo esto no fuera más que la mecánica de aquella fuerza desconocida de nuestro cuerpo que actúa en nosotros sin poder manifestarse, ya que cada convulsión y cada movimiento están determinados por las formas físicas y, si todo lo rigen las formas, será en vano que yo tenga la sensación de que Dios habita en mí, puesto que mis movimientos no pueden ir más allá ni por otro camino que el marcado por la funcionalidad de la forma, la forma corporal da la pauta al movimiento y, por consiguiente, el efecto que éste produce no será más que una señal, una indicación, la manifestación de las funciones concretas de estas formas, de cómo se ejecutan los esquemas prefijados en mí, y a esto llamo yo sentimiento, a pesar de que no es más que goce de mí mismo, no gozo de él, no veo más que una forma, un esquema, no a él, una señal, una indicación, sólo nos comprendemos en la medida en que nuestros cuerpos funcionan de la misma manera, sus movimientos suscitan en mí los mismos movimientos, y esto me permite conocer sus propósitos, es el placer de jugar con espejos, todo lo demás es engañarse a sí mismo, y este descubrimiento me hizo el mismo efecto que si, en pleno goce de una pieza musical, hubiera empezado a fijarme en el principio por el cual funcionan los instrumentos, en las cuerdas y los martillos, en lugar de escuchar las notas.
Yo dije qué no me lo tomara a mal, pero que no entendía absolutamente nada.
Él preguntó qué quería entender y por qué.
Tendría que disculparme, no podía explicarlo mejor, pero quizá ahora podría hablar de lo que había despertado su curiosidad y que yo había callado porque me parecía excesivamente sentimental y temía que, si hablaba de ello, podía destruir algo, pero ahora, y también por ello debería perdonarme, hasta sus movimientos habían dejado de tener tanta importancia para mí, y también si él me tocaba o yo lo tocaba a él, porque, hiciéramos lo que hiciéramos, mejor dicho, fuera lo que fuera lo que nos esforzáramos en hacer, todo estaba fijado de antemano, ¡nada podía cambiar!, y nosotros, en cierto modo, teníamos que haber estado unidos antes de conocernos, sólo que no lo sabíamos, ¿podía imaginárselo?, ésta era sólo una de mis ideas fijas de la que hasta ahora no me había atrevido a hablar, a saber, que él era hermano mío.
Él se echó a reír a carcajadas, casi a bramidos y, apenas hube pronunciado la palabra, también yo tuve que reírme; para quitar causticidad a su risa, él me rozó la cara con el dedo, pero no nos reíamos sólo porque, en aquel momento de tensa calma y en tono de profunda emoción, yo hubiera soltado una sandez, sino porque era evidente que quería decir algo muy distinto, y es que, en su lengua, la palabra hermano, «Bruder», no significa, en este contexto, lo mismo que en la mía; cuando dije en su idioma la palabra que había pensado en el mío, yo mismo me di cuenta del desliz porque inmediatamente pensé en el adjetivo «warm», caliente: en alemán se llama «warm Bruder» al homosexual, alusión que hubiera podido ser acertada, y hasta ingeniosa, de no haberla hecho con voz ahogada por la emoción; en este caso, era mentar la soga en casa del ahorcado, una metedura de pata de la que no podíamos sino reírnos, y a él se le saltaban las lágrimas, de tanto reír, y en vano yo, azorado como estaba, trataba de explicarle que en húngaro la palabra hermano, «testvér», abarca los conceptos de cuerpo y de sangre, y que en esto pensaba yo al decirla.